La Antártida no siempre fue el continente helado que conocemos hoy. Hace unos 55 millones de años, la región tenía un clima mucho más cálido y húmedo, y sus costas estaban habitadas por algunos de los primeros pingüinos. Ahora, un equipo de paleontólogos ha descubierto que los huesos fosilizados de aquellos animales conservan algo más que sus restos: también contienen señales químicas del entorno en el que vivieron.
El descubrimiento se ha producido en la isla Seymour, cerca de la península antártica, una zona especialmente importante para estudiar la evolución del clima del continente. Allí existe uno de los registros más completos de fósiles de pingüinos del Eoceno, una época en la que la Antártida pasó progresivamente de unas condiciones cálidas y húmedas a un clima mucho más frío.
Los huesos revelan una huella química del clima antártico
Para estudiar los fósiles sin dañarlos, los investigadores utilizaron microfluorescencia de rayos X (micro-XRF), una técnica que permite analizar la composición química de una superficie. Al aplicarla sobre los huesos, encontraron diferencias importantes entre fósiles procedentes de distintas épocas.
Los ejemplares de hace unos 55 millones de años presentaban concentraciones especialmente elevadas de titanio, silicio y potasio. Los investigadores relacionan estos elementos con una mayor meteorización de las rocas y un mayor aporte de materiales desde tierra, algo compatible con un clima más cálido y húmedo y con una mayor cantidad de agua circulando por el terreno.
Los fósiles más recientes, correspondientes a periodos en los que el clima ya era más frío, mostraban señales mucho menores de estos elementos. De esta forma, los huesos permiten seguir parte de la transformación ambiental que experimentó la región durante millones de años.
El análisis también encontró hierro, manganeso y azufre, que aportan información sobre los cambios químicos producidos en los sedimentos marinos mientras los restos quedaban enterrados.
Lo más interesante es que estos fósiles podrían convertirse en una fuente adicional para estudiar el clima del pasado. Su composición química puede complementar otros registros utilizados por los científicos, como los sedimentos marinos y los microfósiles.
En otras palabras, unos huesos de pingüino de hace 55 millones de años todavía pueden contar cómo era una Antártida muy diferente a la actual.
