Honolulu, capital del Reino independiente de Hawái, primavera de 1820. Hace 206 años. Un grupo de misioneros protestantes procedentes de la costa noreste de los Estados Unidos (Nueva Inglaterra) desembarcaba e iniciaba la tarea de evangelización de aquella sociedad. Esta misión, promovida por l’American Board of Commisioners For Foreign Missions (Junta Americana de Comisionados para Misiones en el Extranjero), no sería la única iniciativa evangelizadora (veinte años después, en 1840, religiosos franceses intentarían la introducción del catolicismo). Pero, en cambio, sí sería la más efectiva. A diferencia del fracaso católico —que culminaría con una operación militar de castigo de la Marina francesa—, en tan solo un año, los misioneros norteamericanos conseguirían atraer a su confesión a la parte más rica e influyente de aquella sociedad nativa.

Campamento Metodista, una de las confesiones de la Foreign Missions (1819) / Fuente: Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos

¿Qué era, exactamente, Hawái cuando llegaron los predicadores norteamericanos?

Poco antes del desembarco de los predicadores norteamericanos, el caudillo Kamehameha I había unificado políticamente el archipiélago (hasta entonces formado por pequeños reinos insulares), se había coronado rey —emulando a los monarcas europeos de la Europa ilustrada— e había inaugurado el régimen monárquico hawaiano (1810). En este proceso político y militar, Kamehameha y el núcleo de poder que lo rodeaba se habían inspirado en la monarquía británica. Desde que, un cuarto de siglo antes (1778), el navegante inglés James Cook —que buscaba el mítico paso del Noroeste (entre Alaska y Siberia)— había visitado las costas de Hawái, la ventana del Reino de Kamehameha al mundo había sido a través del Imperio británico. La monarquía hawaiana no era un protectorado británico, pero sí había desarrollado una alianza comercial y política muy estrecha con Londres.

Trabajadores agrícolas de origen japonés en Hawái (1893) / Fuente: Archivo Estatal de Hawái

¿Quiénes eran aquellos evangelizadores norteamericanos que tuvieron tanto éxito en su misión? 

La Foreign Missions era una plataforma creada —muy reveladoramente— poco después de la independencia de los Estados Unidos (1780) y que agrupaba diversas confesiones protestantes que habían hecho fortuna durante la etapa colonial (siglos XVII y XVIII). Pero no todo era coser y cantar. La organización estaba dividida entre el sector tradicionalista del Segundo Gran Despertar, liderado por el reverendo Samuel Worcester, pastor de la comunidad puritana del Tabernáculo de Salem (el pueblo que, un siglo y medio antes, había conocido los famosos juicios a las brujas), y el sector renovador, dirigido por el reverendo Jeremiah Evarts. Sin embargo, ambos defendían la integración de indios nativos y esclavos negros en la nueva sociedad norteamericana a través de la religión, y esta ideología inclusiva explicaría el éxito de su misión con la sociedad nativa de las islas hawaianas.

Samuel Worcester y Jeremiah Evarts / Fuente: Universidad de Boston y Museo de Arte Moderno de Nueva York

Hawái, entre las pretensiones expansionistas británicas y francesas

A mediados del siglo XIX, Gran Bretaña y Francia —primera y segunda potencia mundial del momento— dirimían sus diferencias, también, en el océano Pacífico. Los británicos habían puesto los pies en Australia y en Nueva Zelanda y los franceses en las islas de la Polinesia. En aquel nuevo teatro de operaciones, Hawái, escala indispensable entre el continente norteamericano y el cuadrante marítimo que se disputaban británicos y franceses, adquiriría un gran valor estratégico. Los británicos —que veían a los hawaianos “tontear” con evangelistas y comerciantes norteamericanos— ocuparon militarmente Honolulu y depusieron a Kamehameha III (1843). Aquella acción se resolvería con la restauración de la alianza anglo-hawaiana y del Estado hawaiano, pero desencadenaría una idéntica reacción francesa (1849), que se traduciría únicamente en el saqueo y destrucción de Honolulu.

