No habíamos pronunciado prácticamente nunca las palabras PCR, ni antígenos, ni anticuerpos. Pero ya existían, evidentemente. A partir del 14 de marzo del 2020 salieron de golpe de los laboratorios y de los nichos sanitarios y se han extendido en el vocabulario diario común. Un año después del decreto del estado de alarma por la pandemia de la Covid-19, escuchamos estas (y otras palabras dignas de tesis doctoral en microbiología aplicada) tres o cuatro veces al día. Mínimo.

Este lunes, con una Rt "controlada" (0'92) pero con 21.015 vidas perdidas en Catalunya, podemos mirar atrás con una cierta perspectiva y recordar los tres primeros meses de confinamiento duro. Las periodistas Núria Casas, Cèlia Forment y Alba Solé los registraron en el documental, Pandemia 2020: Crónicas de un cambio de vida, que visto con el tiempo evidencia la confusión y —porque no decirlo— cierta improvisación de este periodo.

1 año, 365 días, 8760 horas. Este es el tiempo que ha pasado desde que los entonces presidentes -Quim Torra y Pedro Sánchez- anunciaron que la población se tenía que confinar, de encerrar en casa porque una pandemia mundial amenazaba nuestra salud. Si aquel 14 de marzo alguien nos hubiera dicho que nos habríamos quedado encerrados cerca de 4 meses, lo habríamos tratado de loco. O de poco realista. Prensa y población no habíamos tenido tiempo de hacer un proceso de mentalización moral. Todo nos vino encima. Ahora bien, no todos nos quedamos recluidos, muchos trabajadores esenciales salían a trabajar.

El ejemplo flagrante son los sanitarios. Hace 1 año, Alba Lloys, enfermera del Hospital Sant Joan de Déu de Manresa, se apuntaba a formar parte del proyecto documental. Su participación en el documental fue clave. Era nuestros ojos dentro del hospital, dentro de las UCI. Hoy, un año después nos explica cómo se ha sentido, cómo ha cambiado y cómo se encuentra con toda la carga emocional que arrastra:

"Ha pasado un año desde que empezó el cambio, un año duro, de adaptación, de aprendizaje, de valoraciones y mirar hacia adentro. Durante este tiempo me he visto superada por el trabajo, por las emociones, por las vivencias, todo eso me lo guardo, porque formará para siempre parte de mi vida, una piedrecita más en mi mochila donde por suerte la gente que más amo sigue estando a mi lado.

Por suerte, hemos visto que no somos nada, pero que con poco podemos llegar a la felicidad, saliendo a correr, jugando al monopoli, haciendo un vermú, pero también he visto cómo de duro es que te digan lo que puedes y no puedes hacer, me han quitado la libertad.

Todos nos hemos adaptado a las restricciones por incomprensibles que nos parecieran, he visto cómo mis dos hijas adolescentes se han adaptado a perder las primeras veces en muchas cosas, preparar la selectividad, celebrar los 18 años, perder los encuentros de los amigos, los partidos de fútbol. He sufrido por ellas, han perdido mucho, hemos dejado de lado a los jóvenes y a nuestros mayores. En casa solamente tenemos unos abuelos, mis suegros, los hemos mimado tanto como hemos podido, pero ya no los abrazamos, ni les damos besos, ni siquiera podemos encontrarnos por miedo a contagiarlos.

Una Navidad extraña, solitarios con distancia. Nos falta mucha autocrítica para saber donde hemos fallado, a los que hemos apartado, a los que hemos dejado sin trabajo, arruinados. Como sociedad hemos respondido, y mi conclusión viendo y pensando en todo lo que hemos vivido es muy crítica con la "clase" política que tenemos, desde el principio se decía tests masivos y aislar a todos los positivos, seguir y hacer funcionar la rueda, pero no, no lo hemos hecho, hemos arruinado el país, y ahora que toca vacunar ni siquiera lo hacemos bien.

Tenemos una sociedad triste, unos sanitarios agotados y mucha gente arruinada. Aunque busco y encuentro mis momentos de felicidad, la montaña, el deporte y la familia me los da, con todo eso que nos da vueltas cuesta ser optimista."