La renuncia al poder: por qué liderar ya no seduce a la juventud
- Edgar González
- Barcelona. Sábado, 11 de abril de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Durante décadas, ser jefe era sinónimo de éxito. Representaba ascenso, reconocimiento y, sobre todo, poder. Era el destino natural de cualquier trayectoria profesional con ambición. El objetivo era claro: crecer, dirigir, decidir. Hoy, sin embargo, este relato empieza a resquebrajarse. Cada vez más jóvenes no solo no aspiran a liderar, sino que activamente lo evitan.
Los datos lo confirman. Diversos estudios recientes indican que cerca del 70 % de la generación Z prefiere no ocupar cargos de responsabilidad, principalmente porque los perciben como demasiado estresantes y poco gratificantes. Un informe de Deloitte durante el período 2024-2025 realizado a más de 23.000 jóvenes en 44 países hacía referencia al hecho de que los jóvenes priorizan el bienestar, el propósito y el equilibrio ante el ascenso jerárquico. No es una tendencia anecdótica, sino un cambio de fondo que interpela directamente a las organizaciones. El liderazgo ha dejado de ser aspiracional para convertirse, en muchos casos, en una carga difícil de justificar.
La primera clave es el coste real de liderar. Durante años, las empresas han construido un relato idealizado del jefe: capacidad de decisión, influencia, impacto. Pero la realidad cotidiana es mucho más compleja. Liderar implica más horas, más presión, más responsabilidad emocional y una exposición constante. Muchos jóvenes han crecido observando mandos intermedios agotados, atrapados entre la dirección y los equipos, con poco margen real de decisión. Figuras que tienen que responder por todo, pero que a menudo no pueden cambiar casi nada. El mensaje que reciben es claro: liderar no compensa.
La segunda clave es cultural. La juventud actual no rechaza el liderazgo en sí mismo, sino la manera como se ha entendido tradicionalmente. No quieren jefes que controlen, sino referentes que acompañen. Prefieren entornos colaborativos, estructuras más planas y relaciones basadas en la confianza. Esto desplaza el foco del poder formal hacia la influencia real. Liderar ya no es mandar, sino generar contexto, facilitar, escuchar y dar sentido. En este nuevo marco, muchas posiciones directivas tradicionales pierden atractivo porque están basadas en modelos jerárquicos que ya no encajan.
El liderazgo ha dejado de ser aspiracional para convertirse, en muchos casos, en una carga difícil de justificar
También hay un factor de desconfianza. Las nuevas generaciones han crecido en medio de crisis económicas, precariedad laboral y promesas de meritocracia que a menudo no se han cumplido. Han visto cómo el esfuerzo no siempre garantiza estabilidad ni progreso. En este contexto, aspirar a posiciones de poder pierde parte de su atractivo simbólico. Si el premio es incierto y el coste es alto, la decisión racional es no entrar en este juego.
A todo esto se suma un cambio profundo en las prioridades vitales. Por primera vez, una generación pone de manera clara el bienestar emocional y el equilibrio personal por delante del estatus profesional. El trabajo deja de ser el centro de la identidad para convertirse en una parte más de la vida. Liderar, tal como está configurado hoy en muchas organizaciones, a menudo entra en conflicto directo con estos valores. No es que los jóvenes no quieran responsabilidad; es que no quieren asumirla a cualquier precio ni a costa de su salud mental.
Este fenómeno plantea un reto de gran alcance para las empresas. Si el liderazgo deja de ser un objetivo deseado, ¿quién asumirá los roles clave en el futuro? Y, sobre todo, ¿con qué modelo? Insistir en los esquemas tradicionales puede generar un vacío difícil de llenar.
El verdadero problema es que el poder, tal como lo hemos construido hasta ahora, ha dejado de ser deseable. Y eso obliga a cambiarlo
Quizás la respuesta no implica convencer a los jóvenes de que vuelvan a querer ser jefes, sino repensar qué significa liderar. Es necesario transitar de un modelo basado en el control a otro basado en la confianza. Reducir la burocracia, repartir mejor la responsabilidad, profesionalizar el liderazgo y reconocer de manera más justa —también económicamente— el impacto de dirigir equipos. Pero, sobre todo, es necesario redefinir el sentido del poder dentro de las organizaciones.
Porque, en el fondo, el problema no es que la juventud haya renunciado al poder. El verdadero problema es que el poder, tal como lo hemos construido hasta ahora, ha dejado de ser deseable. Y eso obliga a cambiarlo.