El estrés forma parte de la vida. Es una respuesta natural del organismo ante situaciones que exigen adaptación, ya sea física o emocional. Pero cuando esa tensión se mantiene en el tiempo o aparece de forma brusca e intensa, puede convertirse en un problema serio para la salud cardiovascular.

“El estrés no deja de ser la respuesta de nuestro organismo ante toda demanda de cambio, real o imaginaria”, explica el Dr. Jordi Balcells, jefe del servicio de Cardiología del Hospital Universitari General de Catalunya. Y añade una distinción clave: no todo el estrés es malo.

Dr. Jordi Balsells

Estrés bueno y estrés malo

Existe un estrés positivo, conocido como eustrés, que ayuda a reaccionar rápidamente ante una amenaza o una situación que requiere una respuesta inmediata. Es el mecanismo que activa el cuerpo cuando necesitamos actuar con rapidez.

El problema aparece con el llamado distrés, cuando esa respuesta se vuelve persistente o demasiado intensa. “A menor estrés, menor riesgo de padecer un evento cardiovascular”, resume el especialista. Aquí conviene diferenciar entre estrés crónico y estrés agudo, ya que ambos pueden afectar al corazón, aunque de formas distintas.

Cómo afecta el estrés crónico al corazón

El estrés crónico se instala poco a poco: presión laboral constante, falta de descanso, sobrecarga familiar, incertidumbre económica o ansiedad mantenida. Aunque no siempre se percibe de forma evidente, sus efectos sobre el organismo son reales.

Este tipo de estrés favorece la liberación continuada de hormonas como la adrenalina y el cortisol, que aumentan la frecuencia cardiaca, elevan la presión arterial y generan inflamación.

Además, contribuye a la vasoconstricción, altera el metabolismo del colesterol y favorece la formación de placas de ateroma en las arterias. A esto se suman hábitos poco saludables que suelen aparecer de forma silenciosa: sedentarismo, mala alimentación, tabaquismo o exceso de alcohol. Todo ello incrementa el riesgo de hipertensión, diabetes e infarto.

¿Un disgusto puede desencadenar un infarto?

Sí, y no es solo una manera de hablar. Un susto fuerte, una discusión intensa, una pérdida importante o una noticia impactante pueden desencadenar un evento cardiaco agudo, incluso en personas sin antecedentes.

“El estrés agudo puede provocar una enfermedad muy parecida al clásico ataque cardiaco”, señala el Dr. Balcells. En estos casos, la liberación brusca de catecolaminas y cortisol puede generar una alteración grave del funcionamiento del corazón, incluso sin que exista una obstrucción real en las arterias coronarias.

El síndrome del corazón roto

Es lo que se conoce como síndrome de Takotsubo o síndrome del corazón roto. Se trata de una miocardiopatía por estrés que imita los síntomas de un infarto: dolor en el pecho, dificultad para respirar o incluso pérdida de conocimiento.

Es más frecuente en mujeres posmenopáusicas y representa hasta un 5 % de los ingresos por sospecha de infarto. Lo llamativo es que, al realizar el cateterismo, no suele encontrarse una obstrucción coronaria significativa.

“Habitualmente se trata de una condición reversible y más del 95 % de los pacientes se recuperan completamente”, explica el cardiólogo. Aunque en un pequeño porcentaje puede provocar complicaciones graves como arritmias o shock cardiogénico.

El estrés no actúa solo

Aunque el estrés puede ser un desencadenante por sí mismo, su impacto es mucho mayor cuando se combina con otros factores de riesgo como hipertensión, colesterol alto, diabetes o tabaquismo. En estos casos, el estrés actúa como un auténtico “gatillo” que precipita el evento cardiovascular.

También se observa con frecuencia en perfiles especialmente expuestos: profesionales con alta presión asistencial, personas con turnos laborales exigentes, cuidadores o pacientes con ansiedad mantenida.

Señales de alerta que no conviene ignorar

Hay síntomas que pueden indicar que el estrés está empezando a afectar de forma seria a la salud cardiovascular: fatiga constante, insomnio, palpitaciones frecuentes, dolor en el pecho, sudoración continua, irritabilidad, problemas digestivos o dificultad para concentrarse. Si estos signos se mantienen en el tiempo, conviene consultar. “El principal problema no es el estrés en sí, sino cuando deja de ser adaptativo y empieza a perjudicar la salud”, recuerda el especialista.

Cómo proteger el corazón frente al estrés

La prevención pasa por medidas sencillas pero muy eficaces: ejercicio físico regular, alimentación saludable, descanso suficiente y abandono del tabaco.

Dormir al menos siete horas, reducir excitantes como café o té, practicar técnicas de relajación como yoga, meditación o respiración consciente y, si es necesario, buscar apoyo psicológico son herramientas con respaldo científico. Porque no se trata de eliminar por completo el estrés —algo imposible—, sino de aprender a gestionarlo. “El estrés no siempre es negativo. La clave está en cómo lo afrontamos”, concluye el Dr. Balcells.