Esta semana me preguntaban en una entrevista sobre la tendencia que está habiendo de abrir cuentas bancarias a menores de edad.

La proliferación de cuentas infantiles dice varias cosas a la vez. La primera, que los bancos han encontrado un nuevo nicho comercial. La segunda, que la educación financiera empieza a entrar por fin en la conversación pública. Ya era hora. En España se habla mucho de esfuerzo y poco de administración. Se aconseja estudiar, trabajar, portarse bien. Pero rara vez se enseña a gestionar un presupuesto, a diferenciar entre gasto y capricho, a ahorrar para algo concreto o a entender que el dinero, si no se controla y gestiona, se evapora.

Yo no soy partidario de convertir la cuenta infantil en un mantra. No hace falta abrir una cuenta al nacer para colgarse la medalla de padre previsor. Lo importante es utilizar cualquier herramienta, cuenta, hucha o paga, para enseñar a nuestros hijos una lógica. La lógica de la escasez. La lógica de la elección. La lógica del tiempo. Es decir, la vida misma.

Ese aprendizaje se vuelve más importante ahora que el dinero ha dejado de parecer dinero. Antes había monedas, billetes, un monedero. El dinero era mucho más visible y tangible que ahora. ¡Acercamos un móvil a un datáfono y… voilà! Pago realizado. ¡Esto es lo que los niños perciben!: que el mismo dispositivo donde vemos fotos y videos nos proporciona cosas. Y entonces las cosas parecen gratis. Si añadimos que muchas de esas compras son a crédito, entonces ya la vivencia es totalmente fantástica. El móvil te da dinero que ni siquiera tienes.

Lo importante es utilizar cualquier herramienta, cuenta, hucha o paga, para enseñar a nuestros hijos una lógica. La lógica de la escasez

Móvil, tarjeta o pago invisible desembocan en que no hay sensación de salida. Cuando el dinero no se toca, también cuesta más entenderlo. Por eso creo que la educación financiera ya no puede consistir solo en decirle a un niño que ahorre. Hay que enseñarle a mirar movimientos, a distinguir un gasto recurrente de uno impulsivo, a saber cuánto le queda, a fijar objetivos.

Hay gente que piensa: “Ya aprenderá cuando sea mayor y tenga nómina”. Es un disparate. Nadie espera a que un hijo conduzca solo para explicarle los semáforos. Con el dinero ocurre igual. Cuando el salario llega, el carácter financiero ya viene bastante formado. O bastante deformado. La relación con el dinero empieza antes. Empieza cuando un niño descubre que no puede tenerlo todo. Empieza cuando entiende que gastar hoy reduce sus opciones de mañana. Empieza cuando percibe, además, cómo lo viven sus padres.

Luego me preguntaron por las pagas de los hijos. ¿Es mejor darla, o no darla? ¿Deberíamos premiarles cuando ayudan en casa con las tareas domésticas?

Bajo mi opinión, la paga es mucho más educativa que dar dinero a demanda. El hijo pide. El padre evalúa. A veces concede. A veces niega. Ese sistema parece práctico, pero educa mal. El menor aprende a negociar con el adulto, no a administrar recursos. Es mucho más útil una paga fija, adaptada a la edad, aunque sea modesta. Porque obliga a administrar durante un tiempo determinado. Obliga a pensar si lo quiero hoy o lo prefiero el viernes. Obliga, en definitiva, a convivir con un límite.

La educación financiera está entrando con fuerza en las escuelas. Enseñar a administrar es, después de todo, enseñar a decidir bien

Por cierto, la paga debe, según las capacidades de cada uno, ir aumentando con la edad y espaciándose en las entregas. Por ejemplo, a los ocho años es mejor dar cinco euros a la semana que veinte euros al mes. Pero a los quince años, es mejor dar una cantidad superior mensual. Por ejemplo, cuarenta euros al mes.

Al aumentar el tramo temporal sin recibir dinero, el hijo va aprendiendo a administrar con horizontes temporales cada vez más largos.

Respecto a vincular siempre la paga a tareas domésticas, puede ser un error. Colaborar en casa debería formar parte de la normalidad familiar, no de un mercado laboral en miniatura. Otra cosa distinta es premiar un esfuerzo extraordinario o un encargo especial. Pero premiar con dinero cada gesto doméstico a un precio puede hacer creer al hijo que toda responsabilidad merece contraprestación. Y eso empobrece la vida familiar y confunde el sentido del dinero.

La educación financiera está entrando con fuerza en las escuelas. Es importante porque el sector educativo aplana diferencias sociales, iguala a todos en los aprendizajes.  Se educa financieramente en casa, en el colegio. Hay institutos que, incluso, crean monedas para dentro de la escuela y se realizan simulaciones de inversión o de mercados.

Me parece, como economista, una gran idea. Enseñar a administrar es, después de todo, enseñar a decidir bien.