La cuarta Champions League del Fútbol Club Barcelona femenino alcanzada este sábado en Oslo frente al OL Lyonnes, por un apabullante 4-0, consagra a las blaugrana como el equipo hegemónico de la presente década. Los títulos logrados en las temporadas 2020-21, 2022-23, 2023-24 y 25-26 lo sitúan como el club más laureado de estos años y a solo dos del equipo de Lyon, que en el palmarés global ha logrado ocho títulos continentales, seis de ellos en la década pasada y dos en la presente. En el caso del Fútbol Club Barcelona, el mérito es mayor, ya que ha alcanzado, aparte de cuatro títulos en la presente década, otras dos finales, lo que lo sitúa en una posición casi única e irrepetible, puesto que no ha faltado a ninguna de las finales celebradas.
En esta ocasión, el título logrado tiene un mérito aún mayor, ya que esta temporada perdió a una jugadora tan importante como Fridolina Rolfö (extremo), y hace dos años a tres jugadoras más, como eran Mariona Caldentey (delantera), Sandra Paños (portera) y Lucy Bronce (lateral). El club se encontraba inmerso en la obligación de tener que recortar gastos, ya que el impedimento de fichar del fútbol masculino también afectaba al presupuesto del equipo femenino. Pese a todo, el equipo liderado por Alexia Putellas, Aitana Bonmatí, Marta Torrejón, Patri Guijarro e Irene Paredes, como columna vertebral del conjunto blaugrana, se ha sabido sobreponer a la inversión de otros equipos del continente y suplir las bajas con una mayor valoración del conjunto.
El equipo liderado por Alexia Putellas, Aitana Bonmatí, Marta Torrejón, Patri Guijarro e Irene Paredes, como columna vertebral del conjunto blaugrana, se ha sabido sobreponer a la inversión de otros equipos del continente y suplir las bajas con una mayor valoración del conjunto
Más equipo y menos estrellas bajo la batuta de un entrenador de nivel como Pere Romeu ha sido una combinación ganadora que se ha basado en mantener el ADN Barça —posesión, presión alta y juego asociativo— y la Masia, como cantera inacabable de la que no dejan de salir, como en el fútbol masculino, jugadores talentosos, capaces de integrarse en el fútbol de élite con absoluta normalidad. Un día, las escuelas de negocio tendrán que estudiar en profundidad qué aporta a un club de fútbol disponer de un engranaje como es la Masia y qué acaba dando la tranquilidad suficiente ante las bajas que, lógicamente, se acaban produciendo cuando otros equipos —en el fútbol femenino los equipos ingleses están apostando muy fuerte— deciden a base de talonario situarse en la élite mundial.
En este contexto, el Barça tenía muchos números de quedar desplazado de la élite continental y tener que conformarse con los títulos domésticos, donde lleva siete ligas consecutivas. Pero, a eso, también han sido capaces de darle la vuelta el equipo de Romeu y, con ello, a algo más importante: mantener la idea de que, además del equipo masculino de fútbol —el verdadero motor del club a nivel planetario—, hay muchas otras cosas que van bien y que dan sentido a la idea de una entidad que va mucho más allá, aunque la rentabilidad económica sea discutible. Ser un club global que aspira, este año, a títulos continentales en secciones como la de balonmano o hockey sobre patines puede no ser rentable, pero es lo que diferencia al Barça de otros clubes que tienen en el fútbol masculino o en el baloncesto su razón de ser.
