Los oficios manuales que durante décadas han vertebrado el mantenimiento de los hogares y los negocios —desde la carpintería hasta la herrería, pasando por la electricidad o la fontanería— atraviesan una crisis silenciosa pero de gran alcance: la falta de relevo generacional. El alejamiento progresivo de los jóvenes de estos trabajos, a menudo percibidos como poco atractivos o físicamente exigentes, está abriendo una brecha que ya se empieza a notar en forma de retrasos, encarecimiento de servicios y una competencia creciente entre empresas para retener el talento disponible.

En este contexto, el economista Gonzalo Bernardos ha puesto el foco en una profesión concreta que, según él, se encontrará en el centro de este giro del mercado laboral: la construcción, y en especial los perfiles especializados. La advertencia es clara: la combinación de alta demanda, déficit de profesionales y necesidad de experiencia elevará los salarios hasta niveles impensables hace pocos años. Así lo expresó en una entrevista reciente: “Pronto verás cobrar al yesero entre 5.000 y 6.000 euros por falta de mano de obra en construcción”.

El mensaje conecta con una realidad que ya perciben promotores y contratistas: el sector vuelve a crecer después de años de corrección, impulsado por la rehabilitación energética, la obra pública y la presión de un mercado inmobiliario tenso. Pero el reto no es solo levantar edificios, sino encontrar manos capaces de hacerlo con calidad. En algunos perfiles, la formación formal no es suficiente; el oficio se construye con horas de trabajo, conocimiento práctico y una destreza que no se improvisa. Este capital humano escaso se convierte, de repente, en un activo muy preciado.

La consecuencia directa es una pugna salarial que rompe tópicos. Si durante años se asoció la construcción a sueldos bajos y precariedad, el nuevo equilibrio apunta hacia el extremo contrario para los especialistas: remuneraciones elevadas, mejores condiciones y capacidad de elegir proyecto. Los vencedores serán aquellos profesionales que acrediten polivalencia, responsabilidad y una trayectoria contrastada.

Estudios universitarios o formación profesional

El diagnóstico de Bernardos también tiene una lectura de país. La escasez de oficios no es solo un problema de empresas; es un desajuste del sistema educativo y de las expectativas sociales. Mientras la universidad y los estudios superiores concentran el interés, la formación profesional continúa arrastrando prejuicios a pesar de ofrecer inserción rápida y carreras sólidas. El resultado es una oferta desequilibrada: perfiles técnicos saturados en algunos ámbitos y déficit crítico en otros que sostienen la economía real.

A esto se añade el malestar de una generación que, a pesar de acumular titulaciones, se topa con salarios de entrada exiguos y trabajos inestables. El economista alerta a menudo de esta frustración colectiva y de cómo puede condicionar decisiones vitales, como la emancipación o la formación de una familia. Ante este escenario, los oficios recuperan atractivo como vía directa hacia la seguridad laboral y la mejora de ingresos.

La transformación no será inmediata, pero el rumbo está marcado. Si no se activa un plan decidido para dignificar los oficios, incentivar el aprendizaje práctico y conectar la educación con las necesidades reales del mercado, la factura se pagará cara: obras paradas, servicios encarecidos y oportunidades perdidas. Por el contrario, una apuesta estratégica podría convertir estos trabajos “de toda la vida” en los motores de una nueva prosperidad, con nóminas de élite para manos expertas.