Es pronto para saber si Juanma Moreno acabará como María Guardiola o si encontrará una fórmula para salir indemne de un resultado —cinco escaños menos, a dos de la mayoría— que lo obliga a pactar con Vox. También es pronto para saber si hay líneas rojas. Si se trataba de una campaña de artificios o de principios. Si el candidato de la moderación está dispuesto a fijar límites o si, por el contrario, Vox se impondrá en la negociación hasta desdibujar el perfil que Moreno tanto ha trabajado durante los últimos cuatro años.

Cada acuerdo con Vox tiene un doble objetivo. Condicionar las políticas en las formas y, a ser posible, en el fondo; y neutralizar al candidato díscolo. En Aragón y en Castilla y León, los acuerdos de coalición han sido fáciles porque Jorge Azcón y Alfonso Fernández Mañueco nunca plantearon una confrontación política o cultural. Guardiola sí lo hizo. Y ahora conserva la presidencia, a costa de malbaratar un perfil propio que pretendía, como Juanma Moreno, levantar una mayoría desde el espacio sociológico del PSOE y el centro liberal.

A Moreno le pueden desdibujar hasta desactivarle, borrar al Juanma moderado, al autor de la biografía Manual de la Connivencia, la pretendida némesis de Pedro Sánchez, de quien quiso ser el barón hegemónico de ese espacio dentro de Génova 13. Moreno contra Ayuso. El presidente que se fotografiaba con Teresa Ribera en Doñana para escenificar un acuerdo entre gobiernos y alabó públicamente el trabajo del ministro Óscar Puente tras el accidente de Adamuz. Es pronto para saber cuánto del Juanma Moreno de hoy sobrevivirá a las negociaciones de mañana.

Vox exige entrar en el gobierno, pero sobre todo quiere hacerse con la identidad del adversario

En la resistencia que ponga Moreno está su supervivencia. No es únicamente aceptar un acuerdo parlamentario con la extrema derecha, normalizado en buena parte del mapa autonómico. Es asumir que Vox no solo quiere consejerías o presupuestos. Negocia símbolos, marcos culturales y relatos políticos. La prioridad nacional anticonstitucional en su praxis: segar la financiación (las paguitas, dicen los de las paguitas) del estado de bienestar que Vox entiende como progresista y los menores no acompañados como blanco débil a batir, criminalizar y vandalizar. Vox exige entrar en el gobierno, pero sobre todo quiere hacerse con la identidad del adversario. Obligar al PP a decidir qué parte de sí mismo está dispuesto a sacrificar para conservar el poder. Y después, lanzarse a la campaña electoral pidiendo el voto para el original.

Si Juanma Moreno no tuviera un camino complejo para ser investido presidente, estaríamos hablando de los otros grandes titulares de las elecciones. El frenazo consolidado de Vox. Con todo, solo crece un 0,4% y no llega al 14% de voto, lejos del simbólico y ansiado 20% lepenista. Los de Abascal solo son relevantes porque son llave de coalición y de gobierno. Ni rastro de sorpassos (salvo en Almería), ni del partido estrella.

Y luego está el principal, el hundimiento del PSOE y el reguero de derrotas territoriales que arrastra Sánchez. Cómo el socialismo fracturado desde las primarias con Susana Díaz no ha aprendido nada en una década, tampoco en la pasada legislatura, en esta campaña o en la estrategia de los candidatos-ministros del presidente. El control del partido a cambio de cavar el suelo electoral. Porque la cascada de elecciones que se cierra con las andaluzas es un ciclo dentro de otro. Una derechización a cámara lenta por donde pasan las urnas. El PP lo activó en modo carrusel aprovechando dos que tocaban (Andalucía y Aragón) y dos adelantos (Extremadura y Castilla y León). Pero en Andalucía empezó en 2018 y en el Estado en las autonómicas de mayo del 2023. La derecha desbancó a la izquierda en València, Aragón, Extremadura, La Rioja, Cantabria y Balears. El adelanto se repitió en las generales con el PP adelantando al PSOE en quince escaños. Se repitió el escenario en Galicia en febrero de 2024 con el PSOE en tercer lugar, por detrás del BNG. Y en las europeas, por más que el PSOE mantuviera el 30% del voto.

Ni el PSOE ni Pedro Sánchez hablarán de regeneración o autocrítica. El debate territorial se abrirá después de las generales. Mientras, todo es oxígeno para la estrategia de bloques. En Andalucía ha muerto la vía centrista del PP. Un terreno que Sánchez abandonó esta legislatura. Pero Sumar no es Vox. Y la ultraderecha todavía es un factor movilizador. De ahí la fórmula Rufián, todos a una, consolidada en Andalucía. Y la ecuación de la Moncloa. Confrontar con un mapa azul y verde para sacar de la abstención a las izquierdas. El dato de Andalucía da alas a una estrategia irreversible. La izquierda ha subido en votos y en escaños. La derecha ha bajado. Ese es el camino del Gobierno hacia las generales. Y es la paradoja y el refugio de Sánchez. Mientras el PSOE andaluz se desangra, la legislatura coge oxígeno.