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El doctor en Historia por la Universitat de Barcelona y técnico del Observatori Europeu de Memòries de la Fundació Solidaritat de la UB, Ricard Conesa, es el autor del libro La ciutat que recorda. Memòries de guerra i dictadura a l'espai públic de Barcelona (Icaria Editorial - Ajuntament de Barcelona), una obra donde plantea la relación de la ciudad con la memoria histórica a partir de la evolución que han tenido en la ciudad los monumentos franquistas —monumento a los Caídos en la Diagonal o a José Antonio en la avenida Tarradellas— y los antifranquistas —Fossar de la Pedrera o estatua de la República—, y qué significación histórica han tenido en una Barcelona que todavía ahora “tiene muchos debates abiertos”, como el futuro de espacios como “la prisión Model, la Jefatura de Via Laietana o la prisión de la Trinitat”.

Señor Conesa, usted define este libro como una “historia social de las acciones que se llevaron a cabo para recordar la Guerra Civil y la lucha antifascista en el espacio público de Barcelona”. Si tuviera que poner una nota del cero al diez de las políticas de memoria sobre estos hechos históricos en Barcelona, ¿qué nota le pondría y por qué? 
Depende del momento. En mi libro trato sobre todo los años setenta, ochenta, noventa, que es una coyuntura muy diferente de la que vivimos ahora, donde hay más consenso sobre que las políticas de memoria democrática se tienen que llevar a cabo, y en aquellos años no estaba tan claro, pero es cuando se percibe más la lucha de movimientos sociales para conseguir que se lleven a cabo. En aquellos momentos se tendría que poner una calificación diferente de la que podemos poner ahora. Ahora podemos ser más críticos, tenemos más conciencia, sabemos qué se está haciendo en otros países, sabemos qué es lo que nos pide la sociedad y también podemos evaluar qué están haciendo las administraciones públicas.

En el libro se habla de memoria histórica, se habla de la monumentalización de la memoria, se hace un repaso de los monumentos dedicados al franquismo, al proceso por el cual los retiraron y también se habla de los monumentos de memoria antifranquistas. Además, plantea el siguiente debate: ¿Los monumentos son en sí historia o solo son una manera de recordar la historia? 
Yo entiendo que los monumentos no son por sí mismos historia. Los monumentos son una marca en el espacio público hecha en un momento determinado, impulsada por un colectivo determinado y con el apoyo de una administración que quiere que se recuerde a una persona o un mensaje en concreto. Por ejemplo, los monumentos franquistas de la Victoria y los Caídos. La historia es algo diferente. La historia es la narrativa que hacemos los historiadores y las historiadoras buscando la veracidad de lo que pasó. Y nos ceñimos a unas fuentes, con una documentación, archivos, e intentamos escribir ese relato. Son dos cosas diferentes. Una cosa es recordar, conmemorar, que tiene un objetivo concreto, y la otra es la historia, que es la construcción de ese relato sobre lo que pasó en el pasado.

 

El libro habla de algunos monumentos al franquismo que había en Barcelona, que hoy en día ya no existen y casi no se recuerdan, como el monumento de los Caídos que había en la Diagonal, el monumento a José Antonio que había en la avenida Tarradellas... ¿Se ha tardado mucho o se ha tardado poco en quitarlos? ¿Se debería haber hecho algún tipo de recordatorio, reinterpretación o resignificación de estos monumentos?
Es un debate recurrente y no solo en España y en Catalunya, también en otros países en los que se está discutiendo el legado sobre qué hacer con estos testimonios patrimoniales de dictaduras anteriores. Se ha polarizado mucho la cuestión de: lo quitamos o lo resignificamos. No es tanto el debate que se debería llevar a cabo porque las dos opciones tanto pueden ser buenas como malas. Quizás quitarla es una buena opción porque la mayoría de la ciudadanía lo quiere, pero también puede ser una mala opción porque se hace un borrado de qué había o se hacía en aquel espacio. Hasta cierto punto se podría decir que se está blanqueando todo lo que había pasado allí. Y, por otro lado, la resignificación se ha convertido en una palabra que puede englobar una variedad muy grande de acciones, desde poner solo un cartelito a hacer verdaderamente una intervención que dé la vuelta al significado que tuvo y que convierta este espacio en un espacio de reflexión sobre el pasado. No creo que el debate deba ser tanto sobre resignificación sí, resignificación no, o quitar el monumento sí o quitar el monumento no, sino cómo englobamos la intervención que queremos hacer. Es decir, ¿tenemos una política de memoria con la que se pueda contextualizar esta intervención? ¿Qué es lo que pretendemos hacer? Si quitamos el monumento, ¿qué haremos allí? Si lo resignificamos, ¿qué haremos allí? ¿Qué elementos más podemos dar a la ciudadanía para pensar críticamente en el pasado y en todo lo que sucedió en aquel espacio? Este debería ser el elemento fundamental de la discusión.

