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La noche del 18 de octubre de 1848, un tren que debía salir de la ciudad inglesa de Exeter a las 22:05 sufrió un retraso de 16 minutos por un problema inesperado. Los instrumentos telegráficos de la estación dejaron de funcionar correctamente y los operadores no podían confirmar si el tramo de vía situado más adelante estaba libre. La causa, según un relato histórico, fue una intensa perturbación del campo magnético terrestre relacionada con la actividad del Sol.

El incidente se convirtió en uno de los primeros ejemplos conocidos de cómo las tormentas solares pueden interferir con la tecnología. Sin embargo, había un detalle que no encajaba: durante más de 150 años, las publicaciones científicas situaron el episodio en 1841, cuando la línea ferroviaria todavía no existía.

Un equipo internacional dirigido por la Universidad de Lancaster ha investigado esta contradicción mediante antiguos horarios de trenes, periódicos y registros astronómicos. El estudio, publicado en Space Weather, concluye que el incidente probablemente ocurrió siete años después de lo que se pensaba. La corrección también cambia la cronología de los primeros problemas tecnológicos asociados a las tormentas solares.

El tren de Exeter no podía haberse retrasado en 1841

El origen del misterio se encuentra en un artículo anónimo publicado en Nature en 1871. El texto describía una intensa perturbación magnética ocurrida supuestamente el 18 de octubre de 1841, que había interferido con los instrumentos telegráficos del ferrocarril de South Devon.

Según aquel relato, el tren de las 22:05 permaneció detenido durante 16 minutos porque los operadores no podían comprobar si la vía entre Exeter y Starcross estaba despejada. Las señales eran tan extrañas que el responsable de la estación llegó a sospechar que alguien estaba manipulando los aparatos para impedir su funcionamiento.

El problema es que la línea ferroviaria entre Exeter y Newton Abbot no se inauguró hasta 1846. Por tanto, era imposible que aquel tren hubiera sufrido el retraso descrito cinco años antes de la apertura del recorrido.

James Wild, de la Universidad de Lancaster, y sus colaboradores decidieron revisar la documentación histórica para encontrar una fecha que tuviera sentido. Su búsqueda los llevó a los periódicos locales del siglo XIX, que publicaban regularmente los horarios ferroviarios y permitían comprobar qué servicios circulaban en cada época.

Encontraron que el tren de las 22:05 aparecía en los horarios entre marzo de 1848 y julio de 1849. Con ese intervalo establecido, los investigadores buscaron registros de actividad geomagnética que coincidieran con el día y el mes mencionados en el artículo de 1871.

La respuesta apareció en el observatorio de Greenwich. Sus instrumentos registraron una perturbación especialmente intensa durante la noche del 18 de octubre de 1848, con cambios pronunciados en la dirección y la intensidad del campo magnético terrestre.

Los testimonios de la época respaldan esa reconstrucción. El astrónomo Temple Chevallier documentó un gran grupo de manchas solares al día siguiente, mientras que diversos periódicos describieron auroras visibles en diferentes regiones del Reino Unido. Estas luces que pueden teñir el cielo de verde, rosa y amarillo son una de las manifestaciones más visibles de la interacción entre la actividad solar y la atmósfera terrestre.

La coincidencia entre los horarios, las mediciones magnéticas y las observaciones astronómicas apunta a que el año 1841 fue un error en la publicación original y que el incidente ocurrió realmente en 1848. Los autores consideran esta explicación muy convincente, aunque no han encontrado un parte ferroviario contemporáneo que confirme directamente el retraso de 16 minutos.

Los primeros sistemas telegráficos ferroviarios del siglo XIX podían sufrir interferencias eléctricas durante las tormentas geomagnéticas, afectando a las comunicaciones entre estaciones

Cómo una tormenta solar podía interferir con los trenes del siglo XIX

A mediados del siglo XIX, los ferrocarriles comenzaron a utilizar sistemas telegráficos eléctricos para comunicarse entre estaciones. Estos instrumentos permitían informar sobre el estado de determinados tramos de vía y ayudaban a evitar que dos trenes circularan por una misma sección cuando no era seguro hacerlo.

El sistema empleado en South Devon utilizaba aparatos telegráficos de aguja, que transmitían señales mediante movimientos producidos por corrientes eléctricas. Si los operadores no podían interpretar correctamente esas indicaciones, tampoco podían asegurar que el recorrido estuviera despejado.

