Confieso que el jueves, viendo el pleno del Congreso, dudé entre llamar a un politólogo o a un psiquiatra. El marcador decía que el PP había sacado adelante una moción que insta a Pedro Sánchez a someterse a una cuestión de confianza y dimitir si la pierde, con 178 votos a favor gracias a PP, Vox, Junts y UPN, frente a 171 en contra del PSOE, Sumar y sus socios habituales. Jurídicamente, la cosa es sencilla: la Constitución reserva al presidente la facultad de plantear la cuestión de confianza, el Congreso solo puede “instarle” y el texto aprobado tiene carácter político, sin vinculación jurídica. Traducido: el Parlamento te dice que enseñes las cartas, pero tú decides si barajas o si haces como que no has oído nada.
Lo normal, en esas circunstancias, sería ver al presidente serio, tenso, midiendo el coste de aparecer con una mayoría de la Cámara pidiéndole que se someta al examen o se vaya a casa. Pero lo que vimos fue a Sánchez riéndose, girándose hacia su bancada, satisfecho, como si le hubieran aprobado un decreto de ayudas y no una moción que certifica su debilidad parlamentaria. En Horizonte ya comentábamos la escena porque producía estupor: esa alegría incomprensible, ese gesto de quien parece haber perdido la cabeza, o, peor aún, de quien sabe que está ganando precisamente cuando parece que pierde.
La clave está en la foto que tanto le gusta: “las derechas” votando juntas. En su relato, el jueves no fue la constatación de que ha perdido la mayoría, sino la prueba de que PP y Vox se han quitado la careta y se han abrazado en público, acompañados por Junts, ese socio que hasta ayer era imprescindible para la gobernabilidad y hoy sirve de extra en la escena de la reacción. La moción no le obliga a nada, pero le regala una imagen que puede enseñar a la militancia: ahí los malos, ahí las derechas, ahí el independentismo que se “equivoca” y se suma a ellas. En su particular manera de entender la política, un revés parlamentario se convierte en material de campaña.
Junts, por su parte, está en lo suyo: tensar la cuerda mientras se acerca el momento de la sentencia de Puigdemont, después del verano, con la amnistía bajo la lupa y la Fiscalía mirando a Catalunya, Bruselas mirando a Madrid y Madrid mirando a su propio ombligo. La misma formación que salva decretos y pacta leyes cuando le interesa, se alinea con PP y Vox cuando puede marcar el territorio, porque sabe que cada gesto en el Congreso se lee en clave judicial y de correlación de fuerzas en el tablero postamnistía. No es que hayan descubierto ahora que el Gobierno anda tocado; es que necesitan demostrar que también saben hundirle el dedo en la herida.
Con ese ruido de fondo llegamos al Comité Federal del PSOE, ese cónclave en el que, según nos cuentan, la militancia está entregada y el apoyo a Sánchez y a “su señora” es casi unánime, clamoroso, de pancarta y aplauso. Desde fuera, sin embargo, la imagen es otra: un Emiliano García‑Page que vuelve a pedir elecciones, que dice que el PSOE está en “el peor momento de su historia reciente” y que advierte que la gente percibe connivencia con la corrupción, mientras el aparato le deja solo y recuerda que la fecha de las generales la decide Sánchez y nadie más.
Más del 70% de los españoles creen que debería adelantar las elecciones, y más de la mitad de los votantes socialistas también quieren ir a las urnas ya
En paralelo, las encuestas empiezan a decir lo que muchos militantes solo se atreven a susurrar: más del 70% de los españoles creen que debería adelantar las elecciones, y más de la mitad de los votantes socialistas también quieren ir a las urnas ya. Es decir, el Parlamento lo empuja hacia la cuestión de confianza o hacia la dimisión, sus propios barones le señalan la puerta de salida y el electorado le indica la casilla de “convocar elecciones”. Y él, mientras tanto, se jacta de que “las derechas” hayan votado juntas y convierte la reprimenda en medalla.
