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El 8 de julio de 2016, Convergència Democràtica de Catalunya cerraba definitivamente una etapa de cuarenta años que había liderado la política catalana. Lo hacía en un congreso rápido, sin grandes escenificaciones y con el peso de un contexto adverso: la confesión de Jordi Pujol, la presión judicial, el desgaste político y un país inmerso en el proceso independentista. Dos días más tarde, el PDeCAT nacía con la voluntad de dar continuidad a aquel espacio. Diez años después, El Nacional.cat ha podido hacer balance con una quincena de protagonistas y el mensaje de los protagonistas es ampliamente crítico y atravesado por una idea recurrente: el cierre de CDC fue un error. De hecho, casi todos los dirigentes hacen autocrítica, subrayando que, casi todos, avalaron la decisión de cerrar el chiringuito del partido fundado por Jordi Pujol en Montserrat en 1974.

Una decisión marcada por la coyuntura

La lectura compartida entre los dirigentes es que la decisión de disolver Convergència se tomó bajo una presión extraordinaria. El actual secretario general de Junts, Jordi Turull, quien aspiró a liderar CDC y el PDeCAT, lo sintetiza afirmando que se adoptó "una decisión estructural por motivos coyunturales", en un contexto de "acoso judicial" y de desgaste social. "Había un acoso judicial, en el que después se ha demostrado el papel de las cloacas del Estado, y también había otras cuestiones como los recortes, que afectó mucho lo que era la gran alma social de Convergència", recuerda Turull. El actual presidente del Parlament y excoordinador general de CDC, Josep Rull, coincide en que fue una decisión "precipitada por un momento muy específico", mientras la exportavoz convergente y primera coordinadora general del PDeCAT, Marta Pascal, admite que era necesaria una actualización, pero no necesariamente la desaparición. "Convergència trascendía las siglas de un partido, suponía una manera de hacer política y de entender el país, y al hacerla desaparecer como estructura los catalanes han perdido el punto de referencia", reflexiona Pascal. El exalcalde de Barcelona y el presidente del congreso que cerró Convergència, Xavier Trias, es contundente: "Fue un grave error", fruto de una cierta ingenuidad ante el Estado. En la misma línea, el exconseller de Justicia, Germà Gordó, recuerda que él mismo "batalló hasta el último segundo" para evitar el cierre de una "marca de éxito". El expresidente de la ACM, exconseller de Interior y que formaba parte de la ejecutiva de CDC, Miquel Buch, también lo tiene claro: "Viendo lo que hemos perdido, ha sido un gran error".

Otras voces introducen matices. El primer coordinador de organización del PDeCAT, David Bonvehí, explica que la decisión se vivió como una necesidad jurídica y estructural, aunque posteriormente admite que se erró al no reconocer el legado. Jordi Cuminal recuerda que los abogados recomendaban disolver el partido, mientras recuerda que en las reuniones de la Permanente el único miembro que no entendía la decisión era Francesc Homs. Asimismo, el exdiputado en el Congreso Carles Campuzano hace autocrítica por haber avalado el cambio en aquel momento. La expresidenta del PDeCAT Neus Munté también concluye que "habría sido posible otra decisión". Francesc Sánchez, encargado de cerrar jurídicamente el partido, contextualiza aquella elección como una "tormenta perfecta" y admite que el desacuerdo interno —con un 30% en contra— debería haber hecho replantear el paso. El alcalde de Igualada y uno de los primeros miembros de la ejecutiva del PDeCAT, Marc Castells, habla de una decisión comprensible en aquel momento, pero equivocada vista con perspectiva, mientras el exsecretario de política municipal de Junts y uno de los primeros miembros de la ejecutiva del PDeCAT, David Saldoni, reconoce que se pensó que cambiar de herramienta sería más sencillo de lo que realmente fue. El expresidente Artur Mas, en declaraciones a la ACN, cree que la decisión de enterrar las siglas se la podrían haber "ahorrado", si bien la defiende atendida la voluntad de "salvar el proyecto" convergente.

Xavier Trias, como presidente del último congreso de CDC / Efe

El nacimiento difícil del PDeCAT

Si hay consenso en el error del cierre, todavía hay más en la diagnosis del PDeCAT. Turull lo define como un proyecto que "ya nació mal" y con el que "mucha gente no se sintió igual de ligada". Rull apunta que nació en medio de una tensión política extrema que no permitió construirlo con solidez, y Pascal insiste en que no tuvo el tiempo necesario para arraigar. Trias recuerda que ya desde el principio había problemas, incluso con el nombre, y Gordó critica una estructura organizativa "extraña" y poco funcional. Bonvehí admite que se introdujeron cambios que rompían con la esencia anterior, mientras Cuminal señala que los nuevos dirigentes quisieron marcar demasiada distancia con CDC. "El nombre original que se planteaba en las reuniones era Junts per Catalunya, pero como estábamos en el grupo parlamentario de Junts pel Sí, se decide descartar para no ofender a ERC", explica Cuminal, recordando la disputa de nombres entre Partit Nacionalista Català, Junts per Catalunya y Partit Demòcrata Català.

