Nacido en Barcelona en 1954, Joan Coscubiela es un caso ejemplar de las virtudes y las limitaciones de la Catalunya autonomista. Aunque él debe creer que no tiene nada que ver con el votante clásico de Convergència, es la perfecta versión izquierdosa del català emprenyat, aquella figura satírica que Enric Juliana popularizó cuando el pujolismo todavía dominaba el relato soberanista para ilustrar el carácter pueril de algunas conductas victimistas.

Aunque creció en un piso muy pequeño de la Barceloneta, de treinta metros cuadrados, en plena dictadura, Coscubiela ha salido adelante, en la vida. Su situación ha evolucionado paralelamente a la del país, que en el esquema español tendría que estar enterrado o totalmente domesticado, a estas alturas. Trabajador e inteligente, el portavoz de Catalunya Sí que es Pot se ha ganado la libertad a pulso, igual que los catalanes que mantuvieron viva la lengua cuando se le cantaba el entierro.

Hijo de un obrero antifranquista que se deslomó para pagarle la universidad, y que pasó por la prisión, Coscubiela ha vivido toda la vida de cargos ligados al sistema autonómico. En 1995, se convirtió en el secretario general de CCOO en Catalunya, el sindicato español que su padre había ayudado a fundar después de volver de trabajar en Alemania. Cuando dejó el cargo al cabo de 13 años, Esade lo fichó de profesor y entró como asesor en Endesa.

A pesar de estos éxitos profesionales, igual que pasa con buena parte del catalanismo cuando habla de España, Coscubiela transmite una imagen de político indefenso y ultratajado por la injusticia que cada día suena más hipócrita. Teniendo en cuenta hasta qué punto prosperó bajo la hegemonía de los Pujol y los Maragall, se hace difícil comprender que hable con tanto desprecio de Convergència y de lo que él denomina la mafia catalana. ¿Si el problema es que "los poderosos" roban tanto, porque hay tantos que amenazan con marcharse caso de que Catalunya se independice?

Reciclado de sindicalista a político a partir del 2011, parecía que los indignados le darían una segunda juventud. Aun así, la estrella de Coscubiela ha declinado en la medida que el independentismo se ha hecho hegemónico y que los tópicos de la herencia pujolista han perdido prestigio. Durante la mayoría absoluta de Rajoy, fue uno de los diputados más brillantes del Congreso y también uno de los mejor pagados –casi 100.000 euros al año. Quizás porque Catalunya le permitía atacar al PP, pronunció los discursos más encendidos que he oído, por parte de Iniciativa, en defensa de las libertades nacionales.

De vuelta a Barcelona en plena euforia de Podemos, fue de segundo de Lluís Rabell en las elecciones del 27-S del 2015. Seguramente a causa de los malos resultados, o porque viniendo de un sindicato como CCOO y del Congreso de Madrid el Parlamento le debe parecer un teatro sin ningún poder, su figura se ha ido apagando. El discurso que pronuncia recuerda cada día más a los tiempos del pujolismo, cuándo el resentimiento social y el resentimiento nacional competían para conquistar la hegemonía moral del país.

El hecho de que haya quedado fuera de contexto ahora que Mas ya no gobierna y que la Tercera Vía ha languidecido, pone en evidencia hasta qué punto ha hecho de sicario del mismo sistema que crítica, y como el autonomismo necesita políticos que compitan para quedar bien. Debe ser jodido predicar la desobediencia a la troica durante años para acabar defendiendo un referéndum autorizado por el PP. Sobre todo cuando tampoco has estado nunca realmente en contra de la troica, ni seguramente tampoco a favor de un referéndum.

Militante veteranísimo del PSUC, Coscubiela pertenece a una casta obrera de origen castellano que llegó a Catalunya durante la dictadura de Primo de Rivera y que acabó de integrarse en la estructura del país en los últimos años del franquismo. Su retórica indignada e intelectualoide, llena de metáforas tremendistas, a veces parece que imite el radicalismo de la CUP. Eso le da un aire de adolescente grandullón enternecedor, pero también lo pone mucho en evidencia.

Es lo que le dijo Josep Manel Busqueta en un debate durante la campaña electoral del 27-S:

–Yo soy pastelero y cuando todo esto acabe me vuelvo a hacer mi oficio. ¿Y tú, Joan, qué harás?

En este sentido, las broncas que ha tenido con Dante Fachin dentro de su grupo parlamentario, o los piques con Oriol Junqueras y otros miembros de Junts pel Sí, tienen más que ver con su subsistencia que con la ideología o las sentencias del Tribunal Constitucional.

El sueño húmedo de Coscubiela y de muchos como él sería que el problema catalán dejara de existir, porque la evidencia de la ocupación de Catalunya pone en duda que su vida y su conducta hayan sido tan limpias como querrían. Coscubiela pertenece a un sector de la población que estaba cómodo con el comunismo porque así no tenía que pensar en Catalunya y que cuando el comunismo cayó se refugió en un catalanismo de bolsillo que también ha acabado fracasando.

Si el imaginario convergente convirtió España en la excusa de todas las contradicciones y de todos los males de Catalunya, el imaginario de Coscubiela se abrió camino denunciando la connivencia del nacionalismo catalán con las oligarquías españolas. Ahora que el independentismo quiere romper esta alianza, su victimismo se va volviendo agrio y justificatorio y pone a relucir el fondo de rencor disfrazado de moralismo que, igual que muchos nacionalistas, ha ido acumulando a base de callar y obedecer para poder ser alguien.

 

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