Antes en el Parlament de Catalunya casi nunca ocurría nada. Tuvo sus momentos, pero la mayoría de los días era uno de los lugares más aburridos del planeta. Incluso cuando había sesión plenaria. El pasado martes no había pleno, ni comisiones, solo una breve reunión de la Mesa, pero la actividad político-mediática fue intensísima. Mañana y tarde los grupos parlamentarios usaban el atril única y exclusivamente para atacar a los rivales, que podían ser de dos tipos: adversarios o aliados. Los aliados también pueden ser rivales como lo demuestran cada día el PP y Ciutadans. Y también pueden ser compañeros de viaje como Junts per Catalunya y ERC, que se detestan tanto como se necesitan y van jugando con fuego en un barco de madera inflamable.

Me hacía una cierta ilusión volver al Parlament después de casi cinco años. Allí pasé alguno de los momentos más emotivos como periodista. Ahora, en el Parlament hay muchos más periodistas, no creo que exagere si digo que quizá se han multiplicado por diez o por quince. Antes quizás encontrabas una o dos cámaras de televisión, tres los días de misa solemne. En cambio ahora, antes de entrar, ya encuentras a media docena de unidades móviles aparcadas con las parabólicas bien dispuestas. Claro que entonces solo había 24 diputados independentistas y ahora son 70. También es cierto que el partido de Albert Rivera era la sexta fuerza política y ahora se ha convertido en la primera multiplicada por cuatro y con el chico de La Garriga dispuesto a gobernar España. En el Parlament hay más periodistas pero me temo que también hay menos periodismo. Y más trincheras.

Siempre consideré que el feedback que recibimos los periodistas de nuestros artículos, las llamadas de los políticos disconformes, lo que denominábamos "presiones del poder" a la vez que nos generaban estrés, también alimentaban nuestra vanidad. Era la constatación de que tu trabajo tenía trascendencia e importaba a alguien. Recuerdo los viejos tiempos en los que las broncas de Jordi Pujol primero te desestabilizaban, pero luego te enorgullecían. Después de todo, si el presidente te interpelaba significaba también que eras un tipo importante.

Las sensaciones cambian mucho cuando escribes desde el extranjero sobre presidentes a quienes les importa un bledo lo que escribas porque de hecho no saben ni que existes. La vanidad periodística crece porque escribes sobre asuntos trascendentales que afectan al mundo entero y la crónica casi siempre se destaca en portada. Te sientes muy importante, porque estás señalando a los lectores hacia dónde va el mundo. Tienes la suerte de que por mucho que te empeñes en denunciar las políticas xenófobas de Donald Trump, los abusos de la policía con los afroamericanos o los millones de dólares acumulados por los Clinton mientras realizan obras de caridad, el teléfono nunca suena con censuras, con reproches, amenazas o querellas. Después de cuatro años ejerciendo de corresponsal, uno se acostumbra a escribir sin ambages. Con todo el rigor exigible, por descontando, pero llamando a las cosas por su nombre sin temor a las consecuencias. Esto ahora y aquí es una utopía. Ahora la presión es previa y la autocensura una obligación

En Catalunya los periodistas ya no pueden hablar por teléfono con determinados políticos que se saben espiados, perseguidos y con la amenaza permanente de ser encarcelados

Es difícil practicar el periodismo con el sentido crítico que corresponde en medio del fuego cruzado entre trincheras. Hay más periodistas que antes, sí, pero están muy mal pagados y saben que si se salen de la línea perderán su empleo. Los medios se han alineado directamente en bandos. Nunca como ahora, ni siquiera en las postrimerías del franquismo, los medios de ámbito español y los de referencia en el ámbito catalán se habían entregado tan unánimemente al oficialismo que ovaciona un Gobierno como el de M. Rajoy infestado por la corrupción, agresivo con los derechos de los ciudadanos y abanderado de una deriva antidemocrática.

El trabajo es cada vez es más difícil, porque en Catalunya los periodistas ya no pueden hablar por teléfono con determinados políticos que se saben espiados, perseguidos y con la amenaza permanente de ser encarcelados. Los más avispados intercambian información con mensajes de texto mediante sofisticadas aplicaciones supuestamente inespiables. La sensación en el salón de los Passos Perduts, cuando te paras a hablar con un diputado o un miembro de la Mesa, es que todo el mundo te vigila y le vigila. Coges a un político por el brazo para arrancarle información y en un minuto te rodean media docena de colegas dispuestos a compartir lo que te trabajabas tú solo. Ni siquiera puedes ir a encontrarte con los diputados en el despacho cuando los necesitas, como ocurría antes, porque el acceso a los grupos parlamentarios se ha restringido considerablemente.

La situación es tan extrema que hasta el propio periodista se interpela a sí mismo sobre su papel en el campo de batalla. El movimiento soberanista ha cometido graves errores, pierde el tiempo y las energías en peleas cainitas de vuelo gallináceo o en peligrosos enfrentamientos autodestructivos, que hay que poner en evidencia (porque solo la verdad nos hará libres), pero cuando el poder político español, el poder judicial, incluso los obispos y buena parte de los medios han puesto la unidad de España como un bien a preservar por encima de cualquier otro, tampoco es justo poner en el mismo nivel de denuncia a los que bombardean y a los que intentan sobrevivir.

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