Hay un remedio popular que dice que la mancha de mora, con mora, se quita. Un remedio del que me he acordado al contemplar la operación mediante la que se ha detenido a Nicolás Maduro y a su mujer este pasado fin de semana. Se hace caer a un tirano con las formas de la propia tiranía. Y algunos aplauden sin darse cuenta del peligroso precedente que esto puede suponer.

Cuando Donald Trump confirmaba desde Mar-a-Lago que fuerzas estadounidenses habían capturado al presidente venezolano Nicolás Maduro en la madrugada del 3 de enero, aún era pronto para comprender que estábamos presenciando algo más que un cambio de régimen. Era el acto inaugural de una nueva época de intervenciones en América Latina, el resurgimiento explícito de la Doctrina Monroe, la demostración de cómo en 2026 seguimos siendo incapaces de resolver dilemas que se creían superados en 1945.

Pero para entender qué ocurrió esa madrugada hay que mirar el caos sin cerrar los ojos a ninguna de sus partes. Hay que solidarizarse con los 7,7 millones de venezolanos que han huido del país mientras se condena la captura unilateral de un jefe de Estado. Hay que criticar sin piedad al régimen de Maduro, que destruyó una economía y provocó la mayor crisis migratoria de América Latina, mientras se reconoce que sectores de la oposición cometieron crímenes graves. Y hay que rechazar categóricamente la intervención estadounidense sin ignorar que el pueblo venezolano lleva décadas esperando desesperadamente un cambio. Esta es la tarea que la comunidad internacional ha eludido sistemáticamente. Y su fracaso explica por qué Maduro cayó de la manera más ilegal e irresponsable imaginable.

En estas líneas tengo la intención de analizar, a vuelapluma (para no aburrir a mi querido lector) algunos de los elementos que me parecen más importantes en este momento sobre la situación en Venezuela. 

El régimen que destruyó una nación
El gobierno de Nicolás Maduro es responsable de una catástrofe humanitaria sin precedentes. No fue Trump quien vació las farmacias de medicinas, obligando a padres a ver morir a hijos de enfermedades curables. No fue la “guerra económica” quien destrozó PDVSA, una de las mayores empresas petroleras del mundo. El régimen chavista heredó un país con las mayores reservas de petróleo del planeta. Entre 2013 y 2024, el PIB se contrajo un 77%, cifra sin precedente en tiempo de paz.

Maduro es responsable además de la represión sistemáticatorturasdesapariciones forzadasasesinatos extrajudiciales y persecución políticaHuman Rights Watch ha documentado exhaustivamente estos crímenes. Por eso millones de venezolanos celebraban cuando Trump anunció su captura: no era una celebración por la intervención estadounidense, sino el alivio de que un tirano finalmente se enfrentara a las consecuencias de sus abusos.

Pero los gobiernos que hoy condenan la operación por “violación del derecho internacional” tienen responsabilidad moral en haber permitido que Maduro llegara a este extremo. ¿Dónde estaban las sanciones coordinadas cuando ejecutaba a cientos de jóvenes? ¿Dónde estaban las presiones diplomáticas cuando la Fuerza Armada se convirtió en organización criminal? La “moderación internacional” funcionó solo en una dirección: permitiendo que un régimen totalitario se consolidara porque, con toda seguridad, obtenían beneficios por permanecer callados. 

La operación en Venezuela es fundamentalmente para controlar sus reservas petroleras. Que nadie se engañe. Esa es la razón y no los derechos humanos ni la democracia

La oposición que desperdició su legitimidad
Pero la oposición venezolana también tiene responsabilidades graves. El golpe de Estado de 2002 fue exactamente eso: un golpe de Estado. El 11 de abril, tras manifestaciones que dejaron 19 muertos, la patronal, militares y medios derribaron un gobierno democráticamente electo y disolvieron todas las instituciones del Estado. Pedro Carmona promulgó el “Decreto Carmona” eliminando la Asamblea Nacional, la Corte Suprema y todos los gobiernos locales en 48 horas. Que fracasara en tres días no lo hace menos golpista.

Las guarimbas de 2014 y 2017 causaron decenas de muertes civiles. Las protestas de 2017, que comenzaron el 31 de marzo, duraron meses y dejaron entre 127 y 157 fallecidos. Pero lo más perturbador fue que grupos de manifestantes antigubernamentales, identificando a personas por apariencia física o condición social, las sometían a torturas extremas. Orlando José Figuera, joven de 21 años afrodescendiente, fue apuñalado, rociado con gasolina e incendiado vivo el 20 de mayo de 2017 por manifestantes que lo identificaron como “chavista”. Al menos siete personas más fueron quemadas en actos que constituyen crímenes de odio.

Leopoldo López, quien dirigió “La Salida” en 2014, fue condenado a 13 años. La responsabilidad de quien convoca protestas radicales en un país polarizado, donde esa polarización produce crímenes como quemar personas vivas, no es responsabilidad menor. María Corina Machado ha sido más moderada, pero su celebración de la intervención estadounidense sin criticar su ilegalidad plantea dudas sobre su compromiso con la legalidad internacional. Trump ya ha dejado claro que no piensa en ella como líder para el país, teniendo en cuenta el rechazo que genera en buena parte de la sociedad venezolana. Un dato para analizar con calma, junto al Nobel de consolación que se acaba de llevar. 

