Barcelona, 23 de septiembre de 1461. Hace 565 años. Carlos de Viana, hijo primogénito de Juan II, rey titular de la Corona catalanoaragonesa, y de la difunta Blanca I, reina titular de la Corona navarra, y heredero a los tronos de Barcelona y de Pamplona, moría en misteriosas circunstancias. La versión oficial atribuyó aquella muerte a la tuberculosis, pero desde el primer momento circuló, con mucha fuerza, el rumor de que el heredero había sido envenenado por su madrastra Juana Enríquez, segunda esposa de Juan II. Carlos murió sin descendencia legítima y su desaparición franqueó el paso al trono a Fernando, el hijo de Enríquez y futuro Fernando II el Católico (1479). Pero, después de la muerte de Carlos, ¿qué pasó con sus hermanas pequeñas —Blanca y Leonor— y sus legítimos derechos sucesorios?

Blanca I de Navarra y Juana Enríquez, primera y segunda esposas de Juan II / Fuente: MNAC

Carlos y sus hijos ilegítimos

Cuando la muerte sorprendió a Carlos, el Príncipe de Viana (título reservado a los herederos al trono navarro) tenía 40 años. Es decir, en aquel contexto histórico era un hombre de edad madura que ya rozaba la vejez. Con 19 años había estado casado con Inés de Clèves, que tenía 18 (1439). Pero durante los años de matrimonio no habían tenido descendencia y la prematura muerte de Inés (1448) y el nacimiento de Fernando —el futuro Católico— (1452) habían abierto un escenario de incertidumbre que resultaría muy perjudicial para las aspiraciones de Carlos. No obstante, Carlos, después de la muerte de Inés, tuvo una relación extramatrimonial con la navarra María de Armendáriz, y el resultado de esta sería el nacimiento de Ana (un año antes que Fernando, 1451); Felipe (1456) y Juan Alfonso (1459).  

La clave era la desaparición de Carlos de Viana

Si Carlos hubiera legitimado su descendencia antes de su muerte (1461) la línea sucesoria habría estado encabezada por los hijos de la Armendáriz: Ana (con el interrogante que despertaba el hecho de que en la cancillería de Barcelona imperaba una ley no escrita que impedía a las mujeres ser reinas-titulares), Felipe y Juan Alfonso. Pero esta cuestión nunca se planteó, porque Carlos, a pesar de la intensa relación que vivió con María —que se manifiesta en la mutua y apasionada correspondencia epistolar—, nunca legitimó a sus vástagos navarros. Quien quería relevar a Carlos por Fernando en la carrera por el trono, interpretó que la clave de todo ello era la desaparición del Príncipe de Viana, porque una vez muerto su descendencia ya no tendría ninguna posibilidad de ser legitimada y no podría representar ninguna amenaza para el futuro Católico

El Príncipe de Viana y sus hermanas Blanca y Leonor. Fuente Wikimedia Commons

¿Por qué los hijos de Armendáriz ya no podrían ser legitimados?

Muchos años antes, a la muerte de Blanca I de Navarra —la madre de Carlos y la esposa de Juan II— (1441), se había abierto el testamento de la difunta reina que legaba el reino navarro a su primogénito. El viudo Juan (el tercer Trastámara en el trono de Barcelona, no lo olvidemos) no había aceptado esta situación (preveía heredar el trono de Pamplona, siguiendo el régimen castellano de la sociedad de bienes). Y este conflicto culminaría con el estallido de la Guerra Civil navarra (1451-1455), que enfrentaría a los beaumonteses (la Navarra continental, ganadera y forestal; y partidaria de Carlos de Viana), contra los agramonteses (la Navarra peninsular, cerealista y partidaria de Juan II). Este conflicto —que se saldaría con un pacto de difícil equilibrio— destruiría la relación entre padre e hijo y, muerto Carlos, haría imposible que Juan se planteara la legitimación de sus nietos.

Entonces, las hermanas del difunto Carles, ¿qué papel jugarían?

