Cuando a primera hora de la mañana el socorrista detectó una mancha amarilla y unas bolitas flotando en la piscina, no necesitó ningún producto químico para entender que alguien (un hijo de su madre) se había cagado de madrugada.
La noticia, evidentemente, corrió por las redes sociales y en el pueblo todo el mundo lo comentaba con una gravedad insólita. Aquí somos una aldea, cuatro casas. Nos conocemos todos, para bien o para mal. Sabemos las virtudes y criticamos los defectos. Pero he de reconocer que esa mierda en la piscina nos unió con una seguridad muy patriótica.
Después de una reunión de las autoridades competentes en el polideportivo, llegamos a la conclusión de que necesitábamos encontrar al culpable (fuera quien fuera) y necesitábamos también, por la salud de nuestra sociedad del bienestar, que el culpable fuese castigado de manera ejemplar y si hacía falta (esto lo añadí yo) cruel.
Y, finalmente, más por aburrimiento que por investigación, aparecieron los primeros sospechosos, jóvenes, como es lógico. A partir de los cuarenta años, nadie era sospechoso de aquella gamberrada.
Unos cuantos voluntarios fuimos puerta por puerta a preguntar a los adolescentes qué habían hecho aquella noche. Y la mayoría tenían coartada, es verdad. También es cierto que nos dejamos llevar por estereotipos heteropatriarcales y desde el principio creímos que las chicas no podían haber defecado de aquella manera en la piscina.
Con la piscina otra vez limpia, la investigación entró en un callejón sin salida. Muchos pensaban que lo dejaríamos correr, que aquel crimen quedaría impune. Lo comentaban en el bar, después de la tercera copa de vino. Pero nosotros teníamos la certeza de que si no lo atrapábamos en el momento más íntimo y preciso, aquella mierda (nunca tan bien dicho) podía repetirse cada semana.
Así que sin explicarlo a nadie, en grupos de dos voluntarios hicimos turnos en la piscina, que a partir de las ocho de la tarde permanecía cerrada.
Nos escondíamos allí, cenando unos bocadillos de atún, fumando un poco, y cuando podíamos descansábamos. Pasamos cuatro o cinco días, y nada de nada. Teníamos que ser pacientes, pero lamentablemente todo se resolvió una fatídica mañana de finales de agosto.
También fue el socorrista quien lo presenció. Con el afán de querer ayudar al señor Quim, de noventa y cinco años, que es muy querido en el pueblo, en el preciso instante de subir las escaleras para salir de la piscina vio cómo la incontinencia convertía el azul del agua en el amarillo y en bolitas de excremento.
Fue muy desagradable, porque la edad no permite ciertos juicios. El socorrista no dijo nada, discreto, pero al cabo de cinco minutos, cuando el señor Quim ya estaba en la silla que siempre le preparamos para que descanse, el chico dio la orden y volvimos a cerrar la piscina.
No fueron los adolescentes haciendo algo viral, fue un intestino abocado al abismo de la vejez.