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Siempre he pensado que las lenguas desaparecían de manera espectacular. Me imaginaba al último hablante de un idioma remoto pronunciando una última frase solemne antes de que el silencio se lo tragara para siempre… pero soy catalana y he entendido que la cosa no va así.

Las lenguas contemporáneas y modernas desaparecen con una educación exquisita. Nadie las prohíbe. Nadie las persigue. Nadie las condena oficialmente. Sería de mal gusto; lo que hacemos es mucho más civilizado.

Como sociedad avanzada y moderna que necesita hacer protocolos para absolutamente todo, también hemos desarrollado uno para gestionar la desaparición gradual de una lengua. El mérito es que, a pesar de la complejidad del proceso, hemos logrado condensarlo en solo diez pasos. Los recojo aquí con voluntad divulgativa, aunque sospecho que la mayoría ya aplicamos el protocolo de forma intuitiva.

1. Amad mucho la lengua, sobre todo de palabra

La lengua debe ser amada públicamente constantemente. Hay que recordar su belleza, su historia, su valor patrimonial… Preferiblemente una vez al año y durante algún acto institucional con un buen piscolabis. Ahora bien, este amor no debe interferir en vuestros hábitos cotidianos. Una lengua es patrimonio cuando se contempla. Cuando se usa, empieza a generar incomodidades.

2. Cambiad de lengua antes de que os lo pidan

Este es probablemente el paso más importante. No esperéis que la otra persona os diga que no entiende el catalán. Anticipaos a los hechos. Detectad una mirada dubitativa, un acento diferente o una pausa de medio segundo y cambiad inmediatamente al castellano. La clave es que el cambio parezca un acto de generosidad y no una renuncia.

3. Convertid cualquier conversación lingüística en una discusión imposible

Si alguien expresa preocupación por la situación de la lengua, respondedle que exagera. Si aporta datos, decidle que los datos son relativos. Si insiste demasiado en el tema, acusadle de politizarlo. El objetivo no es ganar la discusión, sino conseguir que nadie la quiera volver a tener.

4. Explicad a los jóvenes que la lengua tiene futuro

Después, dejad que el futuro se desarrolle principalmente en otros idiomas. Explicadles que el catalán es esencial, pero aseguraos de que las plataformas que consumen, los creadores que siguen y los referentes a los que admiran funcionen casi siempre en otras lenguas.

Una vez que hayamos hecho desaparecer la lengua, la buena noticia es que no habrá responsables y que nadie tendrá la culpa

5. Reservad la lengua para los actos solemnes

Usadla para los discursos, las conmemoraciones y las diades. Llenadla de trascendencia. El problema de las lenguas es que, a veces, la gente insiste en utilizarlas para pedir un café o discutir sobre fútbol.

6. Confiadlo todo a la escuela

Cuando aparezca cualquier problema, repetid que la escuela ya lo solucionará. Mientras tanto, los alumnos aprenderán una lección muy valiosa: las lenguas sirven para aprobar exámenes.

7. Haced ver que el uso y el conocimiento son la misma cosa

Celebrad que la gente entiende el catalán. Ignorad discretamente que cada vez lo hable menos. Es una distinción técnica sin importancia. Igual que saber nadar y no entrar nunca en el agua.

8. Sorprendeos de todo

Sorprendeos cuando los jóvenes cambien de lengua. Sin sorpresa, alguien podría empezar a relacionar las causas con las consecuencias.

9. Esperad a que alguien dé el primer paso

Los hablantes esperan a las instituciones. Las instituciones esperan a la sociedad. La sociedad espera a los jóvenes. Los jóvenes esperan no se sabe muy bien a quién. Es un sistema sin fisuras porque garantiza que nadie haga nada.

10. Celebrad la diversidad. Sobre todo la de los demás.

Recordad constantemente que todas las lenguas son una riqueza. Solo hace falta una pequeña excepción: la propia.

Una vez aplicado todo el protocolo al pie de la letra, y cuando la lengua solo sobreviva en comidas familiares y en camisetas conmemorativas, entonces será el momento de felicitarnos. Un momento de celebración histórica: habremos conseguido hacer desaparecer una lengua. La buena noticia es que no habrá responsables y que nadie tendrá la culpa.