El 9 de marzo de 1966, hace cincuenta años, la policía interrumpía una asamblea del Sindicato Democráticos de Estudiantes de la Universidad de Barcelona que se celebraba en el convento de los Capuchinos de Sarrià. Los estudiantes optaron por encerrarse en el convento y el encierro, la Capuchinada, se convirtió en un acto emblemático de la oposición antifranquista. En el cincuentenario de aquellos hechos, se ha abierto un nuevo debate sobre la transición.

Los franquistas no se suicidaron

En ciertas ocasiones se ha querido vender la transición como un pacto de élites. Unos políticos reformistas procedentes del franquismo que negociaron con los representantes de las fuerzas sociales y que, conscientes de que su tiempo se acababa, renunciaron al poder y cedieron ante las demandas de los opositores. Suárez y Fraga habrían sido héroes capaces de captar hacia donde soplaba el viento y girar el rumbo de España. Esta lectura menosprecia completamente los movimientos ciudadanos y su protagonismo en la lucha antifranquista. En el 50 aniversario de la Capuchinada se reivindica el papel de la oposición al franquismo en el fin del régimen. "Fue un peldaño más en una larga lucha, con la que se consiguió que el franquismo no continuara después de la muerte de Franco", recuerda al historiador Miquel Izard.

Del sindicato a la convocatoria de la asamblea

En marzo de 1966 hacía más de un año que grupos de estudiantes organizaban un sindicato para oponerse al oficialista Sindicato de Estudiantes Universitarios (SEU). Constituyeron al Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB) a partir de la constitución de juntas de delegados en todas las facultades. Detrás de esta entidad estaba el Partido Socialista Unificado de Catalunya (PSUC) que había dado la consigna de ir haciéndose presente en todas las instituciones donde fuera posible (y de aquí, por ejemplo, la creación de las Comisiones Obreras). El SDEUB decidió preparar una asamblea fundacional para el día 9 de marzo, que fue convocada abiertamente, pero para evitar que la policía la abortara, ocultaron hasta el último momento el lugar del encuentro. Este no era otro que el convento de los capuchinos de Sarrià. Los miembros de la comunidad, a diferencia de otros grupos de religiosos, habían decidido acoger a la oposición al régimen.

"Nos encerraron"

La organización fue muy buena y la policía tuvo noticia del sitio del encuentro cuando ya se había iniciado el acto. Cuando la policía llegó al lugar, se concentraban ya más de 450 personas. Las fuerzas de seguridad los conminaron a abandonar el lugar, identificándose. Los estudiantes decidieron no salir si tenían que mostrar su documentación, para evitar represalias, y los capuchinos decidieron acogerlos, considerándolos como huéspedes del convento. "No nos encerramos, nos encerraron", comentaba después el filósofo Fernández Buey, una de las almas de los hechos. Los intelectuales presentes se solidarizaron con los estudiantes y se quedaron, també.

El encierro

La policía de inmediato rodeó el convento y sólo dejaba entrar y salir a los miembros de la comunidad capuchina. Los estudiantes rápidamente organizaron cursos, actividades y conferencias, aprovechando el alto número de intelectuales presentes. y aprobaron un manifiesto, muy adelantado, que había elaborado el filósofo Manuel Sacristán. Pero había problemas, ya que el convento no estaba preparado para acoger a tanta gente. No había camas, ni espacios para descansar. Incluso faltaba la comida. En buena parte los retenidos sobrevivieron gracias a los bocadillos que sus simpatizantes les lanzaban desde el Liceo Francés, colindante con el convento de los capuchinos. Pero el encierro generó una gran solidaridad: enseguida muchos periodistas extranjeros llegaron a Barcelona atraídos por la historia y divulgaron internacionalmente los hechos.

Obligados a salir

Los capuchinos, con la ayuda del obispado, intentaron mediar con las autoridades para que se permitiera la salida de los presentes sin identificarse. Pero las gestiones del padre Botam, superior de los capuchinos, no tuvieron éxito. El día 11, en un consejo de ministros, el mismo Franco ordenó que se evacuase de inmediato el convento y que se reprimiera a los asistentes. La policía intervino de inmediato e identificó a todos los asistentes (a excepción de las mujeres, una minoría). Eso suponía una vulneración del Concordato firmado con el Vaticano en 1953, y que establecía que la policía no podía actuar en centros católicos sin la preceptiva autorización eclesiástica.

