A la hora de hacer este artículo ya se conocen la mayoría de los detalles del ataque militar de gran alcance que han perpetrado los Estados Unidos contra posiciones estratégicas venezolanas. Nuevamente, han sido los Delta Force, la unidad de élite dedicada a las operaciones especiales más complejas del ejército norteamericano, las que han ejecutado con precisión la acción de detener a Maduro y llevárselo a los Estados Unidos. Es la misma unidad que en 2012 participó en la evacuación de la embajada norteamericana en Trípoli, durante el asedio de Bengasi, o la que en 2019 consiguió acorralar y matar a Abu Bakr al-Baghdadi, el exjefe del Estado Islámico.
Además de la acción de los Delta, el ataque militar también ha implicado el bombardeo con misiles Tomahawk de diversos objetivos estratégicos, entre ellos, la base militar de Fuerte Tiuna, la más importante de Venezuela, o el aeropuerto de Higuerote, donde está la base aérea Generalísimo Francisco de Miranda. Al mismo tiempo, aviones de combate F-35 y aviones de cobertura F-22 han sobrevolado Caracas junto a los helicópteros Chinook y los Black Hawk, con el apoyo de los famosos “Night Stalker”, la unidad de élite 160 SOAR. Todo un despliegue de enorme potencia que se ha ejecutado con precisión milimétrica y con el objetivo alcanzado de detener al dictador de Venezuela. Desde la perspectiva estrictamente militar, se trata de una operación quirúrgica y sin duda exitosa.
A partir de aquí, y con la evidencia de la potencia militar de los EE. UU., la cuestión relevante es el terremoto geopolítico que ha causado el ataque norteamericano y la sacudida que representará para el futuro de Venezuela. De momento sabemos algo gracias a la rueda de prensa de Donald Trump que, a pesar de escasa en detalles, ha dado el titular gordo: la Casa Blanca dirigirá Venezuela “para asegurar una transición segura, adecuada”, y ha remachado que se quedarán “hasta que haga falta”. Es decir, al contrario de lo que parecía previsible hasta ahora, que Trump haría un “Irán”, ergo, un ataque de ida y vuelta, que dejaría el régimen herido, pero no se quedaría para derrocarlo, parece que esta vez ha optado por la injerencia completa. Esta decisión abre varios escenarios que a estas alturas son imposibles de analizar.
Por el momento, hay algunas conclusiones evidentes. La primera, que el régimen bolivariano ha llegado a su fin. No sabemos si habrá una salida pactada con la vicepresidenta Delcy Rodríguez, si habrá unos gobernantes transitorios puestos por EE. UU., si el ejército venezolano tendrá algún papel, o si la transición la liderará la oposición liderada por María Corina Machado. Ni siquiera en este último punto hay nada claro, porque Trump solo ha asegurado que “evaluará” la posibilidad de que María Corina tenga un papel central en la transición, pero también ha dicho que, por el momento, se estaban evaluando otras opciones. Sea como sea, sería inimaginable que Machado no tuviera un papel relevante. Sin embargo, lo que queda claro es que el régimen ha caído y que las próximas horas serán claves para saber si cae definitivamente de manera pactada, o puede haber violencia. Aun así, aunque esta última opción no es descartable, parece muy improbable. De hecho, cuando Trump ha avisado de que, si era necesario, habría un segundo ataque, seguramente lo ha dicho para disuadir cualquier reacción armada del régimen.
Hoy Venezuela está haciendo historia. Quedan muchas dudas y algunos peligros no menores, pero ha caído un dictador perverso y se han abierto las posibilidades de un futuro democrático
Situados, pues, en el escenario de la transición pactada, es también muy importante el papel que tendrá el ejército venezolano, una parte del cual es abiertamente contrario al régimen. De hecho, parece que algunas de las bases militares —las que no han sido atacadas— habrían ayudado a las fuerzas norteamericanas. En todo caso, Machado, en su carta al pueblo venezolano, ha citado explícitamente al ejército, como una de las columnas de la transición democrática.
Tema aparte es la reacción de Rusia y China ante la caída del régimen. De momento, las declaraciones del ministro de exterior ruso han sido muy suaves y permiten imaginar que Putin está haciendo con Venezuela lo mismo que hizo con la caída de Asad en Siria y con los ataques a Irán: un mutis discreto. ¿Será que hay algún tipo de acuerdo con Trump, por la cuestión energética? No es descartable. En todo caso, parece claro que el régimen estaba tan podrido que ya era tóxico para unos aliados que no han movido ficha. Cuestión diferente es la de Cuba, cuyo régimen no podrá sobrevivir sin la vampirización de los recursos venezolanos que hacía hasta ahora. Imaginar que la caída del régimen bolivariano puede implicar finalmente la caída del régimen cubano, es a estas alturas un ejercicio realista. Todo dicho con pinzas, lógicamente.
También hay que hacer una anotación para todas las izquierdas que hoy se están lamentando por las esquinas de las redes sociales, profiriendo los pasajes comunes antiamericanos, mientras lloran por el dictador caído. Se muestran dolidos e indignados por la “maldad” yanqui, los mismos que han callado, han justificado y han aplaudido la represión brutal del régimen, los centenares de presos políticos, las torturas, los secuestros, la violencia indiscriminada, el hambre, el expolio de las riquezas del país y la entrega del estado a las redes narco. Ahora resulta que les preocupa Venezuela, cuando no les ha preocupado durante los 25 años que han sufrido la maldad del chavismo.
Y otro apunte, este ridículo: el del papel de España en este momento. No deja de ser alucinante que el ministro Albares haya ofrecido España como mediadora en el conflicto, después de haber demonizado a la oposición venezolana, haber menospreciado a María Corina Machado y haber defendido a Maduro, con un Rodríguez Zapatero haciendo de las suyas por la región. En política internacional, los errores de Sánchez son estratosféricos.
Para acabar, hoy Venezuela está haciendo historia. Quedan muchas dudas y algunos peligros no menores, pero ha caído un dictador perverso y se han abierto las posibilidades de un futuro democrático. La noticia es extraordinaria y esperanzadora, a pesar de las inevitables incertidumbres.