El País Vasco y Galicia abordan este domingo las  elecciones a sus parlamentos en lo que va a ser leído como el primer test pospandemia para aquellos partidos que gobiernan en ambos territorios -PNV y PP, respectivamente- pero también para las dos fuerzas de izquierdas que gobiernan España. Se la juegan, obviamente, Iñigo Urkullu y Alberto Núñez Feijóo, pero no nos engañemos, todo lo que no sea una victoria amplia del PNV en Euskadi y una mayoría absolutísima del actual presidente de la Xunta en Galicia sería una absoluta sorpresa. Tanto es así que nadie cuenta con un movimiento brusco en ambos territorios y por ello la mirada también está puesta en cómo se comportan PSOE y Podemos ya que pasarán el primer examen electoral desde que se conformó un gobierno que no había tenido precedente alguno desde el inicio de la transición.

Las elecciones en Euskadi también han de servir para conocer la salud del bloque independentista y el peso de los partidos españolistas o unionistas. En estos momentos 46 de los 75 escaños son del PNV (28) y de Bildu (18) y aunque sus agendas no coinciden por la apuesta autonomista de los nacionalistas vascos, los escaños y los votos ahí están a la hora de radiografiar un país. El resto de los 29 diputados de la Cámara de Vitoria se los reparten Elkarrekin-Podemos (10), PSE (9) y PP (9). Ahora juegan también Ciudadanos en alianza con el PP, y Vox. Será significativo saber si los partidos de la Moncloa conservan los 28 y si la derecha españolista retiene la pobre cosecha de 9. En medio de todo ello juega también el descrédito de las instituciones españolas, con la monarquía y la corrupción de la familia real hoy por en cabeza.

Galicia juega una liga aparte ya que si la contundente victoria de Feijóo se acaba produciendo y su éxito se lo anota el PP, lo cierto es que a los populares no se les ha visto en la campaña. La marca ha sido el actual presidente de la Xunta, el discurso moderado, para lo que el tándem Casado-Cayetana nos tienen acostumbrados, y, como ya sucedía con Fraga el espacio que se ocupa limita con un galleguismo conservador.

Para Pedro Sánchez, las elecciones van a ser el segundo examen de los tres que afrontará en julio. El primero, como es sabido, lo suspendió esta semana con el fracaso de su candidata, la vicepresidenta Nadia Calviño, a presidir el Eurogrupo con todas las cartas a su favor. El tercero será el reparto de los fondos comunitarios por la pandemia y el criterio que finalmente acabe prosperando. La derrota contra pronóstico de Calviño puede ser una anécdota o un serio aviso. Si es lo segundo, el gobierno español entrará en una senda que anticipará seguramente los límites del actual mandato y Sánchez deberá ir pensando en otras mayorías si quiere hacer bueno algo que hoy nadie cuestiona: que el número de vidas políticas que tiene es realmente casi ilimitado.

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