Cuando controlarlo todo se convierte en un error estratégico
- Edgar González
- Barcelona. Sábado, 17 de enero de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Durante muchos años, controlarlo todo ha sido sinónimo de buena gestión. Supervisar, validar, revisar y decidir formaba parte del repertorio habitual de cualquier directivo responsable. En entornos relativamente estables, este modelo podía dar resultados. El control aportaba orden, previsibilidad y una cierta sensación de seguridad. Pero el contexto actual —marcado por la incertidumbre, la velocidad del cambio y una complejidad creciente— ha transformado profundamente las reglas del juego. Y aquello que antes se percibía como rigor, hoy puede acabar siendo un error estratégico.
El control excesivo suele aparecer en momentos de presión. Cuando los resultados no llegan, cuando el mercado se vuelve más exigente o cuando la organización afronta una transformación relevante. Ante estos escenarios, muchos líderes reaccionan con más reuniones, más seguimiento, más informes, más decisiones centralizadas. La intención es buena —proteger la empresa, minimizar riesgos, evitar errores—, pero a menudo el efecto es justo el contrario de lo que se busca.
Cuando controlarlo todo se convierte en norma, lo primero que se resiente es el criterio colectivo. Las personas dejan de tomar decisiones no porque no sean capaces, sino porque aprenden que no es necesario. Si cada paso será revisado, corregido o replanteado, el mensaje implícito es claro: pensar no es prioritario, ejecutar sí. A corto plazo, esto puede generar una sensación de orden y control. A medio plazo, sin embargo, provoca dependencia, pasividad y una pérdida progresiva de iniciativa que empobrece la organización.
El segundo impacto afecta directamente al mismo líder. Controlarlo todo es agotador. No solo por el volumen de decisiones, sino por la tensión constante que implica estar presente en todos los detalles. El liderazgo acaba convirtiéndose en una sucesión interminable de microgestiones que impiden levantar la mirada. Cuando esto ocurre, el directivo deja de hacer aquello que realmente aporta valor: pensar en estrategia, anticipar escenarios, construir futuro y trabajar con visión de largo plazo. El día a día se lo traga todo, y la perspectiva se diluye.
Si cada paso será revisado, corregido o replanteado, el mensaje implícito es claro: pensar no es prioritario, ejecutar sí
También hay un efecto menos visible, pero profundo, sobre el talento. Las personas con capacidad, experiencia y criterio no buscan únicamente estabilidad o reconocimiento económico. Buscan confianza. Necesitan sentir que su criterio cuenta, que pueden aportar, que tienen margen para decidir y crecer. Cuando esta confianza no existe, el compromiso se va erosionando de manera silenciosa. El talento no siempre se marcha de inmediato, pero sí que se desconecta. Y una organización con talento desconectado es una organización que pierde competitividad sin ser plenamente consciente.
Delegar no es abdicar. Confiar no es desentenderse. Dejar espacio no es perder autoridad. Es, en realidad, un cambio de mirada: pasar del control de cada decisión al control del marco. Definir con claridad el propósito, establecer objetivos compartidos, fijar límites claros y asignar responsabilidades reales. Cuando este marco existe, el liderazgo no necesita controlarlo todo, porque ha construido un sistema que funciona más allá de su presencia constante.
Las organizaciones más sólidas no son las más controladas, sino las más maduras. Aquellas donde hay criterio, coherencia y confianza. Quizás el gran reto del liderazgo hoy no es decidir más, sino decidir mejor qué hay que dejar de controlar. Porque, a veces, el mayor riesgo no es perder el control, sino confundirlo con estrategia.