La escena de Felipe González junto a Page en Toledo añade otra capa: el expresidente habla de liderazgo “mercenario”, insiste en que Sánchez debe asumir responsabilidad política y convocar elecciones, y describe la situación como insostenible. Page remata recordando que España entera se pregunta solo cuándo serán las elecciones. Suena a fuego amigo, pero también a algo más: a esos viejos cuadros que, a la vez que le exigen que se vaya, validan la idea de que el PSOE tiene músculo suficiente para ganar incluso en medio del barro, que puede permitirse un adelanto electoral porque la alternativa les parece peor.
Mientras el partido juega a la épica, el ecosistema mediático afín se encarga de la pedagogía moral. Esther Palomera se marca la tesis de que el “buenismo bien” es el de la izquierda, porque la gente de derechas es egoísta, mala y no se preocupa por el prójimo. Una simplificación que serviría para un mitin, pero que en boca de periodistas acaba convirtiendo la opinión en catecismo. El mensaje no es “analicemos lo que está pasando”, sino “bueno es lo nuestro, malo es lo suyo”; el periodismo se transforma en manual de instrucciones para la militancia y cada tertulia, en asamblea de aparato.
Entre tuit y tuit, las primarias madrileñas se convierten en la batalla del siglo, cada hilo se redacta como si marcara línea oficial y cada intervención mediática se alinea con la necesidad del PSOE de presentar la crisis institucional como una especie de cruzada contra la derecha y contra la justicia “politizada”. Ahí aparece Luis Arroyo, sociólogo, consultor de comunicación, presidente del Ateneo y portavoz autorizado de Zapatero, pidiendo perdón por haber inducido a error sobre el valor del ajuar de joyas, de los 30.000‑50.000 euros que dijo al millón largo que ha acabado tasando la UDEF, y defendiendo la inocencia del expresidente en el caso Plus Ultra. Una ayuda comunicativa que se vende como desinteresada pero que refuerza exactamente la línea que necesita el entorno socialista: que aquí todo son conjeturas, disparates, exageraciones, que el problema siempre está en el foco, nunca en el protagonista. Lo que no queda muy claro todavía es si Arroyo está ayudando y a quién realmente.
Y luego está Miguel, con esa candidez que roza el surrealismo, vertiendo un cubo de abono sobre sus propios compañeros al revelar que todos se quedaban con joyas sin declarar nada, pero que, ojo, él lo hizo todo perfecto, casi casi de casualidad, como si el Estado fuera una joyería de confianza y las cajas fuertes del despacho, un servicio complementario del cargo público. Cada nueva explicación abre un agujero más y confirma que la frontera entre lo privado y lo institucional lleva años borrada. Por mucho que abramos debates sobre la publicación de agendas y mensajes (que siempre ha sido algo deplorable, pero que no se ha querido frenar desde que se ha podido hacer).
En medio de todo esto, la cuestión jurídica sigue ahí, impertérrita: el Congreso ha aprobado una moción que, aunque no obliga legalmente al presidente a nada, deja negro sobre blanco que una mayoría de la Cámara cree que debe someterse a una cuestión de confianza o convocar elecciones. La Constitución le permite seguir mirando hacia otro lado, pero la política (y las encuestas) le dicen que la situación es insostenible.
Y, sin embargo, viendo a Sánchez reírse el jueves, sacar pecho en el Comité Federal y convertir la pérdida de apoyos en relato de resistencia, no puedo evitar mantener la duda inicial: quizá no ha perdido la cabeza; quizá está convencido de que, con este país, esta prensa y esta oposición, la jugada todavía le puede salir bien. Por eso el título no es una exageración retórica, sino un aviso de experiencia: "¡Y todavía le saldrá bien!". Porque, con lo que hemos visto ya en España, una acaba aprendiendo que cualquier cosa, por marciana que parezca, puede terminar siendo la que gane.