La inagotable aparición de nuevas voces que iluminan el cine catalán nos ofrece un nuevo talento a quien seguirle la pista. Aunque no es una aparición repentina, porque Laura Ferrés (El Prat de Llobregat, 1989) ya había sido noticia hace seis años, cuando su corto Los desheredados fue premiado en el Festival de Cannes. Ahora, con La imatge permanent, su primer largometraje, acaba de conseguir la Espiga de Oro en el Festival de Valladolid. La película se estrenó en el Festival de Locarno y de pasar también por el Alternativa, el festival de cine independiente que se está celebrando en Barcelona; esta semana opta a galardón en los Premios Gaudí.

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I Ferrés vuelve a conquistar a los espectadores hibridando ficción y documental, desconcertando pero también hipnotizando con una propuesta muy personal, que se desarrolla en dos líneas temporales. Los primeros veinte minutos del filme nos llevan hasta Andalucía, en un tiempo indeterminado que podemos situar en plena posguerra. En un contexto de miseria y fuertísima presión de un catolicismo intolerante, una adolescente que acaba de parir a un bebé huye del pueblo, abandonando a su hija reciente nacida, y desapareciendo sin dejar rastro. Cincuenta años más tarde, La imatge permanent nos sitúa en el extrarradio de Barcelona, concretamente en El Prat de Llobregat, donde Carmen, una directora de casting que trabaja en publicidad, busca caras para participar en los anuncios de una campaña política. En esta búsqueda se cruza con Antonia, una carismática mujer en edad de jubilación que se dedica a la venta ambulante de perfumes.

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Foot: Agnès Piqué Corbera

El choque de personalidades y la relación que se establece entre las dos, que de alguna manera sienten una conexión de raíces insólitas, sirve a Laura Ferrés para reflexionar sobre temas como la identidad, la soledad, la inmigración, la lucha de clases, el peso de la religión, las heridas difíciles de coser, el paso del tiempo y el eterno retorno, el cinismo de la publicidad y, en concreto, de la publicidad política. Y lo hace con cierta radicalidad formal, planteando una especie de deconstrucción del costumbrismo, dándole un zarandeo al cine social que nos acostumbra a llegar, utilizando de forma sorprendente a actrices no profesionales (Rosario Ortega y Maria Luengo, marcianos descubrimientos), y añadiendo notas de humor casi surrealista que dan a La imatge permanent una fuertísima personalidad. Hablamos de todo eso con la directora.

¿Cómo estás digiriendo un premio como la Espiga de Oro?
Muy bien, claro está. Ganarla a pocos días de estrenar la película es fantástico, porque es una manera de que llegue a más gente. Me emocionó la justificación del jurado, que decía alguna cosa así como que se valoraba que, en un momento donde muchas películas se reducen a su contenido, girando en torno a un mensaje didáctico, La imagte permanent va por otro camino. A ver, hay temas, personajes, trama, no es una película experimental en absoluto. Pero sí intenta abrir otros caminos dentro de la narración. Y eso coincide con el tipo de cine que yo quería hacer.

Estos caminos narrativos son tan desconcertantes como hipnóticos. Tengo la sensación que das una especie de deconstrucción del costumbrismo, del naturalismo. Coges sus códigos y los revuelves para plantear una cosa diferente.
Sí, sí, era parte de la intención. La película bascula entre el artificio y el naturalismo. El artificio viene dado de un guion y de una dirección de actores donde los personajes tienen, a veces, reacciones o diálogos un poco absurdos, porque en la película hay humor. Y el naturalismo llega al trabajar con personas que no eran actrices antes de hacer esta película, en localizaciones reales, que nunca están alteradas por el equipo de rodaje. Cuando mezclas cosas aparentemente antagónicas, pueden suceder cosas inesperadas, y de alguna manera creo que me gusta mostrar el misterio que hay en nuestro día a día. Hay muchas películas donde eso se retrata de una forma aburrida, o más bien poco creativa. Y en realidad pienso que hay cosas muy curiosas en nuestro día a día. Solo tenemos que estar atentos para que no se nos pasen.

