Cada vez que aumenta la inflación, la receta es la misma. El Banco Central Europeo sube los tipos de interés. El crédito se encarece, las hipotecas aumentan, las empresas invierten menos y las familias reducen el consumo. El objetivo es ya sabido por todos: enfriar la demanda para contener los precios.

Todo esto ya nos lo sabemos. La lógica económica es incontestable. Pero esta lógica lo es solo cuando el origen del problema también está en la demanda.

Quiero recordar que hay dos tipos de inflación. De oferta o de demanda. La inflación puede nacer porque consumimos demasiado o porque producir cuesta mucho más. En el primer caso, subir los tipos tiene todo el sentido. Si las familias y las empresas gastan menos, la presión sobre los precios disminuye. Sin embargo, cuando el origen es un shock de oferta, la situación cambia por completo.

La guerra de Ucrania primero y la tensión en Oriente Medio después han disparado el precio de la energía y del petróleo. Eso ha afectado a la inflación y el BCE responde subiendo tipos. Y encarecer hipotecas no abarata un barril de petróleo.

Christine Lagarde lo sabe perfectamente. El BCE no pretende influir sobre la producción de la OPEP ni sobre lo que ocurra en el estrecho de Ormuz. Su problema es otro. Teme que un aumento inicialmente energético termine contaminando al resto de la economía.

Es la llamada inflación de segunda ronda. El encarecimiento de la energía hace subir los costes de producción. Las empresas trasladan parte de ese incremento a sus precios. Los trabajadores reclaman salarios más altos para no perder poder adquisitivo. Los servicios suben. Los alquileres se revisan. Lo que empieza siendo un problema externo acaba convirtiéndose en una inflación ya interna, mucho más difícil de eliminar.

Estamos utilizando una herramienta monetaria para intentar corregir un problema que, en realidad, es energético

Por eso el BCE sube tipos. Intenta impedir la inflación que podríamos tener dentro de seis meses. Alemania, desde el siglo pasado, le tiene pánico a la inflación. Ahora bien, acepto pulpo como animal de compañía porque el BCE dispone prácticamente de una sola herramienta: los tipos de interés. Europa, en cambio, dispone de muchas más. Y aquí es donde me gustaría ser crítico. Y aquí ya no acepto al pulpo.

Los datos de los últimos años son elocuentes. En 2022, el Brent superó los 100 dólares por barril y la inflación de la eurozona alcanzó el 8,4 %. Conforme el petróleo regresó hacia niveles próximos a los 70 y 80 dólares, la inflación volvió progresivamente hacia el entorno del 2 %. El petróleo no explica por sí solo toda la inflación, pero explica una parte demasiado importante como para ignorarla.

Y estamos utilizando una herramienta monetaria para intentar corregir un problema que, en realidad, es energético.

Cuando el BCE sube los tipos, quienes soportan el mayor coste son las familias hipotecadas y las empresas más endeudadas. Es decir, utilizamos el coste financiero como amortiguador de una dependencia energética que todavía no hemos resuelto. La inflación la sufrimos todos, pero la medicina no la pagamos todos por igual.

Existe además una segunda contradicción. Si el banco central intenta reducir la demanda mientras los gobiernos mantienen políticas fiscales muy expansivas, ambas políticas pueden terminar neutralizándose. No parece razonable pedir a familias y empresas que consuman menos porque el dinero es más caro, mientras el sector público continúa aumentando el gasto. La política monetaria y la política fiscal deberían remar en la misma dirección.

La crítica, por tanto, no debería dirigirse al BCE. Hace exactamente aquello para lo que fue creado. Debería dirigirse a Europa.

No es razonable pedir a familias y empresas que consuman menos mientras el sector público continúa aumentando el gasto

Desde 2022 (y en realidad desde mucho antes) sabemos que nuestra dependencia del petróleo constituye una vulnerabilidad estratégica. Casi la mitad del petróleo que consume Europa termina en el transporte por carretera. Electrificar vehículos, avanzar en eficiencia energética, acelerar determinadas infraestructuras o reducir la intensidad energética de nuestra economía no son únicamente políticas medioambientales. Son políticas antiinflacionarias.

Un tipo de interés reduce temporalmente la demanda. Una menor dependencia del petróleo reduce permanentemente nuestra exposición a inflaciones energéticas. ¿Queremos seguir combatiendo cada crisis energética con tipos de interés más altos o preferimos construir una economía que necesite cada vez menos petróleo?