Quitar un monumento puede ser una buena opción porque la mayoría de la ciudadanía lo quiere, pero también puede ser una mala opción porque se hace un borrado de qué había o se hacía en aquel espacio"

Pero esto no ocurre. Por ejemplo, en el monumento a los caídos de la Diagonal, ahora hay unos jardincitos que en cierto modo recuerdan la forma de la columnata, pero no hay ninguna señal. ¿Es correcto esto o se debería hacer algo más?
Creo que se debería haber hecho algo más. Ese monumento concreto testimonializa en el franquismo la adhesión de los sectores pudientes de Barcelona hacia la dictadura. Esos monumentos son un testimonio y es interesante ver cómo se produce esta adhesión de cierta parte de la población a los sistemas dictatoriales. Por otro lado, ese monumento será un objeto constante de ataques por la oposición antifranquista y después también de acciones populares, por ejemplo, en el año 2002 por la celebración del Día de las Fuerzas Armadas, que es cuando al final se tira al suelo. Lo que se hizo finalmente fue quitarlo y ya no hay nada que explique qué era aquel espacio, qué significaba ni todas las acciones antifranquistas y populares que hubo para tirarlo al suelo. 

En una de las paredes de la catedral de Barcelona todavía se puede ver, al menos intuir, un mural que dice: “José Antonio, presente”. ¿Qué se debe hacer con esas letras?
Este caso también podría ayudar a explicar la adhesión a la dictadura y lo que pasaba los veinte de noviembre. Durante la dictadura era el día en que se hacían estos actos de adhesión y de culto al gran ausente que era José Antonio y en las fachadas de las iglesias se escribían los nombres de los caídos para establecer una especie de deber de memoria. La población durante el franquismo debía sentir que debía algo a aquellos que habían muerto en la guerra y que debían obedecer la dictadura. Esta cosmología simbólica que se establece durante el franquismo creo que ayuda a entender qué es lo que pasó. En el caso de este espacio, una cosa es lo que opinamos los historiadores y la otra cosa es que creo que enfrentarnos con estos tipos de materiales merece interdisciplinariedad. No solo somos los historiadores los que nos tenemos que enfrentar al pasado, sino también desde las bellas artes, desde la arquitectura, jugar con otros lenguajes que ayuden a contestar y a darle la vuelta a este tipo de legados.

Foto: Carlos Baglietto

¿Corremos el riesgo, que quizás es muy de la cultura de la transición, de olvidar las cosas?
Este es el peligro al que a veces nos enfrentamos cuando se hace algún tipo de eliminación de alguno de estos símbolos franquistas sin ir más allá de eso. 

En el libro habla de dos temas relacionados; uno es la memoria fascista y el otro la antifascista, y explica ampliamente el proceso constitutivo del Memorial del Fossar de la Pedrera. ¿El Fossar de la Pedrera es el mejor memorial antifascista que podía tener Barcelona?
Tampoco sé si es el mejor memorial, pero es el que tenemos y, en todo caso, lo que más importancia he dado en mi estudio es a documentar cómo hay todo un movimiento asociativo desde los años setenta para que se dignifique este espacio, sobre todo gracias al movimiento asociativo. Pero, ¿cómo se transforma un espacio de estas características en un memorial? ¿Cómo se transmite el recuerdo de las víctimas del franquismo en un espacio y cómo se transmite la lucha antifranquista o la lucha antifascista en un espacio memorial? Son debates que todavía son actuales y es interesante ver o documentar cómo se produce esta patrimonialización del Fossar de la Pedrera convirtiéndolo en un memorial. Se cierra el duelo, pero empiezan a salir otros conflictos de memoria: el tema de los nombres, el tema de quién se conmemora, cómo se gestiona un espacio de estas características. Documentar todos estos conflictos, todos estos debates que surgen y que todavía hoy están ahí, nos da herramientas a la hora de valorar qué es un memorial o cómo se debe hacer un memorial.

