No sé si los mercados municipales desaparecerán algún día. Me gustaría pensar que no. Lo que sí es evidente es que, casi sin darnos cuenta, hemos ido cambiando nuestros hábitos hasta el punto de que el mercado ha dejado de ser el centro de la compra cotidiana. No ha sido una decisión consciente ni una renuncia deliberada. Ha sido una transformación lenta, silenciosa y extraordinariamente eficaz. Sin que nadie nos obligara, hemos sustituido una forma de comprar, la de toda la vida, la que hacía barrio y comunidad, por otra que responde mucho mejor al ritmo acelerado de la sociedad actual.

Los datos así lo corroboran. Según el estudio Consumo alimentario en los hogares de Catalunya 2025, elaborado por el Departamento de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación de la Generalitat de Catalunya, los supermercados concentran cerca de la mitad del gasto alimentario de los hogares catalanes, mientras que los mercados municipales y el comercio especializado continúan perdiendo peso año tras año. No es una tendencia circunstancial, sino el reflejo de un cambio profundo en la forma en que organizamos nuestro tiempo, consumimos y entendemos la cotidianidad.

Mi infancia huele a mercado. A fruta recién cosechada, a pescado de lonja, a café de los bares de alrededor y a aquel entrañable bullicio entre los puestos cada sábado por la mañana. De pequeña, acompañaba a mi madre al mercado con aquel carro de la compra de tela de cuadros que parecía inseparable de toda una generación. Comprábamos unas manzanas de Girona dulces como la miel, aquel tomate Cor de Bou que nunca he vuelto a encontrar igual, una culata de ternera para el fricandó del domingo, la merluza y los boquerones, una libra de judía del ganxet y, de vez en cuando, algún menudo. No se trataba tan solo de llenar el carro. Mi madre se sentía decir, una y otra vez, "¡Buenos días, reina!", allí donde se detenía. Y hoy me doy cuenta de que aquel "¿Qué te pongo hoy, guapa?" también formaba parte de lo que nos llevábamos a casa.

Sería injusto idealizar aquel modelo e ignorar las ventajas que han aportado los supermercados y, más recientemente, la compra por internet. Han democratizado el acceso a una oferta mucho más amplia, han ampliado los horarios, han simplificado la logística familiar y han convertido la compra en una gestión, en un proceso más ágil y eficiente. Cuando el tiempo es un recurso cada vez más escaso, es perfectamente comprensible que muchas familias primen la comodidad por encima de cualquier otro aspecto.

Hoy me doy cuenta de que aquel "¿Qué te pongo hoy, guapa?" también formaba parte de lo que nos llevábamos a casa

De hecho, el éxito de los supermercados no es fruto de la casualidad. Han sabido interpretar mejor que nadie qué pide el consumidor actual: rapidez, amplitud de oferta, flexibilidad horaria, precios competitivos, promociones constantes y la posibilidad de hacer toda la compra en un único establecimiento o, incluso, con un solo clic y sin salir de casa. Además, detrás de ellos hay potentes estructuras empresariales que sustentan su competitividad en la optimización de la cadena de suministro, las economías de escala, la automatización logística y la inversión constante en tecnología y análisis de datos. Los mercados municipales difícilmente pueden competir en este terreno.

Pero esta transformación no solo ha cambiado dónde compramos. También ha modificado la manera como nos relacionamos con los alimentos, con el comercio de proximidad y, en definitiva, con las personas que nos rodean. Comprar ha dejado de ser una actividad integrada en la vida cotidiana para convertirse en una tarea más de la lista de obligaciones. Y cuando el tiempo escasea, la eficiencia acaba imponiéndose sobre casi cualquier otra prioridad.

Esto explica por qué los mercados municipales continúan ofreciendo un producto excelente y, a pesar de todo, pierden protagonismo. No compiten en igualdad de condiciones. La batalla ya no se libra sobre la calidad del tomate o la frescura del pescado, sino sobre el tiempo que estamos dispuestos a dedicar a comprarlos. Y, en esta competición, el pequeño comercio juega con unas reglas que no ha fijado él.

A esta realidad se añade otro factor todavía más preocupante: el relevo generacional. Muchos puestos cierran porque no hay nadie dispuesto a hacerse cargo del negocio familiar. Abrir un puesto conlleva jornadas muy largas, una dedicación casi absoluta, una elevada exigencia física y una rentabilidad que a menudo no compensa el sacrificio. Las nuevas generaciones han crecido con otras expectativas profesionales y personales, y es perfectamente legítimo que busquen una mejor conciliación. Sin relevo, los mercados no solo pierden comerciantes; también pierden conocimiento, oficio y una manera de entender el comercio construida a lo largo de décadas.

La batalla ya no se libra sobre la calidad del tomate o la frescura del pescado, sino sobre el tiempo que estamos dispuestos a dedicar a comprarlos

Ahora bien, también sería demasiado fácil responsabilizar exclusivamente a los consumidores. Las administraciones públicas, los gestores de los mercados y el propio sector deben afrontar una reflexión profunda sobre qué papel deben jugar estos equipamientos durante las próximas décadas. Adaptar horarios, incorporar herramientas digitales, facilitar el relevo generacional, modernizar instalaciones y convertir los mercados en espacios aún más atractivos no significa renunciar a su esencia. Significa darles opciones reales de seguir siendo útiles en una sociedad que ha cambiado profundamente.

No se trata en ningún caso de enfrentar mercados y supermercados, porque ambos responden a necesidades reales y probablemente seguirán conviviendo durante muchos años. Se trata de entender que no todos los beneficios de un modelo de consumo se pueden medir en minutos ahorrados o en el número de productos disponibles en una misma estantería. Hay un valor social, cultural y humano que no aparece en ningún tique de compra ni en ningún estudio de mercado.

También hay otra cuestión que a menudo pasa desapercibida. Cuando desaparece un puesto, no solo se pierde un comercio. Se debilita un ecosistema económico formado por pequeños productores, agricultores, ganaderos y pescadores que han encontrado históricamente en los mercados una vía directa para acceder al consumidor. Mantener vivo este modelo también significa preservar la diversidad económica, el arraigo territorial y una manera más cercana de entender nuestra alimentación.

Quizás la pregunta no es si los mercados municipales pueden rivalizar con los supermercados, sino si nosotros todavía estamos dispuestos a reservar un espacio para un modelo de comercio que nos ofrece algo más que alimentos. Porque cuando un puesto baja la persiana, no solo se derrumba un negocio. También se apaga una manera de relacionarnos, de transmitir conocimiento, de preservar un patrimonio comercial y de construir comunidad.

Cuando un puesto baja la persiana no solo se derrumba un negocio. También se apaga una manera de relacionarnos, de transmitir conocimiento

No querría que dentro de unos años tuviéramos que explicar a nuestros hijos o nietos qué era un mercado municipal, como quien habla de un oficio desaparecido o de una fotografía de color sepia. No querría ver mi mercado convertido en una efeméride, recordado una vez al año con discursos institucionales e imágenes repletas de nostalgia, mientras en nuestra cotidianidad ya hace tiempo que se ha marchado.

Porque el día que los mercados solo pervivan en nuestros recuerdos, no habremos perdido únicamente un lugar donde llenar la cesta. Habremos dejado escapar, casi sin darnos cuenta, una manera de relacionarnos con nuestro barrio, con las personas que trabajan en él y con los alimentos que llegan a nuestra mesa. Y, entonces sí, mi mercado ya no será un mercado. Será una efeméride.