Represión severa

De inmediato se empezó a represaliar a los asistentes. Muchos de los presentes recibieron fuertes multas. Algunos estudiantes fueron expulsados de la universidad. El SDEUB fue prohibido. Y muchos profesores que habían participado en el encierro o se habían solidarizado con los encerrados fueron expulsados de la universidad. Algunos incluso fueron juzgados por el Tribunal de Orden Público. Pero las detenciones y los procesos generaron una oleada de solidaridad. En París se organizó una subasta de obras de arte, cedidas por destacados artistas, con la que se consiguió reunir los más de dos millones de pesetas exigidos por los tribunales. Incluso sobró dinero.

La reacción

La detención y persecución de centenares de personas despertó una oleada de solidaridad. Por primera vez, después de la guerra civil, comunistas, socialistas, nacionalistas y democristianos se reunieron para ayudar a los detenidos. Se creó la Taula Rodona de Forces Polítiques, que ayudó a crear contactos entre las fuerzas de oposición y a articular una respuesta común al régimen. Eso sería la base para la creación, en 1971, de la Assemblea de Catalunya, una de las plataformas más eficaces de lucha contra el franquismo. Y mientras tanto el SEU perdería definitivamente su hegemonía en la universidad: las facultades acabarían convirtiéndose en uno de los feudos de la oposición al régimen.

Estaban todos

Entre los estudiantes asistentes había algunos que posteriormente destacarían en el mundo de la política, de las artes... Con perfiles bien diferentes: desde Montserrat Roig hasta el conseller Mas-Collell. Entre los profesores presentes había los futuros políticos socialistas Raimon Obiols y Ernest Lluch, el futuro editor Xavier Folch, los historiadores Miquel Izard y Antoni Jutglar, el político comunista Jordi Solé Tura, el geógrafo José María Vidal Villa y, sobre todo, el filósofo Manuel Sacristán, alma del manifiesto y de todo el encuentro. Entre los invitados había intelectuales de primera línea: Antoni Tàpies, Salvador Espriu, Maria Aurèlia Capmany, José Agustín Goytisolo, Agustín García Calvo, Jordi Rubió i Balaguer... E incluso siete periodistas, entre los cuales Lluís Permanyer y Josep Maria Cadena.

Miquel Izard, un testigo

Miquel Izard en 1966 trabajaba en la Universidad de Barcelona como profesor no numerario (la categoría más baja del profesorado). Pertenecía al PSUC y su célula decidió enviar a un representante a la asamblea: le tocó a él a las suertes. Al recordar los hechos, destaca la gran organización de los estudiantes. Él sufrió duramente las consecuencias de la represión: fue expulsado de la universidad y recibió una multa durísima (que fue pagada con los fondos de la subasta). Muchos de sus compañeros atravesaron gravísimos problemas, personales y económicos, por las expulsiones. Su caso es especial: "A mí, me hicieron el favor de mi vida. Me fui a Venezuela, me volví americanista y empecé a pensar el mundo de otra manera".

El 95% de los que éramos allí soñábamos en una democracia igualitaria, y eso no lo hemos conseguido

 

Izard, victoria parcial

Miquel Izard destaca que la Caputxinada fue un éxito porque ayudó decisivamente en la lucha contra el franquismo, aunque cree que no hay paralelismos con el proceso soberanista; aclara que "la mayoría de los que estábamos en los capuchinos no soñábamos en una Cataluña separada sino en una España más libre". A pesar de todo, no se muestra completamente satisfecho, cree que "El 95% de los que estábamos allí soñábamos en una democracia igualitaria, y eso no lo hemos conseguido". Cree que el franquismo, no se ha acabado, sino que los pactos de la transición, quizás inevitables, hicieron que el franquismo sobreviviera por vía parlamentaria (y pone el ejemplo de los titiriteros recientemente detenidos o la incapacidad del gobierno de Rajoy para acabar con el problema vasco). Va más allá: "El problema no son los cuarenta años de franquismo, sino los 500 años desde los Reyes Católicos... Hay que replantear el papel de la iglesia, de los militares, de la oligarquía..."

La reforma universitaria pendiente

En un repaso al manifiesto de la Capuchnada se muestra bien crítico con la evolución de la universidad. Hace poco tiempo que se jubiló, pero se muestra disgustado por los rumbos que toma la universidad española. El manifiesto denunciaba la precariedad de los profesores, pero en los últimos años la precariedad ha crecido todavía más. El manifiesto criticaba la formación tecnocrática, pero el Plan de Bolonia no hace sino reforzar la enseñanza tecnocrática. Y en 1966 se reclamaba una universidad que no excluyera por motivos económicos, pero cada vez los estudios son más caro y hay mucha gente que no puede acceder a ellos...