Todos somos estos días de Ceuta. Os lo demostraré. Con la llegada masiva de chicos nadando de un lado al otro del "espigón frontera", en Ceuta se han revivido escenas que desde hace ya unos cuantos años forman parte de los veranos mediterráneos: la presencia de "turistas no deseados" —perdonad el eufemismo— en las playas de los Estados europeos. Más o menos, cerca de 300.000 al año. Tres hechos anormales me han llamado la atención: la abierta inacción de la policía de fronteras de Marruecos, el poco sentido común de la sentencia del Supremo no dejando aplicar el retorno en caliente de los que llegan nadando, y el hecho de que los chicos que han cruzado la frontera nadando duplicaran prácticamente la población ceutí. Dejo para el final un cuarto y un quinto hechos que ya hemos normalizado y están siempre presentes: las dramáticas muertes en el intento de venir a Europa por mar, y la existencia de mafias organizadas que operan casi sin límites.

Convendréis conmigo en que hemos dejado de lado el problema de la llegada descontrolada de la inmigración. Y más nos vale poner orden, o el orden lo pondrán ellos. Cuando digo poner orden a la inmigración, no me refiero a fomentar los discursos xenófobos ni los "buenistas", que para mí tienen el mismo resultado: bla, bla, bla. Hablo de aceptar el hecho histórico de las migraciones y darles cabida de la mejor manera posible en nuestra sociedad del bienestar europea, forjada durante los últimos ochenta años y después de unas guerras mundiales suicidas.

El primer hecho anormal en Ceuta es la pasividad del país vecino. Esto pasa y pasará. Pero nuestra frontera real no son los países vecinos. Es la pobreza de los Estados de donde viene la inmigración. Sin entrar en las razones que han llevado a Marruecos a actuar, o más bien dicho, a dejar de hacerlo, la primera evidencia es que solo con la lucha contra la pobreza en los países de origen empezaremos a mitigar el problema. No hay ningún plan coordinado que no sea voluntarios sin fronteras u organismos poco eficientes. La lucha contra la pobreza en los países de origen de la inmigración debe ser tan importante en la agenda europea como la lucha contra el cambio climático. Ya podemos ir mitigando emisiones de CO₂ si no sabemos cuántos seremos dentro de veinte años ni de dónde seremos.

El segundo hecho anormal son las sentencias judiciales con poco sentido de la realidad. Demasiado a menudo los tribunales deben hacer frente a decisiones que no les correspondería si las leyes estuvieran bien hechas. Porque no olvidemos que los tribunales solo hacen las interpretaciones. Los podemos criticar, pero quizás tengamos que revisar cómo legislamos, si acabamos dejando la posibilidad de que sentencias —seguramente ajustadas a derecho— sean tan irracionales como la que hace que haya una diferencia entre llegar nadando o en patera.

Hemos dejado de lado el problema de la llegada descontrolada de la inmigración. Y más nos vale poner orden, o el orden lo pondrán ellos

El tercer hecho anormal es que vivimos —día tras día, año tras año— el aumento de la inmigración ilegal, y la conversión en guetos de barrios, pueblos y ciudades enteras sin actuar. Si los integramos, debemos hacerlo de la mejor manera posible. Porque los necesitamos. Tenemos que convertirlos en inmigrantes legales, futuros y actuales ciudadanos, catalanes por ley y vocación de país. Son ellos quienes mayoritariamente —entre muchos otros trabajos— trabajan en nuestras fábricas, recogen nuestras frutas, abren nuestros comercios, cuidan a nuestros abuelos y curan a nuestros enfermos. En Ceuta los hemos visto entrar y salir en un día. Escalofriante, aunque al final solo se queden unos pocos. En un día han casi doblado la población. Pero en Catalunya en veinte años han hecho aumentar la población en casi un 40%. Y estos no se marcharán, afortunadamente.

Acabo con los hechos que normalizamos. El cuarto hecho normalizado y el más temible son las muertes en los itinerarios. En Ceuta, "solo" unos sesenta de 50.000. En un día han muerto más chicos en Ceuta que en todos los incendios del año en España. Han muerto ilegalmente. Pero han muerto. Algunos datos apuntan a 8.000 al año, del millón que entran ilegalmente en Europa. Imposible de aceptar.

Y, finalmente, el quinto hecho, también completamente normalizado: las mafias que acompañan buena parte de la inmigración ilegal. Lo vemos estos días con el aumento de la delincuencia homicida en nuestras ciudades. Pero también lo podemos ver por la calle, con carros de la compra buscando metal en la basura. O en algunos de los asentamientos de ocupaciones ilegales. Perdidos en legalidades en teoría protectoras del débil, pero que acaban desarmando a nuestros agentes del orden público, las mafias son una lacra ancestral que podemos y debemos combatir antes de que se extiendan.

Juzgad, pues, vosotros mismos si somos todos, o no, un poco Ceuta. O mucho.