La jugada que los estrategas que controlan a Ada Colau y a su equipo preparan para Catalunya va más allá de empujar a la alcaldesa a abrazar la Diada como si fuera un boxeador desesperado. Una vez el federalismo ha perdido el prestigio que tenía, todo el mundo puede ver que los discursos a favor de una confederación de repúblicas hispánicas son palomitas folclóricas para distraer a la parroquia.

Colau no se limitará a hacer de Duran i Lleida. Primero, porque tiene Barcelona para negociar y segundo porque su ideología va muy bien para poner el independentismo contra sus debilidades. Durante años, el líder de Unió sirvió a Pujol de chivo expiatorio cuando la frustración de sus votantes amenazaba con volverse en su contra. La alcaldesa ha visto los beneficios que da este papel, pero no creo que sea consciente del rol que está jugando en el plano geopolítico.

Desde la Guerra de los Segadores, los grandes episodios de inestabilidad que han sufrido el Estado y el sur de Europa han venido de la desazón de Barcelona. Lo que se tambalea cuando Barcelona crece no es Catalunya -ni Nou Barris-, es el Estado español tal como está pensado. Si Barcelona crece demasiado tienes un problema geopolítico porque dejas de poder disimular que el Principado es una red de ciudades compacta, potencialmente más eficaz que Londres o París, y que Catalunya llega hasta València, Perpinyà y Mallorca.

Una Barcelona fuerte, encarcelada dentro del Estado, es peligrosa porque disputa el poder a Madrid y provoca enfrentamientos por los recursos que genera España. Colau es una figura ideal para empequeñecer el espíritu de la ciudad y para reducir su mentalidad a unos límites autonómicos que permitan una explotación pacífica y tranquila. Como no tiene apoyos más allá del área metropolitana, es una palanca eficaz para separar Barcelona del resto del país.

La gracia principal de la alcaldesa es que tiene el perfil perfecto para empezar una carrera con el independentismo kumbayá para ver quién hace mejor las cosas y quien se gana antes el cielo. Yo cada vez que pienso en Colau y en el president Mas me acuerdo de aquel lema de la entrada de Auschwitz: "El trabajo os hará libres". La manera de evitar que Catalunya sea independiente sin recurrir a la violencia –cosa que hoy es inviable- es meter a la gente en discusiones estériles o hacerla trabajar en soluciones imposibles de implementar. Poner el listón muy alto también puede ser una forma de reprimir y dominar.

Las polémicas de Colau con el independentismo esconden que la alcaldesa no tiene un programa pensado para poner Barcelona entre las primeras grandes ciudades del mundo. A la alcaldesa sólo le preocupan los pobres y justamente por eso puede acabar dejando una ciudad pasteurizada, de ciudadanos gordos y dormidos, ideal para que la controlen las grandes corporaciones. El programa de progreso de Colau ofrece una coartada magnífica para americanizar a Barcelona y destruir el espíritu urbano que tenía el independentismo original de las consultas.

Fue un error muy oportuno que Xavier Trias descartara centrar su campaña electoral en las ventajas que tendría una Barcelona capital de Estado. Tampoco es casualidad que la honesta alcaldesa gobierne como si su rival no hubiera perdido por 13.000 votos escasos, después de una guerra sucia ignominiosa de la cual ella fue cómplice. A Convergència ya le va bien haber perdido la alcaldía y la prueba es la oposición indigente que hace. Ahora que el partido defiende que hay que ampliar la base social, un discurso potente sobre la capital de Catalunya tendría mucho sentido.

Para evitar que el independentismo se desborde hace falta folklorizar las ambiciones de Barcelona. Eso es lo que ni Pasqual Maragall ni Xavier Trias (los dos hijos de la élite de antes de la guerra) nunca tuvieron del todo en cuenta. Si Trias hubiera ganado las elecciones, el eje izquierda-derecha habría quedado aplazado para cuando tuviéramos un Estado y el choque de trenes con Madrid habría sido casi inevitable. Colau es ideal para el Estado español porque su equipo de consejeros vive en el siglo XX y está intoxicado por los discursos que la Unión Soviética pronunció para debilitar Europa.

Colau quiere situar a Barcelona en el frente de los anti-todo, es decir de los perdedores de la globalización. En una época que premia la creatividad y el talento, la alcaldesa extiende el pesimismo necesario para que muchos catalanitos se refugien en la moral del kumbayá. Colau quiere una Barcelona que se preocupe por todos los males del mundo menos por los de su país, que son los que más puede contribuir a solucionar. Tenemos suerte que Madrid se encuentra en manos de una abuelita encantadora, nostálgica de la Transición, y de una hedonista de centro comercial como Cifuentes, que sólo piensa en fotografiarse con perritos.

Ahora que las élites urbanas están cogiendo el liderazgo a las viejas burocracias, un Madrid con las ideas claras podría ganar mucho terreno a esta Barcelona dirigida con mentalidad de fuego de campo.

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