Santiago de Cuba, 16 de julio de 1898, hace 128 años, Tercera Guerra de la Independencia de Cuba (1895-1898), llamada también Guerra Necesaria, y dos meses y medio después de la entrada de Estados Unidos en aquel conflicto (25 de abril de 1898), el general William Shafter, liderando una fuerza de 18.000 marines estadounidenses, derrotaba a las defensas coloniales y ganaba la última plaza española en Cuba. El resultado de la batalla naval de Santiago (3 de julio de 1898) y del asedio de Santiago (16 de julio de 1898) abría las puertas a un paisaje inédito. El ejército estadounidense, que, oficialmente, había desembarcado en Cuba para apoyar a los independentistas, se había convertido en el nuevo dominador de aquel escenario.
No sería hasta pasados cuatro años (1902) que se haría efectiva la Enmienda Teller, una resolución aprobada por el Congreso de Estados Unidos (20 de abril de 1898) cinco días antes de que el presidente McKinley declarara formalmente la guerra a España (25 de abril de 1898) y que proclamaba que la intervención estadounidense en Cuba no perseguía el objetivo de incorporar la isla a la Unión, sino garantizar su tránsito hacia la independencia. ¿Por qué, poco antes del inicio de la guerra, el Congreso de Estados Unidos había votado una resolución que enmendaba el nervio ideológico que presidía el poder estadounidense desde la época de los “padres de la patria”? ¿Por qué Estados Unidos, después del esfuerzo bélico en Cuba, en hombres y en dinero, no incorporó la isla como el 46.º estado de la Unión?
El porqué de la Enmienda Teller
La Enmienda Teller debía su nombre a su impulsor, Henry Teller, senador republicano del estado de Colorado y representante del lobby de los productores de remolacha azucarera. Y su existencia tenía una motivación estrictamente económica. Teller denunciaría la amenaza que representaba para el sector agrario estadounidense la incorporación de Cuba a la Unión. Especialmente para sus representados, porque esta incorporación habría permitido a los cultivadores de azúcar y de tabaco cubanos la introducción —¡¡¡sin aranceles!!!— de su producto en los mercados estadounidenses. Teller y el lobby que representaba sabían que, por razones de costes, los explotadores agrarios cubanos podían poner el producto en el mercado a un precio inferior respecto a los agricultores estadounidenses. Y vieron en ello la ruina.
¿Qué había, también, detrás de la Enmienda Teller?
La Enmienda Teller tenía una motivación claramente económica, pero la investigación historiográfica ha descubierto que aquella Amedment tenía, también, unas profundas y ocultas motivaciones socioideológicas. Teller era senador por Colorado, un estado de paisaje sociológico blanco, ideológico conservador y confesional protestante. Y el lobby que representaba estaba desplegado por los estados del Medio Oeste, cantera del grupo de poder que ya, en aquel momento, se identificaba con el acrónimo WASP —white, anglosaxon and protestant ('blanco, anglosajón y protestante'). Teller y el lobby que representaba no veían con buenos ojos la incorporación de una isla con una población hispana de un millón de personas y negra —descendientes de esclavos— de más de medio millón.
Dar la vuelta al calcetín: la Enmienda Platt
La Enmienda Teller representó un importante obstáculo a la tradicional política proyectiva que Estados Unidos había practicado durante todo el siglo XIX (compra de Luisiana, Florida y Alaska; anexión de Texas, y conquista del Far West). Pero el poder estadounidense conseguiría salvarlo con una imaginativa fórmula, que, medio siglo después y después de que la II Guerra Mundial impusiera un redibujo de los pesos y equilibrios del mundo (1945), se convertiría en el principal modelo relacional entre las potencias occidentales y sus antiguas colonias. Esta fórmula sería contemporáneamente llamada neocolonialismo, y su precedente más remoto sería la Enmienda Platt (1903): una Cuba oficialmente independiente, pero oficiosamente dependiente de Estados Unidos.
La fórmula del neocolonialismo se inicia en Cuba
La Enmienda Platt (1901) había sido impulsada por Orville H. Platt, senador republicano por el estado de Connecticut y uno de los pesos pesados de su partido y del Senado a caballo de los siglos XIX y XX. En aquella enmienda se garantizaba la culminación del proceso que debía llevar a Cuba a la independencia. Pero, por otro lado, se condicionaba notablemente la soberanía de la nueva república. Por ejemplo, el gobierno de Estados Unidos prohibía a Cuba firmar tratados internacionales con otros países sin la aprobación previa de Washington. O, por ejemplo, el gobierno de Estados Unidos se reservaba el derecho a intervenir militarmente en Cuba para proteger sus intereses políticos, económicos y militares y garantizar un gobierno que cumpliera estas premisas.
El neocolonialismo después de la II Guerra Mundial
La incorporación de Cuba podría haber representado una operación con un coste y unas repercusiones imprevisibles para el poder y para la sociedad norteamericana del momento, y se salvó con la innovadora fórmula de Platt. Una fórmula que, inmediatamente, sería ampliamente seguida por los gobiernos norteamericanos en su relación con los estados de Centroamérica y de Sudamérica (revisión de la Doctrina Monroe, 1823) y que, después de la II Guerra Mundial (1945), sería adoptada por las potencias europeas en los procesos de descolonización de África y de Asia. El nuevo orden mundial, que domina el mapa del planeta desde hace tres cuartos de siglo, se fabricó en Cuba después de que Estados Unidos reemplazara a la última potencia colonial europea del continente americano.
