Quizás peco de romántico empresarial, si podemos llamarlo así, pero me da pena que Freixenet haya dejado de ser catalana. Ya sé que hemos vivido muchos casos como este: Chupa-Chups, Caprabo, Pronovias, Pastas Gallo y un largo etcétera. Pero no puedo evitar lamentarme de que el emblema del cava, uno de los productos insignia de Catalunya, sea alemán. Es gordo, pero ninguno de los tres primeros productores de cava –Codorníu, con la mayoría en manos de un fondo de inversión, y Jaume Serra, del grupo murciano García Carrión— está ya bajo control catalán.

¿Qué hemos hecho mal? Seguramente, muchas cosas. No siempre se puede evitar la pérdida de un bastión empresarial, pero se pueden poner las bases para dificultarlo. Y cada caso es cada caso: si viene un fondo y hace una buena oferta, como fue el caso de Codorníu, el éxito es más que probable; pero que te compre un competidor, como Freixenet, ya es otra cosa. Hay problemas particulares del sector y de la misma empresa, pero también de política industrial y apoyo a las empresas catalanas, especialmente para su crecimiento e internacionalización. Y hay, sobre todo, un grave problema en la sucesión en empresas familiares.

Vuelvo a poner como ejemplo Codorníu. Aguantó cinco siglos y medio como una empresa familiar, hasta que, en 2018, el fondo de inversión Carlyle compró la mayoría. Con más de 200 familiares socios, las históricas cavas eran ya ingobernables en cuanto al accionariado. La gran mayoría de miembros de la familia Raventós que tenían acciones se dedicaban a otras cosas y, en realidad, preferían el dinero, para invertirlo en sus negocios, que la participación en las cavas. La entrada de un fondo, manteniendo una parte familiar —el 32 %, en este caso—, era una buena opción para dar salida a los que prefirieran vender, profesionalizar la gestión y potenciar el crecimiento de la empresa, pero sin perder del todo sus raíces.

En Freixenet la historia fue diferente. Nace en 1914, aunque una parte de la familia había empezado a hacer vinos medio siglo antes, fundada por Pere Ferrer y Dolors Sala. En 1959 se incorpora a la dirección Josep Ferrer Sala, el hijo pequeño del matrimonio fundador, que acaba convirtiéndose en el gran patriarca de la familia y también gran impulsor de la marca. Su salida de la dirección es lo que explica en buena parte el desenlace de la empresa, pero también la sucesión de la primera a la segunda generación, y de la segunda a la tercera.

Ninguno de los tres primeros productores de cava, Freixenet, Codorníu y Jaume Serra, está ya bajo control catalán

Cuando Pere Ferrer y Dolors Sala murieron, dejaron la empresa a las tres hijas —Pilar, Carmen y Dolors— y al hijo, Josep Ferrer, que a pesar de ser el pequeño, se quedó con la mayoría, ya que era el director general y, además, el único hombre. Con el 35 %, y el apoyo incondicional de un 21 % más de una de sus hermanas, Dolors, que era soltera, Josep tenía el control del accionariado.

Josep Ferrer dejó la dirección en 1999, pero continuaba teniendo este control hasta que, en 2013, Dolors murió sin descendencia y su 21 % se repartió a partes iguales entre sus hermanos y sus descendientes. Ferrer perdía la mayoría absoluta. Esto abrió la veda a movimientos, y Enrique Hevia Ferrer, hijo de Carmen Ferrer, no dejó pasar la ocasión.

El ostentoso director financiero de Freixenet, que no veía con buenos ojos la dirección de Pedro Ferrer —hijo de Josep—, intentó convencer a algunos de sus primos para vender e hizo las gestiones para traer a Henkell a Sant Sadurní d’Anoia. No consiguió que Ferrer ni José Luis Bonet —hijo de Pilar Ferrer—, entonces presidente, aceptaran, pero la mitad de los primos sí que aceptaron la oferta de Henkell, que en 2018 compró el 50,7 % de Freixenet. Josep Ferrer Sala ya no tenía la ascendencia ni la energía para detener la ofensiva, y los discretos resultados de la empresa hicieron el resto para acabar de convencer a parte de la familia para vender. Ahora Bonet y los Ferrer que quedaban han vendido para dedicarse a sus negocios, también en el vino, y la multinacional alemana ya tiene el 100 % de Freixenet.

Este caso es una muestra clara de las dificultades de los procesos de sucesión en las empresas familiares. Algunos de los que citaba al inicio, como Chupa-Chups, Caprabo y Gallo, también lo son. Es una asignatura pendiente de la empresa catalana, que sigue sin resolverse. No es fácil, ya que en los procesos de sucesión, la propiedad se va repartiendo, aparecen diferencias de criterio y las prioridades de los diversos accionistas también se van diversificando. Se puede dar entrada a otros inversores, pero puede desvirtuar el carácter de la empresa, desarraigarla, o incluso puede acabar teniendo como consecuencia también la pérdida de control sobre la compañía. Pero quizás es la única manera si se quiere seguir creciendo y que la propiedad no pierda el vínculo con la empresa y el territorio.

Hay que ayudar a las empresas familiares a crecer sin perder las raíces y a profesionalizarse, para evitar pugnas entre linajes y mejorar los resultados

La salida a bolsa ha sido la opción de otras familias. No está exenta de riesgo —como ser objeto de una opa—, pero encontramos casos de éxito. Buena parte de las empresas catalanas del Ibex o el mercado continuo son familiares y mantienen este carácter, aunque no sea de forma mayoritaria: Grifols, Fluidra, Puig, Almirall, Molins, Miquel y Costas… En algunos casos han tenido que salir de la dirección, como Grifols o Molins; en otros, la presencia de la familia se ha ido minimizando y, aunque esté, la empresa está totalmente profesionalizada, como Fluidra, Puig y Almirall. No obstante, todas han podido crecer y continuar siendo familiares.

Con esto no quiero decir que salir a bolsa sea la única salida, ni que lo sea para Freixenet. Hay sectores que lo tienen más fácil que otros. El agroalimentario no es de los más bien recibidos en los parqués. Sus márgenes son pequeños y el cava, en concreto, hace años que arrastra una crisis por la competencia de productos de menos calidad y más baratos y por la evolución de las tendencias de consumo de bebidas alcohólicas. Pero es la manera de no entregarse a un solo postor.

No puedo olvidar el papel de la administración. Hace pocos días, el consejero de Empresa, Miquel Sàmper, explicaba las buenas cifras de start-ups. De acuerdo, pero ¿qué pasa con la empresa familiar, tradicional? Hay que ayudarla a crecer sin que pierda las raíces. Hay que ayudarla a profesionalizar la gestión, para que no haya pugnas entre ramas familiares y porque, cuanto más profesional sea, mejores serán los resultados, mejores dividendos tendrán los accionistas y, por lo tanto, menos ganas tendrán de vender. Sí a las start-up, sí a las tecnológicas, sí al MWC, pero sí también a que todas las freixenet continúen siendo catalanas.