Bernie Sanders, el incombustible senador independiente por Vermont y rostro visible del ala más izquierdista de la política estadounidense, alzó la voz. Para el público sudamericano que quizás solo lo recuerde por sus mitones de lana en la asunción de Biden o sus eternas batallas contra Wall Street, Sanders representa la vieja guardia del progresismo clásico como crítico feroz de la concentración de riqueza y un defensor acérrimo de la clase trabajadora tradicional.

Su nuevo objetivo ya no son solo los banqueros, sino los arquitectos de Silicon Valley y la inminente revolución de la inteligencia artificial (IA). Lo fascinante y a la vez trágico de su postura es que, mientras su diagnóstico sobre el tsunami que se avecina es impecable, la receta que propone parece extraída de un manual gremial del siglo XVI.

Sanders acierta con precisión quirúrgica al identificar el problema, ya que estamos ante una disrupción sin precedentes que afectará a la clase media educada, como abogados, contadores, médicos y administrativos enfrentan una obsolescencia real ante algoritmos capaces de procesar la cognición humana a coste cero.

El senador tiene razón al señalar que, sin intervención, esta tecnología transferirá una cantidad obscena de riqueza desde la fuerza laboral hacia una oligarquía tecnológica aún más reducida que la actual. Su grito de alerta sobre el impacto social es legítimo; la tecnología no es neutra y sus dueños, figuras como Musk o Thiel, acumulan un poder que rivaliza con el de los Estados nación.

La IA no es una política pública que se pueda derogar; es una realidad fáctica, como la gravedad o el clima

Sin embargo, aquí termina la lucidez y comienza el anacronismo. La respuesta de Sanders ante este escenario es el proteccionismo ludita, es decir, regular para frenar, imponer impuestos punitivos a los robots o reducir la jornada laboral como dique de contención artificial para la preservación de puestos de trabajo que, técnicamente, ya no son necesarios. Es la reacción de quien, al ver llegar la electricidad, propone legislar a favor de los fabricantes de velas. Hay un aire de la fábula de las uvas verdes en su retórica, puesto que el Estado ya no posee la capacidad técnica para alcanzar o replicar la innovación del sector privado, decide que esas uvas son agrias, peligrosas y deben ser rechazadas.

El error capital de esta visión es ignorar la inexorabilidad del avance tecnológico. La IA no es una política pública que se pueda derogar; es una realidad fáctica, como la gravedad o el clima. Detenerla mediante leyes domésticas en Estados Unidos es un suicidio geopolítico. Si Occidente pausa el desarrollo por escrúpulos laborales, potencias rivales como China, que no operan bajo las mismas presiones sindicales o éticas, ocuparán ese vacío de poder en meses, no años. La autarquía tecnológica es imposible en un mundo interconectado.

El desafío no es cómo salvar el empleo del pasado, sino cómo estructurar la sociedad del futuro

La alternativa pragmática, esa que Sanders no vislumbra desde su trinchera ideológica, no es la resistencia, sino la adaptación gestionada. Si asumimos que el reemplazo es inevitable, la única salida viable es sentar a todos los actores en una misma mesa, incluyendo al Estado, corporaciones, sindicatos y sociedad civil; para programar la transición de la economía humana a una economía automatizada.

Esto implica el diseño desde ahora de los mecanismos de distribución de la abundancia que generará la IA, quizás mediante una renta básica universal financiada por la productividad de las máquinas, y no mediante el intento inútil de forzar a las empresas a la contratación de humanos para tareas que un software realiza mejor. El desafío no es cómo salvar el empleo del pasado, sino cómo estructurar la sociedad del futuro para que la falta de trabajo tradicional no signifique miseria, aceptando que la Caja de Pandora ya está abierta y no tiene tapa.

Las cosas como son.