La inmensa profundidad del oscuro espacial oculta toda clase de misterios que el ojo humano todavía no está preparado para resolver. De hecho, en ocasiones, que ni tan siquiera puede percibir. El último hallazgo de la comunidad científica lo confirma. Han descubierto un gigantesco exoplaneta oculto en una zona del espacio que ya había sido minuciosamente estudiada previamente.
El telescopio espacial James Webb ha descubierto un nuevo exoplaneta oculto en Beta Pictoris, uno de los sistemas planetarios más estudiados de toda la Vía Láctea. Bautizado como Beta Pictoris d, este mundo colosal eleva hasta tres el número de planetas conocidos alrededor de su joven estrella, convirtiendo así al sistema en el segundo del que se han obtenido imágenes directas de al menos tres planetas.
Lo más sorprendente es que el hallazgo no se ha producido al detectar un simple punto brillante en el espacio. En lugar de ello, los astrónomos identificaron el planeta gracias a la firma química de su atmósfera. Esta técnica podría abrir un nuevo camino para localizar mundos ocultos entre nubes de polvo y escombros, donde los métodos tradicionales suelen encontrar más dificultades. A veces, un planeta no necesita brillar para hacerse visible... basta que deje su huella en la luz.
El James Webb encuentra un tercer planeta gigante en Beta Pictoris gracias a su atmósfera
Situada a unos 63 años luz de la Tierra, la región de Beta Pictoris tiene apenas 23 millones de años, por lo que representa una especie de ventana al pasado que permite observar cómo evolucionan los sistemas planetarios poco después de su formación. Una técnica que suele ser muy habitual en la comunidad astronómica. Sus alrededores siguen envueltos en un inmenso disco de polvo y restos cósmicos, el escenario donde nacen y crecen los planetas.
Los investigadores calculan que Beta Pictoris d posee al menos el doble de la masa de Júpiter, aunque es el más pequeño de los tres gigantes conocidos del sistema. Además, los modelos indican que completa su órbita a una distancia cercana a las 30 unidades astronómicas de su estrella, una separación comparable a la de Neptuno respecto al Sol.
Curiosamente, el James Webb no estaba buscando un nuevo planeta. El equipo analizaba la atmósfera de Beta Pictoris b mediante el instrumento NIRSpec, capaz de obtener una imagen y un espectro de cada punto observado. Fue entonces cuando apareció una inesperada secuencia de absorción de monóxido de carbono, una especie de código de barras que delataba la presencia de otro gigante gaseoso.
El análisis de este exoplaneta también ha permitido medir su velocidad y revelar la danza orbital que mantiene alrededor de su estrella, descartando otras teorías que la podían catalogar como una estrella de fondo o una enana marrón. Cada pequeño rastro de luz fue encajando como una pieza de un rompecabezas cósmico, hasta revelar un mundo que llevaba millones de años oculto entre el resplandor y el polvo. En ocasiones, el universo guarda sus mayores secretos entre el polvo; solo hace falta aprender a escuchar el lenguaje silencioso de la luz.
