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Ciudad de México, 11 de septiembre de 1821. Hace 205 años. El llamado Ejército de las Tres Garantías, liderado por los generales Iturbide y Guerrero entraba, triunfante, y proclamaba la independencia de los Estados Unidos Mexicanos. Según diversos estudios historiográficos y antropológicos, en aquel momento el 60% de la población del recientemente creado Primer Imperio Mexicano (1821-1823) hablaba lenguas indígenas. Pero, en cambio, pasados tres cuartos de siglo —a inicios de la centuria de 1900— las lenguas indígenas habían pasado a una situación de práctica extinción. ¿Cómo era posible que estas lenguas indígenas hubieran resistido tres siglos de prohibición y de persecución hispánicas, y hubieran iniciado el camino de la desaparición al día siguiente de la independencia?

El Ejército de las Tres Garantías

Para empezar a encontrar respuestas, solo nos hace falta observar el desarrollo de la Guerra de la Independencia mexicana. Durante la década que separaba el Grito de Dolores (el inicio del conflicto, 1810) y el Abrazo de Acatempan (la reunión de todos los ejércitos para una causa común, 1821), habían pasado muchas cosas. Esta década (1811-1821) había estado marcada por constantes combates entre las tropas independentistas y las coloniales. Hasta que, a inicios de 1820, este paisaje de guerra permanente se congelaría totalmente. En aquel momento, llegarían noticias de que en la metrópoli había triunfado el pronunciamiento liberal del general Riego (1 de enero de 1820) y que España, hasta entonces gobernada con mano de hierro por el régimen absolutista de Fernando VII, había sido transformada en una monarquía constitucional.

Proclamación de la independencia de la Gran Colombia (1810). Fuente: Museo de Arte de Bogotá

El miedo de las oligarquías criollas a la pérdida de los privilegios de clase

Este hecho no era un tema menor para las oligarquías criollas del virreinato de Nueva España (el nombre hispánico de México) partidarias de la conservación del estatus colonial. Temieron que el nuevo régimen liberal español —inspirado en los principios revolucionarios franceses— acabara con los privilegios sociales, políticos económicos y culturales de las oligarquías coloniales (las clases militares y las jerarquías eclesiásticas). Y, en un tiempo récord (febrero, 1820–1821), gravitaron hacia el independentismo. La confirmación de este giro se escenificaría en Acatempan (a mil kilómetros al sur de Ciudad de México). En el Abrazo de Acatempan (10 de febrero de 1821) las clases criollas más colonialistas y reaccionarias y el independentismo histórico mexicano se conjuraron para un objetivo común: la independencia.

El "abrazo del oso"

Esto explica muchas cosas. Como, por ejemplo, que el nuevo ejército mexicano —resultado de aquel "abrazo del oso de Acatempan"— pasaba a ser dirigido por los antiguos colonialistas. Que los antiguos colonialistas se reservaban el control del aparato gubernativo del nuevo país —Plan de Iguala—. Y que el ejército liberador se llamaría "de las Tres Garantías" o "Trigarante"; porque defendía los tres principios fundamentales del régimen que debía dirigir el nuevo país: la religión (se mantenía el catolicismo como única confesión oficial y no se toleraba ninguna religión indígena), la independencia (México se constituía como una nación libre y soberana, totalmente separada de España y, sobre todo, de su nuevo régimen liberal) y la unidad (se buscaba la unidad y la fusión de todos sus habitantes, eliminando las identidades y las lenguas indígenas).

Proclamación de la independencia del Perú (1826). Fuente Museo del Arte de Lima

Un nacimiento viciado

Esta sucesión de pactos explican, también, que la nación independiente mexicana nacería viciada. Como la mayoría de los nuevos países resultantes de la descomposición —y nunca mejor dicho— del Imperio español. El caso mexicano resulta muy paradigmático para explicar el tránsito del poder hispánico al poder independiente en el conjunto de la América colonial. En todas las revoluciones de la América hispánica, el corpus social que lideraría aquellos procesos y que, una vez triunfaban, se atribuiría el monopolio absoluto del poder, sería el que ya ejercía el poder durante la etapa de dominación colonial: las clases criollas. Esto explica por qué la culminación del proceso de sustitución de las lenguas indígenas por el castellano se produciría después de las independencias.

La criolla rubia de San Diego

Y explica, también, el porqué de la histórica falta de empatía del poder hispanoamericano hacia las reivindicaciones nacionales catalanas. Y del conjunto de sus sociedades, adoctrinadas en la idea de la comunidad "hispanoamericana", fabricada a partir del exterminio de las lenguas y culturas indígenas. No se puede acabar esta pieza sin explicar una situación contemporánea que es muy ilustrativa. La explicaba Ramon J. Sender, escritor y profesor de la Universidad de San Diego (California). El profesor explicaba que en un debate de clase; una chica mexicana de piel blanca, cabello rubio y ojos claros; le espetó: "Ustedes, los europeos, son los culpables de la destrucción de nuestras culturas indígenas de América". Y el profesor la miró fijamente, guardó unos segundos de silencio, y le respondió: "No, nosotros solos, no... también ustedes, los criollos".

Primer gobierno de las Provincias Unidas de Río de la Plata (1810). Fuente Casa Rosada. Buenos Aires.