Estamos en un momento en que el público está preparado para ver cualquier cosa

Dices que hay falta de creatividad en el costumbrismo...
Yo creo que estamos en un momento en que el público está preparado para ver cualquier cosa. Entonces, me gusta intentar innovar con la forma, porque es verdad que con los temas, no digo que no se pueda hacer, pero creo que hay menos margen. Entonces, en la forma sí que intento innovar porque a mí, al final, lo que me gusta es el cine: las imágenes, el sonido, el montaje. Son estos elementos los que intento que sean los que nos expliquen la historia. No sé si eso se entiende muy bien porque es muy obvio, todas las películas lo hacen, pero intento combinar estos elementos de una manera que no sea la que ya hemos visto no sé cuantas veces.

Utilizando un símil culinario, se trataría de coger unos ingredientes y cambiar la forma de combinarlos o de cocinarlos.
Mira, en la rueda de prensa de Valladolid mencioné un símil parecido, porque dije que la película era como mezclar por primera vez el melón y el jamón. Es una combinación curiosa, no sé quién se la inventó, y no sé, de entrada parece que no funciona, ¿no? Pero después te la comes y está buenísima.

Si se parece a alguna cosa, diría que La imatge permanent conecta con este tipo de cine que hibrida el documental y la ficción, y que desarrollan cineastas como Isaki Lacuesta o Neus Ballús. Sobre todo, pensé en Destello Bravio, de Ainhoa Rodríguez, que también juega con el humor surrealista y con esta hibridación. ¿Te situarías en esta línea?
A ver, todavía no he hecho mucho proyectos, pero con Los desheredados ya trabajaba en este sentido, haciendo un híbrido entre ficción y documental. Porque me interesa cuando en las películas confluyen la cosa antropológica, dejar constancia de cómo somos, y la ficción. Es decir, al final el cine es como una herramienta que me sirve para dejar testigo de cosas que se podrían olvidar, pero, al mismo tiempo, quiero crear un imaginario propio. Así que me gusta introducir elementos reales, por decirlo de alguna manera, porque creo que el concepto de realidad siempre se tiene que poner en duda. O sea, al final lo que entendemos por realismo en el cine es una convención más. E incluso en nuestra vida tampoco estoy segura de que tú y yo veamos lo mismo. Tú estás en una habitación de un color rojo, pero seguramente no estamos viendo el mismo tono de rojo.

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En esta búsqueda de un imaginario propio, y en este ejercicio de deconstrucción, diría que también haces una mirada social, pero dándole la vuelta a lo que vemos habitualmente en el cine social.
Sí... o sea, efectivamente, la película habla sobre el mundo del trabajo y apunta a las diferencias entre clases sociales. Son temas que me interesan, porque básicamente mi entorno y yo misma venimos de la clase trabajadora, y me he encontrado con resistencias para poder hacer lo que quiero hacer. Entonces, inevitablemente, eso impregna mis películas. Pero, al mismo tiempo, soy una apasionada por el cine y por eso me gusta intentar encontrar otras formas para tratar estos temas. He rodado en El Prat de Llobregat porque soy de allí, y es una ciudad donde llegaron para trabajar muchas personas de otras partes de España, y es un lugar que no se había mostrado mucho en el cine. Es la periferia de Barcelona y por eso mismo parece pasar desapercibida, como el mismo casting de la película. Es decir, este puñado de actores no profesionales se parecen mucho a la gente de la calle, o al menos a gente de mi entorno, y no los veía en la pantalla. Y hacer la película es una oportunidad de mostrar otras realidades. Que yo creo que es fruto de que, afortunadamente, cada vez más personas estamos haciendo películas sin ser de clase alta.

Y eso cambia la mirada social, claro está...
Sí. Hay un cierto cine social que me parece aburrido o, incluso, condescendiente. Y eso es porque está hecho por una clase social alta que no sabe de lo que habla. Y bueno, espero que La imatge permanent sea otra cosa. Creo que es un relato más horizontal, más hecho desde la misma perspectiva, desde la misma clase social que retrata.