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La Voyager 1 está a punto de enfrentarse a uno de los momentos más delicados de toda su historia. La NASA prepara un mensaje que viajará durante casi un día hasta la sonda más lejana creada por el ser humano, una orden que podría permitir que siga funcionando durante varios años más… o convertirse en la última comunicación que reciba desde la Tierra.

La veterana nave se encuentra actualmente a unos 25.000 millones de kilómetros de nuestro planeta, una distancia tan enorme que cualquier decisión requiere una paciencia extrema. Está cerca de llegar a un día luz de distancia. Cada comando tarda alrededor de 23 horas en llegar y los ingenieros necesitan otras 23 horas para saber si la respuesta ha sido positiva.

Por eso, cuando la NASA envíe esta nueva secuencia de instrucciones, no habrá margen para corregir posibles errores. Será una apuesta calculada después de casi cinco décadas de experiencia manteniendo viva una misión que ya ha superado cualquier expectativa.

La arriesgada maniobra que puede mantener viva a la Voyager 1

El objetivo de esta operación, conocida como “Big Bang”, es conseguir algo que parece sencillo pero que en la práctica supone un enorme desafío: ahorrar energía sin poner en riesgo el funcionamiento de la nave. La Voyager 1 obtiene electricidad gracias a un generador termoeléctrico de radioisótopos alimentado por plutonio-238. Cuando fue lanzada en 1977 contaba con mucha más potencia, pero con el paso del tiempo ese sistema ha ido perdiendo capacidad y la NASA ha tenido que apagar diferentes instrumentos y sistemas para alargar su vida útil.

La nueva maniobra busca apagar los calentadores que protegen las líneas de combustible de los propulsores y utilizar otros dispositivos de menor consumo para mantenerlas operativas y evitar que se congelen. Curiosamente, hace aproximadamente un año consiguieron que algunos de estos propulsores volvieran a funcionar.

Si todo funciona como está previsto, la NASA podría ganar la energía necesaria para que la Voyager 1 continúe enviando datos científicos hasta la década de 2030 e incluso recuperar alguno de los instrumentos que se han apagado para ahorrar electricidad.

Recreación de la NASA de la Voyager 1

Pero el riesgo es real. Si las líneas de combustible dejan de funcionar correctamente, los propulsores podrían quedar inutilizados. Y sin ellos, la Voyager 1 no podría mantener su antena orientada hacia la Tierra, provocando que la comunicación con la nave se pierda para siempre.

Antes de enviar esta complicada secuencia a la Voyager 1, la NASA quiere probar el procedimiento con su nave gemela, la Voyager 2. La segunda sonda cuenta con algo más de margen energético y está más cerca de la Tierra, por lo que ofrece una oportunidad más segura para comprobar si la maniobra funciona como esperan los ingenieros. Si las pruebas son satisfactorias, llegará el momento más importante: enviar el mismo comando a la Voyager 1 y esperar casi dos días para conocer el resultado.

La nave que lleva casi medio siglo desafiando al tiempo

La historia de la Voyager 1 es una de las más impresionantes de la exploración espacial. Fue lanzada el 5 de septiembre de 1977 con una misión inicial mucho más limitada: estudiar los planetas gigantes del Sistema Solar.

Sin embargo, acabó convirtiéndose en la primera nave humana en entrar en el espacio interestelar en 2012 y continúa siendo el único objeto construido por nuestra especie que explora directamente esa región situada más allá de la influencia del Sol. Todo esto lo consigue con tecnología creada hace casi 50 años, con ordenadores extremadamente simples comparados con cualquier dispositivo actual y con una cantidad de energía que cada vez es más limitada.

La próxima orden que reciba desde la Tierra será una de las más importantes de su historia. Puede ser el mensaje que permita a la Voyager 1 seguir viajando durante algunos años más o puede convertirse en la última vez que la humanidad consiga hablar con una de sus máquinas más lejanas.