Queremos productos en catalán, que sobre todo sean hechos aquí, que nos lleguen a la puerta de casa al día siguiente (o en dos días, a lo sumo) y que, además, sean baratos. Espóiler: esta ecuación es imposible. La coherencia tiene un precio, y si queremos que la lengua también viva en el mercado, toca asumirlo. Hace unos días oí una queja que seguro que os es familiar: "22 euros por una agenda? Me parece carísima". ¿Carísima en comparación con qué? ¿Con los 40 euros que pagamos por dos comidas de comida china a domicilio? ¿Con los 12 euros de una copa en un bar de moda? ¿Con los 14 euros mensuales de Netflix o Spotify que pagamos sin pensar?
Esa agenda no solo es papel y tinta, es una cadena pequeña, frágil y llena de costes invisibles que nada tienen que ver con los de una multinacional
La cuestión es que, cuando hablamos de productos en catalán, es cuando nos volvemos más exigentes. Los pasamos por el filtro del precio, de la rapidez y de la comodidad. Pero cuando compramos en Amazon, en Zara o en Apple, no nos hacemos tantas preguntas. Y, si nos parece caro, simplemente no lo compramos, pero no enviamos un correo diciéndoles que nos parece caro. Unas zapatillas hechas en Bangladesh pueden costarnos 120 euros. El precio real de coste de estos zapatos seguramente es inferior a 5 euros. Un café de una franquicia internacional nos cuesta casi 4 euros -y lo tomamos cada día-, pero una agenda hecha en Banyoles por 22 euros nos parece un lujo y una estafa.
Consumir en catalán es un acto de coherencia, y la coherencia tiene un precio
Lo que no vemos es todo lo que hay detrás de ese producto local. Esa agenda no sólo es papel y tinta: hay una diseñadora que ha pensado cada detalle (no está hecha con una plantilla), un impresor que trabaja con tirajes pequeños (y, por tanto, más caros), comisiones digitales de las plataformas de venta, el IVA que se va directo al Estado los sobres y cartones para empaquetar y, sobre todo, las horas invertidas en preparar y enviar cada pedido. Es una cadena pequeña, frágil y llena de costes invisibles que nada tienen que ver con los de una multinacional capaz de fabricar millones de unidades en una fábrica lejana con sueldos miserables.
Y ahí está el punto clave: consumir en catalán es un acto de coherencia. Y la coherencia tiene un precio. Al igual que pagar un poco más por productos ecológicos, por ropa hecha con condiciones laborales dignas o por energía renovable. Todos estamos de acuerdo cuando hablamos, pero a la hora de pasar por caja nos coge la tentación del “más barato”. Si no somos capaces de asumir este pequeño esfuerzo, el catalán desaparecerá del escaparate. Y no porque la lengua no sea válida, sino porque el mercado acabará expulsándola. No habrá libros, agendas, juguetes, apps o juguetes en catalán, si nadie quiere pagarlos. Y esto no es sólo una cuestión de consumo: es una cuestión de futuro.
Señoras y señores, el mercado habla el mismo idioma que el bolsillo
Es muy fácil criticar los 22 euros de una agenda hecha aquí mientras nos gastamos 80 en una cena improvisada de fin de semana o 1.400 en un móvil que en dos años ya nos parecerá viejo. Ahora bien, después nos quejamos de que cuesta encontrar productos en catalán. Nos parece un drama que los juguetes lleguen solo en castellano, que la tecnología no tenga versión catalana y que nuestros hijos no tengan referentes en su lengua. Señoras y señores, el mercado habla el mismo idioma que el bolsillo.
Al final, la discusión no es económica, es de prioridades. Comprar en catalán no es un lujo, es una apuesta. Es garantizar que siga existiendo esta oferta. Es mantener viva la lengua más allá de la escuela y de los medios de comunicación. Es apostar para que nuestros hijos se acostumbren a ver el catalán también en las etiquetas, en los libros de texto, en las apps e incluso en los tickets de compra. Consumir en catalán no es un gasto extra: es una inversión en nosotros mismos. Y, como ocurre con todas las inversiones, pide paciencia, conciencia y un punto de renuncia. Pero al fin y al cabo, es la única manera de garantizar que el catalán siga siendo no solo una lengua de calle, sino también de mercado.