La idea parece desmesurada incluso para los estándares de la geoingeniería: construir una gigantesca presa en el estrecho de Bering, entre Alaska y Siberia, para intentar estabilizar una de las corrientes oceánicas más importantes del planeta. Y, aunque suene a ciencia ficción, detrás hay un estudio real firmado por investigadores de la Universidad de Utrecht.
El objetivo no sería enfriar directamente la Tierra, sino proteger la Circulación Meridional de Vuelco del Atlántico (AMOC), un sistema clave para el clima global. Esta circulación transporta agua cálida hacia el norte del Atlántico y devuelve agua más fría hacia el sur, y su debilitamiento podría alterar lluvias, temperaturas y niveles del mar en distintas partes del mundo.
El problema está en el agua dulce y en la estabilidad del Atlántico
Una de las grandes preocupaciones científicas es que el calentamiento global y el deshielo añadan demasiada agua dulce al Atlántico Norte. Eso reduce la salinidad y puede dificultar uno de los mecanismos que ayudan a mantener activa la AMOC. Si esa circulación se debilitara mucho, Europa podría enfriarse regionalmente, la costa este de Estados Unidos podría sufrir mayor subida del nivel del mar y los patrones climáticos de amplias zonas del planeta podrían alterarse.
El estudio de Utrecht parte de una idea muy concreta: si se cerrara el estrecho de Bering, se limitaría el flujo de agua relativamente dulce del Pacífico hacia el Ártico y, a la larga, hacia el Atlántico. En teoría, eso ayudaría a mantener el Atlántico Norte más salado y favorecería una AMOC más estable.
La inspiración viene de hace millones de años
Los investigadores se fijan en un dato geológico llamativo: hace entre unos cinco y dos millones de años, durante parte del Plioceno, el estrecho de Bering estaba cerrado porque Asia y Norteamérica seguían conectadas por tierra. En ese contexto, la AMOC habría sido más fuerte que hoy.
Esa comparación fue una de las pistas que llevó a Jelle Soons y Henk Dijkstra a preguntarse qué ocurriría si ese cierre se reprodujera artificialmente ahora. Para probarlo, recurrieron a modelos climáticos. Sus simulaciones sugieren que una presa en el estrecho podría aumentar la resiliencia de la AMOC y ampliar el margen antes de un colapso, pero solo si se aplicara en el momento adecuado y con una circulación todavía relativamente fuerte.
El momento sería casi tan importante como la presa
Ese es probablemente el detalle más importante de toda la propuesta. El estudio no dice que cerrar el estrecho de Bering sea automáticamente una buena idea. De hecho, insiste en que el resultado depende mucho del estado previo de la AMOC.
Si la circulación ya estuviera demasiado debilitada, una intervención así podría empeorar el problema en lugar de resolverlo. Por eso la presa aparece más como una medida extrema de último recurso que como un plan realista a corto plazo. Los propios investigadores la presentan como una exploración dentro de modelos climáticos, no como una obra lista para ponerse en marcha.

El tamaño del proyecto lo vuelve casi inabarcable
Incluso dejando a un lado la incertidumbre científica, la escala del plan es brutal. La propuesta contempla una infraestructura de alrededor de 82 kilómetros dividida en tres secciones a través del estrecho de Bering.
Eso implicaría retos de ingeniería gigantescos, pero también problemas geopolíticos, ecológicos y económicos difíciles de exagerar. No es solo una cuestión de levantar una barrera en una de las zonas más duras y remotas del planeta. También habría que pensar en rutas marítimas, ecosistemas marinos, pesquerías, migraciones de fauna, comunidades indígenas y, por supuesto, en la cooperación entre Estados Unidos y Rusia para construir una obra de ese tipo en un punto tan sensible.
Otro matiz importante es que la AMOC preocupa mucho, pero la comunidad científica no coincide del todo en cuán cerca está un colapso total. Hay estudios y observaciones que apuntan a un debilitamiento, mientras otros trabajos recientes sostienen que un colapso completo este siglo es poco probable, aunque sí prevén una circulación más débil y con impactos importantes.
Eso no vuelve irrelevante la propuesta del estrecho de Bering, pero sí obliga a leerla con cautela. No estamos ante una solución acordada por consenso, sino ante una hipótesis extrema para intervenir sobre un sistema climático extremadamente complejo.
Más que una solución, es una idea que busca provocar debate
En el fondo, lo más interesante del estudio quizá no sea la presa en sí, sino lo que revela sobre el momento actual. Cuando empiezan a discutirse planes de esta escala, queda claro hasta qué punto preocupa la estabilidad de los sistemas climáticos del planeta.
La propuesta funciona casi como una señal de alarma: si la mitigación falla, las medidas que entran en la conversación se vuelven cada vez más drásticas. Y precisamente por eso, la conclusión más sensata sigue siendo bastante menos espectacular. La forma más fiable de proteger la AMOC no pasa hoy por levantar una megainfraestructura entre Alaska y Siberia, sino por reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y evitar que el sistema se acerque más a ese punto de riesgo.