Ni los graves problemas que ocasionan a los viajeros las permanentes huelgas en el aeropuerto de Barcelona, ni tampoco la pésima gestión de la compañía Vueling, que tiene una enorme importancia en el tráfico aéreo del principal aeródromo catalán, están consiguiendo detener su crecimiento que, por primera vez en su historia, ha alcanzado los 30 millones de pasajeros en los primeros siete meses del año. ¿Cual sería el techo del aeropuerto con una gestión, privada o pública, pensada en desarrollar todo su enorme potencial?

Porque ningún aeropuerto español se ha visto sometido en la última década a tantos problemas como el de Barcelona-El Prat, rebautizado ahora como Josep Tarradellas. Todos los problemas laborales le han afectado más que a ningún otro, todos los problemas relacionados con los controladores aéreos han tenido un impacto superior a ninguna otra ciudad y todos los problemas de seguridad, bien sean de control de pasaportes o de control de pasajeros, han tenido Barcelona en el permanente punto de mira. Estos días, sin ir más lejos, prosigue la huelga de los vigilantes de seguridad y solo los draconianos servicios mínimos están impidiendo que la infraestructura sea un auténtico caos.

Es importante el crecimiento sostenido que se viene produciendo en el segmento de viajeros internacionales, que han sumado en los siete primeros meses del año más de 22 millones de pasajeros, cifra que supone un 5,5% de aumento. Las conexiones con Estados Unidos, Canadá y el continente asiático desde Barcelona se han visto ampliadas en los últimos meses y hay buenas expectativas para 2020. 

Todo ello no podrá consolidarse sin un cambio copernicano por parte de Aena y con un seguimiento permanente por parte del Govern de Catalunya y la Cámara de Comercio de Barcelona. Hay demasiados impedimentos en el camino y problemas de centralidad que por una razón o por otra acaban primando siempre a Barajas. Las buenas cifras de movilidad pueden ser mucho mejores con un modelo de decisiones diferente, y ese debe ser el objetivo.

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