En una decisión de amplia trascendencia geopolítica y con el objetivo declarado de provocar el colapso financiero del gobierno iraní, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha proclamado este martes la imposición inmediata de una carga arancelaria extraordinaria del 25% a todas las importaciones norteamericanas procedentes de cualquier país que mantenga lazos comerciales activos con la República Islámica de Irán. Esta medida, caracterizada por su radicalidad y por el carácter unilateral de su aplicación, supone un giro de extrema dureza en la política de máxima presión que Washington ha ejercido sobre Teherán, y que ahora se reconvierte en una especie de bloqueo económico indirecto, mediante la penalización fiscal de terceros países.

El comunicado oficial, difundido por el propio Trump a través de una publicación en su plataforma digital, no dejaba espacio para la ambigüedad ni para la negociación previa. "Con efecto inmediato, cualquier país que mantenga relaciones comerciales con la República Islámica de Irán pagará un arancel del 25% sobre cada una de las transacciones comerciales que realice con los Estados Unidos de América. La presente orden es definitiva y concluyente", dice textualmente el mensaje presidencial, cuyo tono evoca el estilo de un ultimátum más que el de una medida de política económica convencional. El contexto inmediato que, según los analistas, podría haber precipitado esta escalada, es la fuerte agitación interna que sacude a Irán desde hace meses. Las protestas masivas, desencadenadas por motivos sociales y políticos, han sido reprimidas con contundencia por las autoridades iraníes, con un balance de víctimas que supera ya las 500 personas. La administración norteamericana parece intentar aprovechar esta fragilidad doméstica para estrechar el cerco de manera decisiva, creando una disyuntiva casi insalvable para los aliados económicos de Teherán: o cortan sus vínculos comerciales con Irán, o se enfrentan a una barrera arancelaria masiva y potencialmente devastadora para sus intereses en el mercado norteamericano, uno de los más grandes y rentables del planeta.

Las repercusiones de esta política, sin embargo, trascienden ampliamente el marco bilateral entre los Estados Unidos e Irán. El auténtico alcance de la orden ejecutiva se manifiesta en su capacidad para desestabilizar las frágiles treguas comerciales globales alcanzadas en los últimos tiempos. China, principal socio comercial de Irán e importadora crucial de su petróleo, se encuentra ahora en una situación extraordinariamente delicada. Tras una larga y costosa guerra arancelaria, Washington y Pekín habían logrado una precaria tregua en las hostilidades, con conversaciones en marcha para un acuerdo más estable. La imposición súbita de estos nuevos aranceles condicionales, que podrían afectar a una parte significativa de las exportaciones chinas a los Estados Unidos, amenaza con hacer saltar por los aires este proceso, relanzando un ciclo de represalias que tendría efectos recesivos para la economía mundial.

Una dinámica similar, aunque de diferente magnitud, se aplica a la India, otra nación que mantiene importantes intereses energéticos con Irán y con quien Washington también había iniciado rondas de diálogo para reordenar sus relaciones comerciales. Otras economías emergentes, como Turquía o los estados del Golfo, se verán igualmente forzadas a calcular con urgencia los costes y beneficios de su cooperación económica con Teherán. La estrategia de Trump, por tanto, no solo busca aislar a Irán, sino que también actúa como un mecanismo de disciplina geoeconómica, enviando un mensaje contundente sobre las consecuencias de desafiar la hegemonía financiera norteamericana.

Esta maniobra, tan agresiva como arriesgada, ha sido recibida con profunda preocupación por los círculos diplomáticos y económicos internacionales, que temen que la instrumentación de los aranceles como arma geopolítica de corte unilateral inaugure una nueva y peligrosa fase del comercio global, marcada por la coerción y la incertidumbre sistemática. La medida pone a prueba la cohesión de los aliados tradicionales de los Estados Unidos en Europa, muchos de los cuales continúan comprometidos con el Acuerdo Nuclear de 2015 del que Washington se retiró, y abre un período de gran turbulencia en el que las decisiones de cumbres como Pekín, Nueva Delhi o Ankara podrían reconfigurar de manera permanente los ejes del intercambio y la influencia en Oriente Medio y en Asia.