Del bridge al póquer (IV y final)
- Fernando Trias de Bes
- Barcelona. Domingo, 22 de marzo de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
En los tres artículos anteriores explicaba que la geopolítica económica ha dejado de parecerse a una partida de bridge y se asemeja cada vez más a una mesa de póquer. Sin parejas fijas. Sin reglas permanentes. Con jugadores que suben la apuesta, negocian o se levantan según la mano.
Primero vimos el cambio de juego. Después, las cartas de las grandes potencias. Y, más tarde, las de otros actores que, sin dominar la mesa, pueden cambiar el valor de las cartas. Cerré aquel artículo con una idea que parecía contraintuitiva en medio del conflicto en Oriente Medio: a nadie le interesa una guerra extendida ni prolongada.
Hoy quiero explicar por qué y, con ello, terminar esta serie.
La intuición dominante (alimentada por titulares y por la memoria histórica) es pensar que el mundo puede deslizarse hacia un conflicto global como ocurrió en el siglo XX. Pero ese paralelismo es engañoso. El sistema económico actual no se parece en nada al de entonces.
Lo que estamos viendo no es una dinámica de conquista territorial ni una guerra clásica de ocupación. Es una estrategia de contención
Hace cien años, las economías eran más cerradas. El comercio internacional tenía un peso limitado. Las cadenas de suministro eran cortas. Y los mercados financieros no estaban integrados. La guerra destruía, pero no paralizaba el funcionamiento del conjunto del sistema.
Hoy sucede lo contrario.
El PIB mundial sigue creciendo a ritmos cercanos al 3 %. Pero el dato relevante no es ese. Lo importante es que prácticamente todas las grandes regiones del mundo están creciendo al mismo tiempo. Los países en recesión representan una fracción marginal del total. Más del 99 % de la economía global continúa expandiéndose. Con tres divisas explicas el 95 % del comercio mundial.
Eso significa que el sistema funciona. Y, sobre todo, que está profundamente interconectado.
Hay un dato aún más revelador: en gran parte del mundo, entre un 20 % y un 35 % del PIB depende de las exportaciones. En algunas economías, incluso más. El comercio no es un complemento. Es una condición de supervivencia.
Romper esa red no es una opción neutral. Es provocar una contracción global inmediata. Por eso, cuando analizamos conflictos como el de Irán, conviene separar la retórica de la lógica real. Lo que estamos viendo no es una dinámica de conquista territorial ni una guerra clásica de ocupación. Es otra cosa: una estrategia de contención.
El escenario más probable es una escalada limitada. Tensiones sostenidas. Volatilidad en mercados. Petróleo más caro. Pero sin ruptura del sistema
Estados Unidos, Israel y otros actores buscan limitar riesgos concretos (en este caso, el desarrollo nuclear) sin abrir un conflicto regional incontrolable. Irán, por su parte, responde sin cruzar ciertos umbrales. Los países del Golfo refuerzan su defensa, pero evitan entrar plenamente en guerra.
Hay un cálculo. Es obvio que lo hay.
El escenario más probable es una escalada limitada. Intercambios puntuales. Tensiones sostenidas. Volatilidad en mercados. Petróleo más caro. Pero sin ruptura del sistema. Sin guerra total.
Existe un segundo escenario, más severo: una guerra regional ampliada, con ataques a infraestructuras energéticas y mayor impacto económico. Y existe un tercero, mucho más extremo, con implicación directa de potencias occidentales.
Pero cuanto más se sube en la escala, más irracional se vuelve el conflicto desde el punto de vista económico. Porque en esta partida de póquer nadie tiene todas las cartas, pero todos dependen de las cartas de los demás.
Estados Unidos necesita mercados. China necesita exportar. Europa necesita energía y seguridad. Oriente Medio necesita vender petróleo. África y América Latina necesitan inversión y demanda externa.
El objetivo de fondo no es volcar la mesa. Es seguir jugando. Eso sí, ya no al bridge. Al póquer
Es un sistema de dependencia cruzada. En ese contexto, la guerra total deja de ser una jugada ganadora. Se convierte en una forma de perder todos a la vez.
Claro que esto no elimina el riesgo. La historia está llena de errores de cálculo, incidentes inesperados y dinámicas que escapan al control de los actores. La violencia, a veces, tiene inercia propia. No podemos tampoco pecar de inocentes. Pero lo que quiero decir es que hoy existen muchos más incentivos para detener la escalada bélica que para ampliarla.
La globalización no ha hecho el mundo más estable en términos políticos. Pero sí lo ha hecho más interdependiente en términos económicos. Y eso cambia radicalmente la lógica del conflicto.
Por eso, frente al ruido geopolítico, conviene volver a una idea simple: cuando todos dependen de todos, nadie puede permitirse romper la baraja. En esta nueva partida de póquer global, la tensión seguirá formando parte del juego. Habrá faroles, subidas de apuesta y momentos de máxima incertidumbre.
Pero el objetivo de fondo no es volcar la mesa. Es seguir jugando. Eso sí, ya no al bridge.
Al póquer.