Los norteamericanos se sentaron a esperar su momento

A mediados del siglo XIX, la Marina norteamericana no tenía la capacidad de respuesta que podían tener la Armada británica o francesa. No la adquiriría hasta la Guerra Civil norteamericana (1861-1865), con el impulso del almirante David Farragut (hijo del menorquín Jordi Farragut, héroe de la independencia de los Estados Unidos), y no la pondría de manifiesto hasta la Guerra de Cuba, contra España (1898). Por lo tanto, la situación insular de Hawái no invitaba a los norteamericanos a una intervención militar. Y lo que decidió el presidente norteamericano, el general Zachary Taylor —popularmente “old rough and ready” ('viejo rudo y listo'), del tradicionalista y efímero Partido Whig—, sería sentarse a esperar su momento mientras resolvían la guerra contra México —en aquel escenario bélico eran militarmente superiores— y culminaban la ocupación del Oeste americano.

El “protectorado” norteamericano

Los continuos conflictos franco-británicos en el Pacífico y las ocupaciones de 1843 y 1849 habían fabricado una silenciosa y efectiva inercia del poder hawaiano a favor de los intereses de Washington. La agresiva prepotencia y el violento chantaje que habían mostrado británicos y franceses contrastaba con la cordialidad de los misioneros norteamericanos (la única referencia que el poder hawaiano tenía de los Estados Unidos). Y, en 1875, el rey Kalakaua I de Hawái y el presidente de los Estados Unidos, el general Ulysses S. Grant —del Partido Republicano y héroe de la Guerra Civil—, firmaban el Tratado de Reciprocidad, que concedía a los norteamericanos el monopolio del comercio de las islas con el exterior. Los Estados Unidos ya habían superado su conflicto civil (1861-1865), su Marina de guerra ya se había dimensionado y ya podían responder a las armadas británica y francesa.

El rey Kalakaua y el presidente Grant / Fuente: Archivos Estatales de Hawái y Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos

El fin de la etapa de la cordialidad y de las sonrisas

El presidente Grant firmó aquel tratado con el rey Kalakaua (1875) mientras, probablemente, se fumaba riéndose la carta que le había enviado Roque Barcia (1874), ofreciendo incorporar el Cantón de Cartagena a la Unión. Cartagena no era Hawái; ni el Mediterráneo era el Pacífico. La geopolítica de Washington ya había constatado que el eje de la centralidad del mundo se desplazaba lentamente hacia el Extremo Oriente, y, tan solo doce años después (1887), completaría su estrategia. Con el control no tan solo del comercio exterior, sino también del aparato productivo de la isla (corporaciones norteamericanas que habían adquirido grandes cantidades de terreno y habían introducido masivamente el cultivo de la caña de azúcar y del arroz), daban por finalizada la etapa de las sonrisas y enseñaban los colmillos ocultos bajo aquella apariencia de cordialidad.

La dotación del USS Boston, que invadió Hawái en 1893 / Fuente: Archivo Estatal de Hawái

La anexión

Los cultivos de caña de azúcar y de arroz no tan solo modificaron el paisaje agrario de las islas, sino que también impulsaron una dramática transformación demográfica. Las corporaciones norteamericanas importaron profesionales cualificados —anglosajones procedentes de Nueva York— y una gran cantidad de mano de obra barata asiática —del Extremo Oriente— y afroamericana —del sur de los Estados Unidos— que provocaría la minorización de la población nativa y el estallido de grandes tensiones. Washington ya tenía lo que quería: un escenario convulso que invitaba a la intervención militar. Y con el pretexto de que el régimen monárquico hawaiano era incapaz de garantizar el orden social y los intereses de las empresas norteamericanas, es decir, el Tratado de Reciprocidad, invadió las islas y liquidó la independencia hawaiana (1893).