Hay revueltas que no solo se hacen con tractores, pancartas o cortes de carretera, sino también con palabras. Revolta Pagesa es un buen ejemplo de ello: una revuelta que se expresa desde los campos, pero también desde el hablar de quien los trabaja. Cuando el campesinado habla, lo hace con un catalán arraigado, diverso y sin filtros, un catalán que no pide permiso. Es un catalán valiente, forjado a lo largo de los siglos, que se ha ido endureciendo y afinando con los años, con el trabajo duro y con una relación directa con la tierra.
Es un catalán vivo, cotidiano y genuino, que no solo explica una manera de hablar, sino también una manera de pensar, de vivir y de defender lo propio
Escuchar declaraciones de campesinos de todo el país, con acentos y expresiones muy diferentes, estos días ha hecho evidente que la lengua no es uniforme ni neutra, sino profundamente territorial. Cada palabra arrastra paisaje, memoria y forma de vivir. Es un catalán vivo, cotidiano y genuino, que no solo explica una forma de hablar, sino también una forma de pensar, de vivir y de defender lo propio y, en definitiva, de plantarse, con dignidad, ante aquello que se considera injusto.
Cada región tiene sus propias palabras y todas tienen un valor que no se mide en monedas, sino más bien con un punto de orgullo. Nos gusta decir “nuestras” palabras porque nos explican y nos hacen ser como somos y hablar como hablamos. Por ejemplo, en Tortosa, un rustifaci es una buena escalivada; en Menàrguens, un cassigall es un trapo de ropa vieja, y en Banyoles, una bomba es el farolillo con el que los niños van a esperar a los Reyes.
También hay palabras que juegan con gestos y objetos cotidianos. En Arbúcies, por ejemplo, desllanegar es estirar la ropa con cuidado; en Badalona, el micaco no es un simio, sino un níspero dulce, y en Valls, un ratapatxet es un murciélago. Otras palabras nos conectan con la tierra o la comida, como por ejemplo, una enrocada en Tossa de Mar, que es aquella conversación que te hace llegar tarde a los sitios; los estrigassons de Felanitx son guisantes; y, en Ulldecona, un catxell es una concha. En Torelló, un eixavuiro es un estornudo inesperado; en Manacor, un nito recuerda que todo el mundo tiene días de mal humor; y en El Vendrell, un aboi anuncia que el tiempo se acaba y que es hora de correr. Los cells de Atzeneta del Maestrat anuncian nubes de tormenta, y la rufaca de Puigcerdà avisa que el viento trae nieve.
Hay dialectalismos que nos hacen sonreír sin querer: rascaculs, un tobogán en Lleida; trempallapis, la maquinita para sacar punta a los lápices en Roda de Ter; bàsquets, zapatillas deportivas en Súria; y taifa, la fiambrera que llevamos cada día en Terrassa. Y siempre están los pequeños delirios de la lengua: papibous, renacuajos en Palafrugell; xiroi, que significa vivo y alegre en cualquier rincón, y de muy originales, como las trumfes, las patatas en Figueres.
Estos dialectalismos valen un imperio porque nos recuerdan que la lengua está viva, que es cambiante y que está profundamente arraigada a la tierra, pero también a la gente que la trabaja y que la vive cada día. Nos recuerdan que incluso un farolillo, un níspero o un trapo pueden tener nombre propio y una historia detrás. Y cada vez que alguien dice rustifaci, micaco, ratapatxet o bomba, no está usando solo una palabra, sino que está defendiendo una manera concreta y propia de mirar el mundo, de vivirlo y de explicarlo.
Utilizar y reivindicar estas palabras es también un pequeño acto de dignidad, de orgullo y de autoestima lingüística. Porque preservarlas no es ninguna nostalgia, sino una manera de mantener viva una lengua diversa, arraigada y valiente.