La explicación de lo sucedido en Exeter comienza en el Sol. Durante los episodios de actividad solar intensa, las partículas y los campos magnéticos que llegan al entorno terrestre pueden alterar la magnetosfera y provocar tormentas geomagnéticas.

Esas perturbaciones producen cambios en el campo magnético de nuestro planeta y pueden inducir corrientes eléctricas en conductores largos, como los cables telegráficos. En los primeros sistemas de comunicación, esas corrientes adicionales podían alterar las señales y provocar movimientos inesperados de las agujas.

Por tanto, el tren no se averió debido a la radiación solar ni recibió directamente sus efectos. El problema habría estado en los instrumentos que necesitaban los operadores para autorizar su salida, lo que explica cómo un fenómeno ocurrido a millones de kilómetros pudo terminar afectando a un servicio ferroviario británico.

Las interferencias de este tipo se hicieron especialmente conocidas durante el evento Carrington de 1859, una de las mayores tormentas geomagnéticas documentadas. Entonces, las redes telegráficas sufrieron alteraciones importantes y algunos operadores informaron de descargas eléctricas, chispas e instrumentos que continuaban funcionando incluso después de desconectar sus baterías.

Hoy las infraestructuras son muy diferentes, pero el fenómeno físico sigue siendo relevante. Las tormentas geomagnéticas pueden afectar a satélites, comunicaciones, redes eléctricas y sistemas de navegación, aunque sus consecuencias dependen de la intensidad del episodio y de las características de cada sistema.

La diferencia es que actualmente contamos con observatorios solares, satélites y modelos de predicción que permiten vigilar estas perturbaciones. En el siglo XIX, los responsables de una estación ferroviaria podían encontrarse con instrumentos que parecían comportarse por su cuenta, sin disponer todavía de una explicación clara de lo que estaba sucediendo.

Un error de fecha cambia la historia de las primeras tormentas solares

La investigación no solo ha permitido aclarar el caso de Exeter. Durante años, aquel episodio figuró en algunos trabajos científicos como el primer incidente conocido en el que una tormenta solar había provocado problemas en una tecnología humana.

Al trasladar la fecha de 1841 a 1848, otro acontecimiento pasa a ocupar ese lugar. El 19 de marzo de 1847, una perturbación geomagnética interfirió con los sistemas telegráficos de la Midland Railway, cerca de Derby, en Inglaterra, durante una noche en la que también se observó una aurora brillante.

Ese incidente cuenta con un testimonio publicado poco después de los hechos y constituye, según los investigadores, el registro fiable más antiguo identificado hasta ahora de una interferencia geomagnética en una infraestructura tecnológica.

El episodio de Exeter sigue siendo uno de los primeros casos documentados, pero deja de encabezar la lista. La corrección demuestra que estos problemas comenzaron a registrarse prácticamente desde los primeros años de expansión de los sistemas eléctricos, mucho antes de que las tormentas solares se convirtieran en una preocupación para las grandes redes tecnológicas.

También pone de manifiesto el valor de los archivos históricos para la investigación científica. Los registros magnéticos de Greenwich, las observaciones de manchas solares y los horarios ferroviarios han permitido reconstruir un acontecimiento que ninguna de esas fuentes habría podido explicar por separado.

Conservar esos documentos resulta útil porque los instrumentos modernos solo cubren una parte relativamente pequeña de la historia de la actividad solar. Los testimonios antiguos permiten ampliar las series de observaciones y comparar episodios ocurridos en condiciones muy diferentes de las actuales.

Esta información tiene aplicaciones que van más allá de la curiosidad histórica. Comprender cómo se comportaron las perturbaciones geomagnéticas del pasado puede ayudar a evaluar los riesgos para infraestructuras que hoy dependen de la electricidad y las comunicaciones, incluidas las redes ferroviarias.

El estudio también invita a revisar otros relatos científicos transmitidos durante generaciones. En este caso, una fecha equivocada en un artículo de 1871 terminó alterando la cronología de los primeros efectos tecnológicos de las tormentas solares, hasta que alguien comprobó un detalle aparentemente menor: cuándo empezó a circular el tren de las 22:05.

Así, un horario ferroviario de hace casi dos siglos ha permitido corregir un episodio de la historia del clima espacial. Los investigadores no han descubierto una tormenta desconocida, pero sí han conseguido situar uno de sus efectos más antiguos en la fecha que mejor encaja con las pruebas conservadas.