Aunque no lo sepa y ni tan solo tenga bastante imaginación para llegar a aceptarlo, Ignacio González es un mártir de la unidad de España. Cuando estalló el caso Pretoria, en octubre de 2009, Alfons López Tena ya me dijo que la justicia española es lenta pero segura, y que la máquina de triturar que se había puesto en marcha no se detendría hasta que hubiera pasado toda la herencia politica de la Transición por la apisonadora.

Si el independentismo no hubiera resistido tantos años, y con tan buena salud, probablemente el ogro español no habría tenido que seguir comiéndose a sus criaturas para hacer borrón y cuenta nueva. Tiene gracia que González haya acabado cayendo en una operación judicial que lleva el nombre del Almirante Blas de Lezo, que fue una especie de Millán Astray del siglo XVIII. Hombre arrogante y aguerrido, durante la Guerra de Sucesión perdió una pierna, un brazo y finalmente un ojo, en el último asedio de Barcelona.

Pensé en él cuando González declaró, desde la misma prisión, que estaba "muy entero" y que la justicia no tenía que temer una fuga. El expresidente de la Comunidad de Madrid tiene fama de ser un hombre tan trabajador, como chulapón y arrogante. Dicen que es adicto al trabajo y que se paseaba por los restaurantes de Madrid con una prepotencia castiza y pintoresca de personaje de Valle-Inclán.

ignacio gonzalez - acn

Hijo de una familia sin medios para pagarle unas oposiciones de primer nivel, González se puede considerar uno de estos self-made man de la España posfranquista, que el PP de Aznar supo impulsar tan bien. Su ascensión recuerda la disquisición que Boecio hizo en la prisión sobre el amor y la fortuna, antes de ser ejecutado a golpes de palos. La fortuna, viene a decir Boecio, es peligrosa porque, si el amor no sabe ordenarla, al final es como una marea que nos arrastra al naufragio cuando se retira.

Nacido en 1960, González entró de técnico en el Ayuntamiento de Madrid a los 24 años. Durante el franquismo, su padre había tenido cargos en el Ministerio de Información y Turismo, en el INI y en el ayuntamiento de la capital. Si el padre hizo carrera a la sombra de Juan de Arespacochaga y José Luis Álvarez, dos figuras de la dictadura que acabarían en el PP, el hijo ha hecho toda su carrera política bajo el ala protectora de Esperanza Aguirre.

Licenciado en Derecho, González empezó a destacar a las órdenes de Aguirre en el Ministerio de Cultura, Educación y Deportes durante el primer mandato de Aznar. Dicen que se conocía tan bien los dosieres que algunos colaboradores de la ministra salían llorando de su despacho. En 1999, fue nombrado secretario de Estado en el Ministerio de Administración Pública, donde diseñó la ventanilla única. En el segundo mandato de Aznar, Ángel Acebes lo puso de secretario de Estado de inmigración con la misión de impulsar la ley de Extranjería.

Durante este tiempo estableció una relación casi familiar con Aguirre. Aparte de que un hermano de Aguirre es pareja de una hermana de la mujer de González, los dos políticos se entendieron tan bien que forjaron una alianza de tintes fáusticos. Es posible que González encontrara en Aguirre el acceso al Madrid aristocrático que los orígenes familiares le habían negado, y que la dirigente del PP viera en su mano derecha un hombre trabajador e implacable con los enemigos que obstaculizaban su carrera.

ignacio gonzalez - efe

En el 2003, cuando Aguirre consiguió la presidencia de la Comunidad de Madrid gracias al tamayazo (un caso de transfuguismo vinculado a una trama inmobiliaria que no se investigó), González fue nombrado vicepresidente y portavoz del ejecutivo autonómico. Bajo el ala de Aguirre, González adquirió cada vez más poder dentro del PP de Madrid. El carácter competitivo y un poco extravagante de los dos marcó una época de la vida madrileña.