Hay toda una red de asociaciones que surgen una vez muerto el dictador que tienen una memoria totalmente antifascista y antifranquista que choca con el relato de la reconciliación nacional"

La memoria del franquismo la sustenta el propio régimen. En cambio, ¿la memoria antifranquista no la sustenta el régimen democrático, sino el asociacionismo civil?
En cierto modo, sí. Intento comentar el papel de todas estas asociaciones que nacen una vez muerto el dictador: la Lliga de Mutilats, Amical de Mauthausen, Associació Catalana d'Ex-presos Políticos, Associació Pro Memorial als Immolats, Amical dels Antics Guerrillers de Catalunya. Hay toda una red de asociaciones que surgen una vez muerto el dictador, y alguna antes, que tienen una memoria totalmente antifascista y antifranquista que choca con el relato de la reconciliación nacional, que es un relato que intenta pasar página.

Foto: Carlos Baglietto

Casi a noventa años del inicio de la Guerra Civil, ¿qué futuro tiene el asociacionismo que ha llevado a cabo todas estas obras de memoria histórica?
Este asociacionismo que nació en los años setenta sufrió ya una fuerte crisis en los años noventa por cuestiones de vida y porque desde la administración no se ayudaba. Algunas de ellas desaparecieron, como la Lliga de Mutilats o la Amical dels Antics Guerrillers. Pero después hay un cambio de coyuntura a partir de los años 2000, que es cuando entramos en un periodo donde el movimiento por la recuperación de la memoria histórica entra de lleno en la agenda política y de los medios de comunicación. Y aquí ya se crean nuevas asociaciones y hay un incremento de estas asociaciones, que no son personas que lucharon durante la Guerra Civil o incluso ni en el franquismo, pero que se sienten vinculadas a este relato antifranquista y antifascista. Ahora hay una revitalización de estas asociaciones. Solo hay que ir a la Model para ver todos los actos que se llevan a cabo. Auguro que este movimiento asociativo tiene todavía una larga vida.

En el libro explica todo el proceso del monumento del Cinc d'Oros: la estatua de la República la ponen, la quitan, la cambian, se recupera y se lleva a Nou Barris, a la plaza Llucmajor, ahora plaza de la República. Pero, aun así, ¿corremos el riesgo de que los monumentos queden vacíos de contenido? No todo el mundo sabe la historia de la estatua ni qué representa. Para muchos, simplemente, es una estatua en medio de una plaza...
Este riesgo lo sufren todas las estatuas. Es un riesgo que cualquier monumento tiene. La vida cotidiana de una ciudad se come cualquier significado que se le quiera dar en un momento determinado a un espacio. Y lo único que puede mantenerlo vivo son las acciones que hace la sociedad civil o las administraciones. El hecho de que un espacio sea de memoria es porque hay un diálogo entre asociaciones que le dan un significado, se reúnen, hacen acciones en aquel espacio y porque también las administraciones públicas celebran sus conmemoraciones o hacen actos. Si todo esto desapareciera, pues como muchos monumentos o nombres de calle, pasaríamos por el lado y no sabríamos muy bien qué representan. Y esto es un poco también una denuncia que había cuando se puso la estatua de la República de Viladomat en Llucmajor, que estaba descontextualizada. No se entendía muy bien qué era aquella estatua en aquel espacio, pero se recuperaron mediante las acciones de las asociaciones que le dieron un significado republicano a todo aquel espacio. Ahora se llama plaza de la República... toda esta vida que se le da desde la sociedad hace que aquellos espacios tengan un significado concreto. Si no hubiera esta vida, estos espacios quedarían desapercibidos.

