El expansionismo de Trump: ¿“hombre loco” o calculador?

- Álvaro Zapatel
- Barcelona. Sábado, 7 de febrero de 2026. 05:30
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Venezuela, Irán, Groenlandia. Donald Trump ha puesto sus piezas sobre un tablero de juego que, a semejanza del famoso Risk, pretende colocar a EEUU como la fuerza político-militar dominante en el hemisferio occidental y en el espacio estratégico habitado por Israel. Las acciones emprendidas por el presidente estadounidense, vistas de forma aislada, parecieran solo responder a apetitos megalómanos del magnate, aunque el trasfondo está revestido de mayor complejidad.
Como resultado de sus acciones, la opinión pública ha sido testigo de los coqueteos con María Corina Machado —quien ha capitulado el Nobel de la Paz en favor de quien cree corresponderle tal galardón por “haber resuelto ocho guerras” —, la visita del director de la CIA a Delcy Rodríguez, quien ha puesto en evidencia el real pragmatismo y punto final del “Socialismo del Siglo XXI” como propuesta ideológica, y el simbólico despliegue de un puñado de tropas europeas para “evaluar” la situación geopolítica de las fronteras europeas en el mar Ártico.
Todo ello ha ocurrido mientras Trump amenazaba con repetir las acciones tomadas en Venezuela con Colombia. Como consecuencia, un asustado presidente Gustavo Petro intentó apaciguar las aguas, para luego ser invitado a conversar en la Casa Blanca. En paralelo, la República Islámica de Irán pasa por un punto crítico, también a la espera de una potencial intervención estadounidense.
El mundo parece estar dispuesto a saciar los deseos expansionistas del presidente estadounidense, quien, por lo impredecible en su proceder, ha conseguido que tirios y troyanos busquen su beneplácito. Y Trump parece haberlo conseguido por una aplicación efectiva de lo que en teoría de relaciones internacionales se conoce como “Madman Theory” o “Teoría del hombre loco”.
El mundo parece estar dispuesto a saciar los deseos expansionistas de Trump, que ha conseguido que tirios y troyanos busquen su beneplácito
Esta aproximación a las relaciones internacionales fue observada primero en Richard Nixon en el contexto de la Guerra Fría. Nixon, político calculador y que, a todas luces, jugaba en los márgenes de la ética y la legalidad, buscó el final de la guerra de Vietnam al generar la “amenaza creíble” de estar dispuesto “a todo” con tal de detenerla de una vez por todas. Este bluff, entonces, consiste en retratarse como un jugador impredecible, cuyos adversarios son incapaces de descifrar para saber, con mediana certeza, si la amenaza es un timo, o que pueda volverse real.
Trump ha asumido esta caracterización desde el inicio de su segundo mandato, subiendo y bajando aranceles de forma errática, sin aparente sentido estratégico o diplomático. Así, ha reforzado la percepción de estar dispuesto a jugar “fuera del tablero” al descolocar incluso a otrora leales aliados del país norteamericano: la UE y, a nivel militar, la OTAN.
Como consecuencia y a modo de ejemplo, las protestas en Irán han tenido proporciones inéditas, y alimentadas por la expectativa de una probable intervención estadounidense propulsada a su vez por tuits de Trump anunciando que “la ayuda está en camino”.
Asimismo, EE. UU. con una mano recibe a Machado en la Casa Blanca, para luego iniciar coordinaciones al más alto nivel con la heredera del dictador Nicolás Maduro, quien ha colocado 50 millones de barriles de petróleo sobre la mesa. Y durante el último fin de semana, las tensiones con respecto a una potencial invasión a Groenlandia han crecido, lo que ha generado sendas reacciones en aliados clave de la OTAN, como Francia, Alemania y el Reino Unido. Ante ello, Trump ha amenazado con aranceles incrementales, con la intención de apretar a la UE; un jugador que, a sus ojos, es estructuralmente débil.
La estrategia consiste en retratarse como un jugador impredecible, cuyos adversarios son incapaces de saber si la amenaza es un timo o puede volverse real
Finalmente, en el juego doméstico, Trump anunció en sus redes sociales como promesa cumplida el desplome en los precios de la gasolina, que golpea directamente el bolsillo del estadounidense promedio. Con esta medida, Trump pretende conectar su incursión expansionista con resultados tangibles para el contribuyente estadounidense. Visto así, el “hombre loco” de la política exterior parece no serlo tanto si lo que busca es vincular su política exterior con beneficios directos para el ciudadano de a pie: tus impuestos financian nuevas acciones militares que te brindarán gasolina barata y un dólar fuerte que siga como moneda franca del comercio exterior.
Este juego, visto a una jugada por vez, parece estar rindiendo grandes frutos de corto plazo para el presidente, incluso en el marco de las protestas por las acciones de la policía migratoria “ICE” en Minnesota, y el ruido generado por los vínculos con el pederasta Jeffrey Epstein.
La pregunta de fondo es si esta pérdida de aliados estratégicos, construidos por cerca de 80 años, pueda significar un desplome de la influencia estadounidense en el mundo. Lo que parecía ser únicamente hostilidad comercial para promover intereses propios de forma agresiva, ahora se suma a una evidente hostilidad con aliados militares, que pueden cambiar dramáticamente el tablero de juego que se diseñó tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Mientras tanto, Rusia y China observan en silencio.