En un libro de autoayuda leí que un líder es un hombre que quiere una cosa, se levanta y va a buscarla. Pedro Sánchez (1972) sería un poco eso: un guapo de anuncio de colonia, con un barniz de vanidad ingenua y quijotesca, que a los 26 años ya decía que sería secretario general del PSOE y presidente de España. Entonces sólo lo admiraban los amigos porque allí donde ponía el ojo ponía la caña —y pescaba—. Había dejado el baloncesto hacía poco tiempo, consciente de que nunca sería un jugador brillante, y había conseguido una beca para trabajar en el grupo socialista de Bruselas, a pesar de no saber bien el inglés. Pedro Sánchez en un acto en el Prat de Llobregat / Sergi Alcàzar Hijo de una familia acomodada de Madrid que leía El País, Sánchez se afilió al PSOE a los 21 años, coincidiendo con la última victoria de Felipe González, aquella que abrió paso a una larga y tortuosa renovación de caras. Desde entonces, Sánchez ha dado pruebas de tener tanta ambición como confianza en si mismo. Después de Bruselas, consiguió que Carlos Westendorp se lo llevara en misión de paz a Bosnia, y el año 2000 entró en la estructura del partido de la mano de Pepe Blanco, el secretario de organización de Rodríguez Zapatero. A diferencia de otros chicos de Blanco, que ahora forman parte de su equipo, prosperó a trancas y barrancas. En el 2003 concurrió a las municipales de Madrid y no entró por muy poco. En el 2008 y en el 2011 fue a las listas para el Congreso y tampoco fue escogido por los pelos. Siempre consiguió una silla de rebote, sustituyendo a una baja. En el 2010, antes de volver a quedar fuera por tercera vez, ganó el premio que dan los periodistas parlamentarios al diputado revelación. Aun así, siempre se lo consideró el patito feo del grupo de chicos que controlaba Blanco. El secretario de organización le daba los trabajos más grises y pesados.
Los compañeros de la escuela no recuerdan a Sánchez como un niño brillante, pero Susana Díaz también creyó que era tonto –"el guapito", lo llama– y así le regaló la victoria en las primarias
En el 2011, cuando todo el mundo esperaba que se rendiría, Sánchez se puso a hacer una tesis sobre la diplomacia española. La terminó en un tiempo récord, 18 meses. Su idea era dedicarse a la docencia mientras no mejorara su suerte en el partido, pero pronto volvió al Congreso y pasó a combinar el doctorado con responsabilidades políticas. La tesis, depositada en la Universidad Camilo José Cela, donde es profesor asociado, fue calificada con un Cum Laude. Después, cuando Sánchez ganó las primarias, la prensa la fue a buscar y los especialistas la han trinchado. Los fragmentos que han trascendido son de una banalidad inenarrable, y refuerzan su imagen de hombre insustancial y frívolo, aupado para barnizar el régimen bipartidista. Curiosamente, el nombre de Sánchez empezó a sonar en la presentación del libro que publicó a partir de esta tesis, a la cual asistió la cúpula del PSOE para sorpresa de muchos periodistas. Los compañeros de la escuela no recuerdan Sánchez como un niño brillante, pero Susana Díaz también se pensó que era tonto –"el guapito", lo llama– y así le regaló la victoria en las primarias. La ambiciosa presidenta de la Junta de Andalucía quería llegar a la secretaría general por aclamación. Aunque algunos barones le dieron apoyo, Eduardo Madina, su principal rival, se negó a retirarse. Sánchez hacía tiempo que se preparaba para reivindicar una posición  preeminente en el partido, pero esperó a que Díaz renunciase, para formalizar la candidatura. Entonces Díaz ordenó a sus hombres que le dieran apoyo para fastidiar a Madina.
Sánchez ha envejecido –o disimula menos la edad para darse un aire de experiencia–, pero sabe encajar las puñaladas y no hay nadie en el PSOE que crea tanto como él en sus posibilidades
Pedro Sánchez y Carme Chacón saliendo de una reunión en Barcelona / Sergi Alcàzar Sánchez hizo más de 40.000 kilómetros con su Peugeot 407 para darse a conocer entre los militantes. Así, en pleno apogeo de caras nuevas y fotogénicas, en julio de 2014 se convirtió en secretario general del PSOE. Vestido con camisa blanca y tejanos, el cabello joven y la piel fresca como salida de una piscina de nuevo rico, el día de la victoria anunció el principio del fin de Mariano Rajoy. Lo dijo con un aplomo que no se veía desde hace 10 años, cuando Zapatero se convirtió en presidente contra pronóstico. Desde entonces Sánchez ha envejecido –o disimula menos la edad para darse un aire de experiencia. En todo caso, ha demostrado que sabe encajar las puñaladas y que no hay nadie a su partido que crea tanto como él en sus posibilidades. En los mítines Sánchez dice que sólo necesita un voto más que Rajoy para gobernar. Eso le permite atraer el voto útil de los centros urbanos, proclives a Podemos o Ciudadanos, y reservarse la posibilidad de desbancar al PP, a pesar de tener menos diputados. Vete a saber si un tripartito de guapitos es lo que necesita España. Sánchez, Iglesias y Rivera son la versión pop de la España de la transición. España quiere volver a sentirse guapa, joven y democrática, sin quitar la bota del cuello de Catalunya. A veces, los triunviratos funcionan, sobre todo cuando la lucha por el poder tiene un componente más generacional que ideológico. Sánchez tiene más que perder que Iglesias y Rivera, pero también puede ganar más. Si saca un voto más que Rajoy puede ser presidente y si saca un voto menos que Rivera, de su cara de Casanova latinoamericano que guiña el ojo a las mujeres, no quedará ni la calavera.  

Este perfil fue publicado el 4 de diciembre de 2015

 
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