Futuro y paradojas laborales
- Josep Puigvert Ibars
- Barcelona. Sábado, 10 de enero de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Escribí en un artículo previo que no podemos ni debemos descartar el escenario siguiente: estamos en 2030 y convivimos con una cifra aproximada de 2,5 millones de personas –representativa de un 12% de la población activa– consideradas como “no ocupables” (por cierto, un término que no forma parte del argot usado por los especialistas) y un mismo número de oportunidades laborales –empleos– sin cubrir. De producirse, se trataría de una paradoja que ni tan solo una gestión apropiada e inteligente del fenómeno migratorio sería capaz de amortiguar.
Si consideramos este escenario como plausible, hemos de tomar consciencia de los impactos que generará en términos de desigualdad social, incremento de la demanda de coberturas sociales (incluida la necesidad de disponer de una RBU) y de freno para nuestro desarrollo económico. Porque la persistencia de puestos de trabajo sin ser cubiertos es un obstáculo a nuestro desarrollo económico y un lastre para la transición hacia nuevos modelos productivos basados en el conocimiento y tecnología, al margen de impulsar el crecimiento de la desigualdad social y debilitar la confianza en la política y las instituciones públicas.
Desde una perspectiva macroeconómica, la existencia de esta brecha entre oferta y demanda de empleo genera un impacto económico profundo y multifacético. En primer lugar, limita la capacidad de crecimiento de las empresas y organizaciones, reduciendo la competitividad de la economía e incentiva la deslocalización hacia territorios con mayor disponibilidad de talento. En segundo término, supone un incremento de los costes laborales, la paralización de las inversiones innovadoras, la reducción de la productividad y un mal uso de los recursos públicos. Por último, pone de relieve la existencia de un fracaso monumental en la gestión de los sistemas educativos y en la de las políticas activas de empleo. No hablamos de un problema de escasez, sino de desajuste. Es como tener agua en el desierto, pero en botellas cerradas que nadie sabe abrir.
Detrás del concepto “no ocupables” se esconde un eufemismo colosal: no se trata de una etiqueta o condena. No alude a zombis sociales, tampoco a descartes biológicos. Se trata de personas que, por razones de edad, formación, salud, brecha digital o pura exclusión, el sistema no sabe dónde encajar. No son “inempleables”, más bien se trata de no integrados en el relato dominante del empleo. La etiqueta es peligrosa: convierte un problema sistémico de diseño en una culpa individual. Como si fuera responsabilidad de cada persona el hecho de no encajar en un mercado laboral que se mueve más rápido que la capacidad de adaptación humana.
La existencia de la brecha entre oferta y demanda de empleo genera un impacto económico profundo y multifacético
En cualquier caso, estos 2,5 millones de puestos vacantes constituyen tanto una realidad como un espejismo. Muchos de ellos pueden ser empleos en condiciones precarias (en capacidades o en condiciones retributivas) y, aún en el supuesto de que un determinado porcentaje de los mismos se basen en demandas infladas por un mercado que pide lo imposible (experiencia infinita, habilidades digitales de última generación y disponibilidad total), lo cierto es que este gap ya existe hoy y que, simplemente, es posible que se agudice en los próximos años.
No es absurdo pensar que nos encontramos en una situación que podemos definir como “geometría imposible”. Es perfectamente factible que nuestro mercado pueda reflejarse a través de los dibujos de Escher: escaleras que suben y bajan, pero que no llevan a ninguna parte. La simetría de cifras no resuelve nada porque los conjuntos no se solapan. Las personas están en un cuadrante y las oportunidades en otro, sin puentes, sin traducción ni interfaz. Mientras la macroeconomía lo computará como un equilibrio entre dos déficits que se neutralizan, la realidad visualizará la presencia de dos mundos que no conviven. Por una parte, personas atrapadas en el “no eres empleable”, por otra parte, empresas u organizaciones metidas de lleno en la dinámica del “no encuentro el talento que necesito”.
El problema no es solo de competencias técnicas; es de modelos mentales que nos llevan a una situación paradójica. Seguimos desarrollando procesos formativos con mecanismos y criterios en muchos casos claramente obsoletos y estableciendo políticas laborales y sociales como si se tratare del encaje de piezas en un puzle. Pero el rompecabezas del 2030 está roto: las piezas han cambiado de forma y el tablero ya no existe.
El problema no es solo de competencias técnicas; es de modelos mentales que nos llevan a una situación paradójica
Lo que hoy necesitamos son unas políticas formativas, asistenciales y de empleo que den respuesta a las nuevas realidades e intenten reconfigurar la relación entre trabajo y sociedad. Eso implica repensar el significado de trabajar en un mundo de IA, automatización y fragmentación productiva, y de aquí la necesidad de articular nuevos sistemas laborales: modelos basados en el reparto del tiempo de trabajo, de la alternancia entre periodos de formación/aprendizaje y de actividad laboral. También, de la urgencia de diseñar modelos de Renta Básica Universal (RBU) bien gestionados que den amparo a todas las personas que lo precisen y basados en la confianza y no en el control.
Hemos de trabajar para repensar nuestros modelos sociales. En primer lugar, porque millones de personas se sentirán fuera de juego, sin reconocimiento ni oportunidades. En segundo término, porque miles de empresas y proyectos no podrán crecer al no encontrar los perfiles adecuados. De no lograrlo, la consecuencia será una sociedad frustrada, atrapada entre el discurso de la abundancia de oportunidades y la experiencia real de no poder acceder a ellas. Una tormenta perfecta para que, al margen de los efectos ya descritos, se consolide el auge de los regímenes políticos de carácter autoritario y populista.
El reto no es que las cifras coincidan, sino que los mundos se conecten. Eso exige innovación, coraje político y una visión más amplia en nuestros líderes políticos. Si en 2030 logramos que esas dos orillas se hablen, habremos dado un salto histórico. Si no es así, la fotografía será cruel: millones de personas ante oportunidades que nunca podrán tocar y miles de empresas buscando perfiles profesionales que nunca encontrarán. Y entonces tendremos que admitir que la paradoja no era matemática, sino ética: una sociedad desvertebrada entre dos sujetos que no hablan entre sí.