Este pacto de difícil equilibrio consistía en el hecho de que Juan II confirmaba a Carlos como el legítimo sucesor a los tronos de Pamplona y de Barcelonadejaba a Fernando sin opciones— con la condición de que la herencia se haría efectiva más adelante y de forma negociada. Así pues, con la muerte de Carlos, su hermana pequeña, Blanca y, por defecto, su otra hermana más pequeña, Leonor, pasaban a ser las nuevas herederas a los tronos de Barcelona y Pamplona. Solo aquella ley no escrita que imperaba en la cancillería de Barcelona que impedía a las mujeres ser reinas-titulares, podía representar un obstáculo para coronar a Blanca o a Leonor. Un obstáculo que, en un escenario general de grandes transformaciones políticas y sociales (el régimen feudal tocaba a rebato), no representaba ninguna garantía para conducir a Fernando, el futuro Católico, hasta el trono.

Juan II / Fuente: MNAC

La pinza contra Carlos y sus hermanas

Juan II era un gobernante moderno. Y, tan interesado como estaba en legar el trono a Fernando, no confió este proyecto a ningún tipo de ley, escrita o no escrita. Ni, tampoco, las poderosas clases mercantiles catalanovalencianas —con casa plantada en Sevilla, plataforma de lanzamiento de todos los viajes atlánticos, la nueva centralidad del mundo—, que ambicionaban operar, desde aquel puerto, en todas las empresas exploratorias y comerciales en calidad de “naturales” y no como “extranjeros” —para expulsar a la competencia italiana y francesa—. Ni el rey Juan II, ni la reina Juana Enríquez, ni las clases mercantiles catalanovalencianas contemplaban otro escenario que el ascenso al trono de Fernando y su matrimonio con Juana “la Beltraneja” o con Isabel, la futura “Católica”, hija y hermanastra pequeña, respectivamente, del rey Enrique IV de Castilla y León.  

'Divide y vencerás'

Y crearon un conflicto entre las dos hermanas. Blanca, primera en la línea sucesoria y, por razones obvias, mal casada con el rey castellano Enrique IV —popularmente “el impotente” y “el puto”, por su pretendida condición homosexual —fue detenida en casa de Leonor y confinada en el castillo de Ortés (parte continental de Navarra) (1451). Tan solo tres años más tarde, moría en extrañas circunstancias, muy probablemente asesinada, sin que su marido hubiera movido un solo dedo (1454). Pasado un cuarto de siglo, a la muerte de Juan II (1479), sus hijos Fernando, el futuro Católico, heredaba la Corona catalanoaragonesa; y Leonor, la hermana pequeña de los difuntos Carlos y de Blanca, la Corona navarra. El precio que había pagado Juan II para conducir a Fernando hasta el trono de Barcelona fue la renuncia, transitoria, a unir los tronos de Barcelona y de Pamplona.

Francesc Febus / Fuente: Wikimedia Commons

Leonor y la justicia poética

Leonor fue coronada el 28 de enero de 1479 (ocho días después de la muerte de su padre Juan II). Pero murió, tan solo, quince días después (12 de febrero de 1479). La misteriosa muerte de Leonor se sumaba a las de Carlos y de Blanca, sus hermanos mayores, y contribuía a dimensionar el mito que perseguía a los hijos de Blanca I de Navarra. Leonor había testado a favor de su hijo, Francisco Febo que, en aquel momento, solo tenía doce años. Y la regencia, hasta la mayoría de edad del heredero, la ejercería el viudo Gastón de Foix. Y, aún, un cuarto de siglo más tarde, Fernando el Católico, esgrimiendo derechos familiares, conquistaría la Navarra peninsular y la incorporaría a los dominios de la monarquía hispánica (1512). La Corona navarra, la de la madre de Carlos de Viana, quedaría reducida a la parte continental. Se completaba el proyecto del difunto Juan II.

Fernando el Católico / Fuente: Museo de Historia de Viena

Fotografía: Retrato contemporáneo de Blanca de Aragón y de Navarra