Buch atribuye parte del fracaso a liderazgos equivocados, y Castells destaca que el partido "no nació de la ilusión", condición imprescindible para el éxito. Saldoni añade que los liderazgos no estaban alineados y que había tensiones entre la estructura formal y el liderazgo político real, recordando cómo en la lista de las elecciones al Parlament de diciembre de 2017 había muy poca gente de la cúpula del partido. Campuzano considera que el PDeCAT nació "demasiado débil" para ser el instrumento de renovación que se pretendía y recuerda que "algunos lo veían incluso demasiado convergente y que por eso crearon la Crida". Asimismo, Munté insiste en que "no se supo explicar" ni incorporar todos los activos de Convergència. Francesc Sánchez apunta a la falta de relevo ordenado después de la salida de figuras como Mas o Pujol, mientras Saldoni y Bonvehí remarcan que el contexto del procés desbordó cualquier intento de construcción orgánica.

 

La ruptura con el legado convergente

Una de las autocríticas más repetidas es la falta de reivindicación del pasado. Turull lamenta que mucha gente no se sintiera igualmente vinculada al nuevo partido, mientras Rull recuerda el valor de una transversalidad que había costado décadas construir. Pascal habla de una pérdida de un "punto de referencia" para el país. Trias considera que se cayó en la trampa de pensar que cerrando el partido se resolvían los problemas, y Bonvehí denuncia que se intentó "cambiar el proyecto político" sin reconocer su historia. Gordó insiste en que CDC era una "marca de éxito" que no se debería haber abandonado.

Cuminal subraya que muchos militantes no dieron el paso al PDeCAT, y Buch critica que se haya abandonado una forma de hacer política que todavía tiene demanda. Castells habla de "añoranza" entre dirigentes y ciudadanos, mientras Saldoni recuerda que la reacción ante las malas praxis fue "cortar y hacer fuego nuevo", sin valorar alternativas. Campuzano admite que se optó por cambiar de discurso en lugar de renovarlo, y Munté defiende que hay que mantener aquello que funcionó dentro de los nuevos proyectos. Sánchez sintetiza esta idea afirmando que faltó "valentía para reivindicar" la propia identidad.

Votaciones para decidir el partido heredero de Convergència, que acabaría siendo PDeCAT, el 10 de julio de 2016 Efe

El peso del procés y la presión del Estado

El contexto político y judicial está presente en todas las reflexiones. Turull y Trias denuncian el "acoso" y el papel de las cloacas del Estado, mientras Cuminal considera que el objetivo era destruir Convergència una vez abrazó el independentismo. Bonvehí y Saldoni recuerdan que el partido se volcó en el procés, a menudo en detrimento de su identidad propia. Rull y Pascal hablan de una intensidad política y mediática excepcional, y Sánchez destaca que CDC quiso "romper el statu quo" con España. Campuzano introduce un matiz importante: a pesar del contexto adverso, rechaza utilizarlo como excusa para errores internos. Munté también señala que los factores fueron múltiples y no se pueden simplificar, mientras Buch y Castells apuntan que otros partidos, como PP y PSOE, han resistido crisis igualmente graves sin disolverse.

A pesar de la desaparición de las siglas, todos los dirigentes coinciden en la vigencia de una forma de hacer política. Turull habla de valores como la cultura del esfuerzo, el compromiso con el país y el equilibrio territorial. Rull lo define como un catalanismo integrador y modernizador, y Pascal como una forma de entender el país. Trias destaca la capacidad de aglutinar sensibilidades diversas, mientras Gordó defiende recuperar un espacio soberanista amplio y pragmático. Bonvehí, sin embargo, matiza que este estilo no es exclusivo de ningún partido, y Cuminal pone el acento en la capacidad de interpretar el país desde una posición central.

Buch reclama recuperar este espacio de centro, Castells habla de ello con nostalgia y Saldoni cree que todavía hay margen para ampliarlo. Campuzano advierte que el contexto ha cambiado y que no se puede reproducir el pasado, mientras Munté apuesta por incorporar estos valores dentro de Junts. Francesc Sánchez considera que hay un esfuerzo real por recuperar esta mirada en el presente, y muchos coinciden en que Junts es hoy el principal depositario —con matices— de este legado.

Comité Ejecutivo Nacional de Convergencia / Sergi Alcàzar

El reto actual: reconstruir un espacio central

Diez años después, el debate se centra en el futuro. Turull defiende que Junts recoge buena parte de este espíritu, mientras Rull y Munté también apuntan en esta dirección. "Los orígenes de CDC son muy similares a los de Junts: gente de procedencias diferentes, muy transversal, unidos por un objetivo de país y un liderazgo fuerte. Con CDC el President Pujol en 1974, hacer nación, con el president Puigdemont en 2017 alcanzar el estado propio", defiende Turull, mientras Rull considera que la forma de hacer "convergente" continúa vigente dentro de Junts per Catalunya. Además, Trias habla de una "voluntad de reencuentro" dentro del espacio, y Gordó apuesta por una reconstrucción colectiva con Junts como eje central. Sin embargo, Gordó apunta que Junts, para parecerse a Convergencia, debería convertirse en soberanista, en vez de independentista, con el objetivo de reunir al mayor número de personas posible. 

Bonvehí, sin embargo, se muestra escéptico sobre la continuidad directa, y Cuminal plantea que el reto es volver a interpretar el país desde una centralidad política. Buch insiste en la necesidad de un partido de centro fuerte, mientras Castells y Saldoni apuntan a fórmulas para ampliar y reagrupar el espacio, tal como ya se está haciendo de cara a las elecciones municipales. "¿Por qué si se hace en las municipales, no se puede hacer también en las otras elecciones?", se pregunta la ex mano derecha de Turull en Junts. Campuzano, en cambio, es más escéptico y recuerda que el país ha cambiado profundamente, mientras Sánchez destaca la dificultad de reconstruir un espacio dañado por factores externos como la cárcel y el exilio.