Parafraseo el título de la película El buen patrón y añado que es el que crea buenos puestos de trabajo. Son estos los empleos que necesitamos para apuntalar el futuro del país, saliendo de un modelo que no nos lleva a ninguna parte: productividad estancada, retribuciones bajas, poco interés en inversión en capital. Pero, ¿qué son buenos empleos? Veámoslo a partir de lo que comentan Lizarraga, Martínez de Lafuente y de la Rica en un estudio reciente. Se trataría de trabajos con: (i) Salarios adecuados, previsibles y de acuerdo con la productividad para garantizar un nivel de vida adecuado a la sociedad en la que se enmarcan. Asimismo, deben permitir la planificación financiera a medio y largo plazo de la actividad empresarial. (ii) Trabajo estable: la lealtad contractual es un componente clave de la calidad del empleo, ya que reduce la incertidumbre y permite a los trabajadores desarrollar trayectorias profesionales en las que la inversión en capital humano sea de interés para todas las partes; (iii) Condiciones laborales aceptables, con horarios razonables y previsibles, protección contra los riesgos laborales y un entorno de trabajo seguro y saludable; condiciones todas ellas sine qua non para los buenos puestos de trabajo; (iv) Acceso conocido a los derechos laborales y a los beneficios sociales, con la existencia de protecciones legales firmes y claras, vacaciones remuneradas, bajas por enfermedad efectivas y cobertura sanitaria.

Todas estas condiciones están estrechamente relacionadas con otros aspectos del bienestar, como la salud o la conciliación entre la vida profesional y la privada. Esto permite acompañar los “buenos trabajos” de oportunidades de desarrollo profesional, en contraposición a los puestos de trabajo alienantes, repetitivos y poco estimulantes, asociados con una mayor automatización y una menor implicación de las personas trabajadoras. Se acompañan de buenas dosis de participación y autonomía en el trabajo, con control sobre las tareas, además de fomentar la participación en la toma de decisiones dentro de las empresas.

Las consecuencias económicas de la existencia de suficientes buenos puestos de trabajo para toda la población trascienden la dimensión económica e individual, con amplias repercusiones, o externalidades, como las llamamos los economistas, sobre la sociedad en su conjunto. Entre las externalidades positivas, por ejemplo, se podrían situar los efectos sociales de la educación, la salud, la innovación tecnológica o la inversión pública en infraestructuras.

La educación y la salud generan una sociedad más productiva, longeva y próspera, con consecuencias de segunda ronda sobre la criminalidad, el crecimiento económico, la movilidad social y la estabilidad política. Estos efectos no solo benefician a los trabajadores que ocupan estos puestos de trabajo, sino que generan impactos positivos en toda la sociedad. En el ámbito macroeconómico, los buenos empleos conllevan un consumo más elevado y una dinamización de la economía: los trabajadores con puestos de trabajo estables y bien remunerados tienen más capacidad de consumo, hecho que impulsa la demanda agregada y favorece el crecimiento económico, especialmente en sectores como la vivienda, el automóvil, los electrodomésticos y las vacaciones, lo cual impulsa adicionalmente la producción. A su vez, esto favorece una inversión más elevada en formación y capital humano. En efecto, la seguridad laboral incentiva a trabajadores y empresas a invertir en formación, hecho que mejora la productividad y la capacidad de innovación de la economía. Un nivel educativo más alto y unas competencias mejores contribuyen a la competitividad de las empresas, permiten un mercado laboral más dinámico y favorecen el funcionamiento del ascensor social, la reducción de la desigualdad y el fortalecimiento de la clase media.

La expansión de buenos puestos de trabajo contribuye a una distribución más equitativa de la riqueza y reducir la brecha entre los sectores más ricos y los más desfavorecidos

En definitiva, la expansión de buenos puestos de trabajo contribuye a una distribución más equitativa de la riqueza, reduciendo la brecha entre los sectores más ricos y los más desfavorecidos. Finalmente, un mercado laboral con buenos puestos de trabajo reduce la conflictividad social y refuerza la confianza en las instituciones, disminuyendo la radicalización política, las tensiones sociales y los discursos políticos de suma cero.

Una estrategia exitosa para este fin podría articularse alrededor de tres objetivos principales. El primero consiste en la mejora de las condiciones del empleo ya existente en sectores prioritarios. Para ello, son herramientas conocidas el salario mínimo y la regulación laboral, incluyendo el poder de decisión en el puesto de trabajo, la conciliación y la estabilidad laboral. El segundo objetivo se orienta a impulsar el crecimiento de la productividad mediante la combinación de formación continua orientada al empleo y el aprovechamiento del potencial de las nuevas tecnologías. Los esquemas tradicionales, basados en subvenciones y deducciones fiscales al sector privado, se caracterizan por un coste elevado por puesto de trabajo creado. Además, estas políticas suelen beneficiar principalmente a las grandes empresas, hecho que dificulta la competencia de las pequeñas y medianas empresas (pymes) y limita la adopción de tecnologías productivas, a menudo costosas.

Para superar estas limitaciones, el tercer objetivo consistiría en orientar aquellas políticas hacia zonas especialmente afectadas por procesos de reconversión económica, altos niveles de desempleo u otros choques socioeconómicos. Asimismo, se deberían priorizar sectores con un alto potencial para la creación de empleo de calidad y aplicar instrumentos basados en la provisión de servicios específicos.

Una posible solución a corto plazo consiste en reorientar la innovación hacia tecnologías que complementen el trabajo humano, en lugar de sustituirlo. Se trata de revalorar el factor trabajo frente a soluciones que priorizan una mayor intensidad de capital o tecnología. Para esta finalidad, un aspecto a considerar es la estructura de la presión fiscal, actualmente más gravosa para el trabajo que para el capital. Una revisión de esta carga tributaria podría equilibrar los incentivos y fomentar innovaciones orientadas al empleo que, hasta ahora, se han visto frenadas por los costes asociados.

Toda una agenda, con un desiderátum ineludible si Catalunya ha de mejorar su perspectiva económica futura, ¡y para pasar de los think tanks a los do-tanks!