Se ha cumplido este miércoles el 30 aniversario de los pactos del Majestic, que se firmaron en el lujoso hotel del paseo de Gràcia de Barcelona y que permitirían la investidura de José María Aznar como presidente del gobierno. Treinta años de unos acuerdos que hoy, lamentablemente, ninguna fuerza política tiene fuerza y arrojo suficiente para defenderlos, por una razón o por otra, pese a que supusieron el mayor salto de autogobierno para Catalunya si dejamos aparte el Estatut d'Autonomia aprobado en 1977. Como que la memoria es frágil, vale la pena recordar alguno de los logros: la competencia del tráfico pasó a manos de la Generalitat, lo que supuso la sustitución progresiva de la Guardia Civil de Tráfico por los Mossos d'Esquadra; se traspasaron las políticas activas de empleo y la gestión del INEM; y se logró una mayor autonomía en la gestión portuaria y participación en la administración de costas, que incorporaba el nombramiento de los puertos de Barcelona y Tarragona por parte de la Generalitat. En materia financiera, se pactó la cesión a Catalunya de una parte del IRPF, que pasó del 15 % al 33 % de la recaudación; se cedieron el 35 % del IVA y el 40 % de los impuestos especiales y se otorgó a la Generalitat plena gestión sobre tributos como Patrimonio, Sucesiones, Donaciones y el Juego. También se cedió la designación del presidente del Consorcio de la Zona Franca. En clave española, se suspendió el servicio militar obligatorio, desaparecieron los famosos gobernadores civiles y se acordó una rebaja del IVA en las autopistas de peaje para reducir su coste. 

Nadie está en condiciones de presentar un acuerdo político en Catalunya cerrado en los años anteriores y en los posteriores que se acerque mínimamente a todo este paquete político. Y que, además, se cumpliera al 100 % en cuatro años. Pero unos por una cosa y otros por otra, nadie lo reivindica. Junts no lo hace porque quiere captar a los votantes de Convergència sin que se note mucho que son la Convergència puesta al día, que, ciertamente, en la práctica, tampoco lo son. El Partido Popular, porque sabe que aquella cesión de Aznar fue exagerada y solo comprensible por las ansias de los populares por llegar a la Moncloa. Al propio Aznar se le debe haber olvidado la instrucción que le dio al entonces todopoderoso Rodrigo Rato: "Cierra con Macià [Alavedra] y con Duran [Lleida] lo que quieran, pero que esto no se alargue más". Y eso que las elecciones españolas solo habían sido el 3 de marzo anterior, pero el temor a que no hubiera finalmente un acuerdo podía más que el peaje que estaba pagando.

Ahora, todo ha cambiado tanto que los acuerdos políticos con Madrid han consistido en una serie de promesas que cuesta mostrar a los electores como una cosa tangible

Hace unas horas, Jordi Pujol, aún agotado por su incomprensible viaje a Madrid, convocado por la Audiencia Nacional para ver si estaba en condiciones de declarar en el juicio que se sigue contra él y su familia, y del que ha quedado fuera, recordaba en su domicilio algunos episodios de aquel acuerdo. Con lagunas, claro está, dado su estado cognitivo, pero suficientemente lúcido para sonreír, desde su austero despacho colindante con su domicilio, cuando se le recordaba algunos episodios de aquellos días. Una hora con Pujol aún sigue dando para mucho y no deja de ser divertido que aún se pregunte cuál debe ser su papel ahora que a nadie le importa lo que acabe diciendo. Por si acaso, lo escribe y las hojas se van amontonando encima de su mesa. Ahora que ha cerrado el capítulo judicial, y que al no haber podido ser juzgado es a todos los efectos inocente, su estado de tranquilidad ha cambiado. Y las últimas líneas de su biografía, obviamente, también. Para bien.

Ahora, todo ha cambiado tanto que los acuerdos políticos con Madrid han consistido en una serie de promesas que cuesta mostrar a los electores como una cosa tangible. Como algo que pasa y que realmente puede cambiar sus vidas —la supresión del servicio militar— o visibilizar el autogobierno —la policía de tráfico—. Hemos pasado de los hechos al relato. Incluso muchas de las cosas que llevan, indiscutiblemente, el sello catalán en su consecución y que tienen repercusiones positivas, no acaban de ser percibidas como tales. Lo que se impone, en un tiempo en que todo es tan volátil, es ganar el relato. Una derecha incapaz de explicar en una España intransigente que la descentralización del poder es el único camino para generar bienestar a los ciudadanos y llegar a todos los rincones, y una izquierda cada vez más populista que ha dejado las políticas socialdemócratas absolutamente abandonadas. Y en ese caldo de cultivo, la demagogia se hace siempre fuerte.