La transición energética en España ha abierto un debate profundo sobre cuál debe ser el papel de la tecnología nuclear en un futuro cada vez más dominado por las fuentes renovables. Mientras que desde ciertos sectores se defiende un cierre progresivo de las centrales nucleares, un documento recientemente elaborado por PwC a partir de datos de Red Eléctrica aporta argumentos contundentes que sitúan la energía nuclear como una pieza clave para asegurar un sistema eléctrico eficiente, estable y económicamente viable. La combinación de energías renovables y nuclear no solo no frena el avance verde, sino que se perfila como el escenario ideal para hacer frente al incremento de la demanda y mantener una industria competitiva gracias a un precio de la electricidad contenido y un suministro fiable.
Así, durante las horas del día en que la generación renovable, especialmente la solar, es abundante y vierte electricidad a precios muy reducidos, las centrales nucleares son desplazadas por no poder competir con costes tan bajos. En cambio, cuando cae el sol o el viento no sopla con suficiente fuerza, la nuclear vuelve a entrar en el mercado y ocupa un espacio que, en caso contrario, sería cubierto por centrales de ciclo combinado de gas, que resultan mucho más caras y contaminantes. De esta manera, la presencia nuclear contribuye a contener el precio final de la electricidad durante la mayor parte de las horas del día.
Un servicio invisible pero esencial para la estabilidad del sistema
Más allá de la generación, el estudio pone el foco en un aspecto menos conocido pero de vital importancia para la salud del sistema eléctrico: los servicios de control de tensión e inercia. Estos servicios técnicos, que garantizan que la red no sufra oscilaciones peligrosas ni colapsos súbitos, son imprescindibles para mantener la estabilidad. Pues bien, las centrales nucleares, cuando están operando en el mercado diario, proporcionan estos servicios de manera totalmente gratuita para el sistema. Si la nuclear no está, es Red Eléctrica quien tiene que tirar manualmente de centrales de ciclo combinado para garantizar la seguridad, cosa que dispara las llamadas restricciones técnicas. El informe alerta de que cuanto menos energía nuclear entra en el mercado diario, mayores son los volúmenes de restricciones técnicas que tiene que gestionar el operador del sistema, lo cual se traduce en costes adicionales que acaban repercutiendo en la factura de los consumidores y en un aumento indeseado de emisiones de dióxido de carbono.
Uno de los puntos más relevantes del documento es el que desmiente frontalmente la idea de que las centrales nucleares están frenando el despliegue de las energías renovables. Según los datos analizados, el crecimiento de la fotovoltaica y la eólica no se ha visto limitado por la presencia nuclear, sino por cuellos de botella bien diferentes: la lentitud en la concesión de permisos administrativos, la insuficiencia de las redes de transporte para evacuar toda la energía generada y la falta de demanda suficiente durante las horas centrales del día, precisamente cuando más sol brilla. A modo de ejemplo, el informe señala que los vertidos técnicos de energía solar fotovoltaica fueron solo de un 3,5% en el año 2025, y de este porcentaje, el 86% respondió a problemas de sobrecarga en la red de transporte, no a la entrada de la nuclear por necesidades de seguridad del sistema. Es decir, culpar a la nuclear de los vertidos renovables es, como mínimo, un error de atribución.
Más electrificación, más almacenamiento y más inversión en redes
El estudio concluye que, si de verdad se quiere avanzar hacia un modelo eléctrico descarbonizado y a la vez económicamente sostenible, la estrategia no puede pasar por el cierre prematuro de las centrales nucleares. Muy al contrario, el verdadero reto del desarrollo renovable se resuelve con tres recetas claras: aumentar la electrificación de la economía para absorber toda la energía verde disponible, desplegar masivamente sistemas de almacenamiento que permitan guardar el exceso de electrificación de las horas centrales para utilizarla por la noche y destinar una inversión decidida a fortalecer y ampliar las redes de transporte y distribución. Cerrar la nuclear, advierte el informe, no contribuye a resolver ninguno de estos retos estructurales, pero, en cambio, tiene un efecto inmediato y perverso: encarecer la factura eléctrica, aumentar las emisiones de gases de efecto invernadero y poner en riesgo la seguridad de suministro en momentos de baja producción renovable.
Los autores del informe advierten expresamente que el análisis no pretende ser exhaustivo ni contiene ningún tipo de recomendación vinculante, y recuerdan que los datos utilizados no han sido auditados, por lo cual no se garantiza que sean completos o absolutamente exactos. Con todo, el valor del trabajo radica en el hecho de que aporta una mirada técnica y desapasionada a un debate a menudo contaminado por posicionamientos ideológicos. En un momento en que Europa busca desesperadamente fuentes de energía estable que la liberen de la dependencia de los combustibles fósiles importados de países poco fiables, la conclusión del estudio invita a la reflexión: quizás la solución no es elegir entre renovables o nuclear, sino aprender a combinarlas con inteligencia para que cada una haga lo que mejor sabe hacer.