Desde el inicio, González compaginó los cargos políticos con la presidencia del Canal de Isabel II, la empresa pública que gestiona el agua de la capital. También fue patrón del Teatro Real de Madrid y vicepresidente del comité ejecutivo de Ifema. A partir del 2008, empezaron a aparecer informaciones que denunciaban la trama de nepotismo y negocios ilícitos que González había ido orquestando, aprovechando su posición política.

En enero de 2009, El País reveló que el gobierno madrileño había montado unos servicios de información, bautizados como "la Gestapillo", que se dedicaban a elaborar dosieres y a espiar a adversarios políticos de Aguirre dentro del mismo PP. Público denunció que Rajoy había tenido en las manos un texto donde se detallaban las adjudicaciones públicas y las relaciones profesionales del entonces vicepresidente. El documento decía que tenía una caja fuerte para pagos en negro y se estimaba que la fortuna de él y su mujer llegaba a los 1,8 millones de euros.

Casado con Lourdes Cavero, mano derecha del presidente de la Patronal madrileña durante muchos años, González empezó a aparecer como la típica figura sin base que busca el reconocimiento a través del poder, sin saber dónde están los límites de las cosas. Eso no impidió que, en el 2011, solo tres días después de que Rajoy ganara las generales, Aguirre destituyera a Francisco Granados como secretario general del PP, para poner a su hombre de confianza.

En 2012 Aguirre dimitió inesperadamente y le traspasó a González la presidencia de la comunidad. En aquel momento la comunión entre los dos era tan fuerte que incluso sus rostros se asemejaban, pero la estrella de González ya oscurecía. Una investigación calificada de ilegal por el PP ya había destapado el origen poco claro de un ático de lujo en Marbella, presuntamente adquirido per González con dinero de comisiones irregulares.

Como presidente, se limitó a continuar la política de Aguirre, sin dejar de utilizar los cargos para sus objetivos personales, ahora también a través de una empresa que comercializaba camisetas con dibujos de su autoría. El caso del ático y la sospecha de que González tenía dinero en Suiza hicieron que, una vez se extinguió su mandato, el PP escogiera a Cristina Cifuentes como candidata a las autonómicas madrileñas. Aislado por los partidarios de Rajoy, que ya le habían cerrado el paso en Caja Madrid a favor de Rato, González fue quedando atrincherado en la secretaría general del PP de Madrid.

Cuesta desvincular el final de González de su salida de la secretaría general del PP hace poco más de un año, y de la delicada situación en la que Catalunya ha puesto al partido de Rajoy. La necesidad de presentar líderes que refresquen la formación ha puesto a Cifuentes en una posición inmejorable para dejar caer a González o darle el último empujoncito. En los últimos años, la actual presidenta madrileña ha visto cómo Aguirre le hacía la vida imposible, hasta el punto de boicotearle la campaña electoral.

Con la salida de González y la derrota de Aguirre ante Podemos, el toque chabacano y populista de Cifuentes se ha convertido en la mejor baza del PP madrileño. Su discurso anticorrupción habría quedado muy tocado si hubiera parecido que había encubierto las maldades de sus predecesores. La caída de González conviene al gobierno autonómico de Madrid y también al gobierno Rajoy, que ve cómo la justicia española le abre la puerta para enchironar a algún presidente catalán, sin que parezca un ataque a Catalunya.

La sucesión de acciones policiales y de artículos en la prensa que siguieron a la detención de González en relación al caso Pujol dan a entender que, más allá de la corrupción, el Estado busca cada vez más arriba los chivos expiatorios. Con el encarcelamiento del expresidente madrileño, la carnicería judicial toma una calidad cada vez más intensa. González es el último de los muchos cadáveres de la vieja guardia pretoriana que han ido quedando esparcidos alrededor de Aguirre.

Jordi Pujol no debe de estar muy tranquilo. Pero después de tantos años en política, y tal como se están poniendo las cosas, la dama de hierro española tampoco puede estar muy tranquila.

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