La aplastante derrota de la propuesta de cuatro de los represaliados más significativos del PDeCAT, tres de ellos en la prisión de Lledoners y uno en el exilio en Bruselas, que pretendía armonizar el aterrizaje de dirigentes, cuadros y militantes en la nueva formación de Junts per Catalunya sin cuotas ni vetos supone el inicio de la explosión -¿descontrolada?- de la formación creada por Artur Mas en 2016. Lo que parecía casi imposible ha sucedido y la propuesta de última hora firmada por Jordi Turull, Josep Rull, Quim Form y Lluís Puig, que tenía el aval del president Carles Puigdemont, de los consellers Meritxell Budó, Miquel Buch y Damià Calvet así como la comprensión del president Mas, y que no pretendía otra cosa que sumar antes que restar, en un espacio tan atomizado como es el del mundo postconvergente, se salió este viernes estrepitosamente del carril y se dio de bruces con la tozuda realidad. La votación es clara y contundente: 15 votos en contra, cinco a favor y tres miembros que no han votado.

Un resultado que hace añicos los intentos de volver a juntar lo que se ha ido rompiendo durante demasiado tiempo, tanto afectiva como políticamente, y que muchos de los implicados ya visualizan, al menos en caliente, como lo más parecido a un suicidio político meses antes de las elecciones catalanas que, ahora sí, pueden quedar situadas antes de que acabe este año. Aunque la ejecutiva del PDeCAT se abrió también a seguir negociando con Jordi Sànchez y la Crida un acuerdo, parece difícil que este pueda alcanzarse después del estrepitoso resultado producido. Y más teniendo en cuenta que, después de tantos meses, las negociaciones siguen muy encalladas y sin avances significativos. Esta situación de bloqueo es la que pretendían cambiar los presos y exiliados del PDeCAT y es la que ha saltado por los aires.

Unos y otros deberán extraer internamente lecciones de este resultado, que, más allá de la aritmética, obviamente muy dura para los perdedores, se explica por las resistencias del PDeCAT a que en la nueva formación política no haya cuotas en cargos y listas si se acaban disolviendo a corto o a medio plazo. De ahí su defensa de la coalición electoral que les confiere autonomía organizativa y puestos en las candidaturas para las elecciones. El modelo propuesto se asemejaría a la antigua coalición de Convergència i Unió, una fórmula en la que ellos ya aceptarían ser Unió pero en la que, como sucedía con los democristianos, se resisten a perder sus siglas, su autonomía política y pasar a ser Convergència. También los asociados, que no han participado, obviamente, de la votación de la ejecutiva del PDeCAT y que deberán decidir si maniobran para que un consell nacional o una asamblea extraordinaria rectifique, llegado el momento, el rumbo fijado.

En cualquier caso, es bastante obvio que la actual dirección del partido, con su presidente David Bonvehí a la cabeza, ha jugado sus bazas, ha hecho un pulso interno y ha salido triunfadora. También que han decidido hacer borrón y cuenta nueva de la breve historia de la formación y dejar de lado sus activos políticos más importantes que no son otros que sus dos presidentes de la Generalitat, sus presos y sus exiliados. Si a eso unimos el grueso de sus consellers en el govern Torra, la dirección del PDeCAT tendrá que poner mucha imaginación para explicar a sus asociados cómo se ha podido llegar a esta situación.

 

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