 

¿Se consiguió aquella idea de Oriol Bohigas de monumentalizar la periferia? La plaza de la República, el Fossar de la Pedrera, el monumento a David i Goliat... ¿Hemos conseguido que se visualicen estos monumentos aunque estén en la periferia?
La política de Oriol Bohigas de monumentalizar la periferia se determinó durante los años ochenta y causó que los grandes referentes republicanos ya no estuvieran en el centro del núcleo de la ciudad, sino que estuvieran más dispersos. Esto ha hecho que, por ejemplo, con el monumento de la República, se haya dado una nueva vida a aquel espacio. El vecindario del barrio se apropió de aquella estatua. Cuando en el año 2000 salían los debates de devolver la estatua a la actual plaza del Cinc d'Oros, los vecinos de allí dijeron: “No, no, no, es nuestra estatua, nosotros nos la quedamos”. Y esto también da una visión de una ciudad viva.

¿Barcelona tiene alguna deuda pendiente? ¿Falta todavía algún proyecto claro de recuperación de la memoria, monumentalización de la memoria?
En Barcelona hay muchos debates abiertos y los habrá cada vez, porque la memoria es un lenguaje y es un conflicto constante, porque se basa en revisar el pasado y lo revisamos cada día. Hay muchos melones abiertos en Barcelona. Desde la Model, donde la cuarta galería será un nuevo centro de interpretación dedicado a la memoria. Pero evidentemente tenemos otros espacios como la Jefatura de Via Laietana, que es una herida sangrante, tanto para las asociaciones como para la ciudadanía. También está el debate sobre qué se debe hacer con la prisión de la Trinitat, la prisión de mujeres de la Trinitat. Se están poniendo ahora mismo nuevas herramientas como el Consell Assessor sobre el Fossar de la Pedrera, para fijar los criterios para actuar en espacios de este tipo. También está la cuestión del funcionamiento de las mesas de memoria del distrito o cómo las asociaciones de vecinos participan de una política pública. Hay diversos debates alrededor de las políticas públicas y es importante que estén. Y creo que también el Ayuntamiento debe saber responderles.

 

Puig Antich tiene un memorial en Roquetes, que es periferia monumentalizada. ¿Es una política errónea llevar estas cosas tan lejos del centro de Barcelona?
Puig Antich debería tener también su espacio en la Model. Allí se hacen actividades anualmente cuando llega la fecha de su ejecución. Pero más allá de marcar estos espacios, debe haber también una política educativa en los currículos escolares, etcétera, sobre lo que supuso también la ejecución de Puig Antich y todas las movilizaciones que hubo en este periodo final de la dictadura.

Foto: Carlos Baglietto

Puig Antich tiene un recordatorio que es aquella mancha de pintura en una de las facultades de la Zona Universitària en protesta por la ejecución. Si alguna vez quieren repintar aquello, ¿qué debemos hacer?
Sería un gran error, porque es un testimonio de la denuncia de la barbarie que supuso la ejecución de Puig Antich. Estos espacios, si se documentan bien, si se explican, porque entiendo que la mayoría de los ciudadanos no saben qué es aquello... Entonces habría una voluntad más contundente a la hora de preservar estos espacios. Y no solo preservar para conservar y ya está, sino darle vueltas: ¿Cómo denunciarías tú ahora mismo la ejecución de una persona? No solo pensar en el pasado, sino de qué forma nos ayudan a pensar lo que está pasando ahora mismo. 

Y en esta misma línea, la estatua ecuestre de Franco, ya bastante dañada, ¿debe estar en un almacén o debería estar en un museo?
Yo creo que no debería estar en un almacén como está ahora. Debería estar, por ejemplo, en el nuevo Centre d'Interpretació del Castell de Montjuïc. Que se explique esta estatua, cuál es la política memorial del franquismo, por qué había una estatua ecuestre en el castillo de Montjuïc, qué es lo que pasó con esta estatua. Cómo testimonializa las luchas de los insumisos en los años ochenta que entraban en el castillo para tirarle pintura. Cómo hubo diferentes acciones que reclamaban que fuera retirada. No fue hasta el año 2008 que se llevó a un almacén y allí su cabeza desapareció. La intención de debatir sobre los monumentos franquistas en el espacio público, que era la intención que había tras la exposición que se hizo en el Born, desde mi punto de vista fue un acierto. Creo que este diálogo que se abrió con la ciudadanía fue muy enriquecedor a la hora de poder documentar qué es lo que estaba pasando. Estos símbolos franquistas tienen una vida fantasmagórica después de su muerte, y es importante poder documentarlas porque también es un reflejo de toda esta lucha de acciones populares y sociales que hay a su alrededor.