La oposición tenía legitimidad moral y apoyo internacional. Lo que no tenía era proyecto político claro, coherencia táctica, ni capacidad para ejecutar el cambio constitucional sin violar el derecho. Por eso terminó dependiendo de la invasión estadounidense ilegal.

Trump representa la incoherencia como base de su política exterior
Trump tiene razón en que Maduro es un tirano responsable de crímenes. Pero tomarse la justicia por su propia mano, violando flagrantemente el derecho internacional, sienta precedentes peligrosísimos que China y Rusia sin duda denunciarán.

Trump proclama estar en “guerra contra el narcotráfico”. Entonces, que nos explique por qué indultó a Juan Orlando Hernández, expresidente de Honduras condenado a 45 años por introducir 400-500 toneladas de cocaína a Estados Unidos. ¿Por qué amenaza militarmente a Colombia para “eliminar laboratorios” cuando Gustavo Petro ya ha destruido 18.400 laboratorios? El indulto fue para influir en las elecciones hondureñas. La amenaza contra Colombia es para presionar a un presidente de izquierda. La operación en Venezuela es fundamentalmente para controlar sus reservas petroleras. Que nadie se engañe. Esa es la razón y no los derechos humanos ni la democracia. 

Trump publicó su Estrategia de Seguridad Nacional proclamando: “tras años de abandono, reafirmaremos la Doctrina Monroe”. Es decir, Estados Unidos se reserva el derecho de intervenir militarmente en cualquier país que considere que amenaza sus intereses. Llama la atención que, según las encuestas publicadas, el 70% de estadounidenses se oponen a la intervención militar en Venezuela y a pesar de ello, Trump lo hace de todas formas porque sabe que la comunidad internacional carece de poder para detenerlo.

Cuando la fuerza derrota a la ley, cuando potencias actúan unilateralmente sin consecuencias, no reina la justicia, ni la democracia, ni la libertad. Reina el caos, la arbitrariedad, la ley del más fuerte

Europa mira equidistante mientras se consume en su propia incoherencia
¿Dónde está EuropaFrancia condena por “violación del derecho internacional”. España emite comunicados. Alemania expresa “preocupación”. Pero ninguno hizo nada sustancial durante una década para evitar que Maduro llegara a este extremo.

Cuando Maduro clausuró el Parlamento en 2017, ¿dónde estaban las sanciones coordinadas? Cuando ejecutaba operaciones militares dejando cientos de muertos, ¿dónde estaban las resoluciones contundentes? Cuando creaba una crisis migratoria que expulsaba a casi 8 millones de personas, ¿dónde estaban los planes de transición?

Europa se permitió estar “en el medio”: condenando formalmente mientras mantenía relaciones comerciales con el régimen, reconociendo a González Urrutia como presidente legítimo sin apoyar su transición, hablando de democracia mientras permitía consolidar una dictadura. Aplaudiendo golpes de Estado y mirando hacia otro lado cuando se producían muertos en las calles. 
La UE tiene un enorme poder económico, político y diplomático que nunca ejerció consistentemente. Su inacción creó el vacío que Trump está llenando ahora con bombas.

¿Qué se hace cuando un gobierno comete crímenes de lesa humanidad, destruye su economía completamente, y se niega a abandonar el poder? ¿Se espera indefinidamente a que “procesos internacionales” funcionen? Es momento de preguntarse sinceramente si la solución es que una potencia actúe unilateralmente, capture a un jefe de Estado mediante bombardeos, anuncie que “gobernará” ese país, y adquiera control de su industria petrolera. Eso es ocupación militar colonial. Y es necesario reconocerlo, independientemente de las filias y las fobias. 

Habría sido deseable una coalición internacional coordinada presionando consistentemente a Maduro, facilitando una transición negociada, apoyando a la oposición democrática. Habría sido necesario contar con voluntad política, recursos, y un compromiso a largo plazo que nadie aportó.

Ahora tenemos a Maduro y su mujer capturados ilegalmente, intervención que viola el derecho internacional; una oposición fragmentada sin plan claro, y el precedente peligrosísimo que otros países invocarán.

Cuba y Colombia ¿las próximas víctimas?
Venezuela es el comienzo, no el final. Trump respondió en su rueda de prensa a una pregunta sobre Cuba: “Creo que será algo de lo que hablaremos muy pronto”. El exilio cubano en Miami celebra, completamente convencido de que Cuba “es la siguiente”.

Colombia se enfrenta a una amenaza inmediata. Trump ya amenazó con ataques militares porque Petro criticó las operaciones estadounidenses en el Caribe. El presidente norteamericano declaró: “vamos a empezar a realizar esos ataques también en tierra”. Petro respondió dignamente: “No amenace nuestra soberanía, porque eso despertará al jaguar”.
La “Doctrina Monroe" es inequívoca: Estados Unidos interviene militarmente en cualquier país del hemisferio que Washington considere que amenaza sus intereses. Mal asunto si no se condena desde el primer instante, porque otros vendrán detrás, y la democracia será cosa del pasado. 

Aún es pronto para aventurarse haciendo vaticinios, pero lo que está claro es que Venezuela merece algo mucho mejor que Maduro. Pero merece también algo mejor que Trump. Y merece, sin duda, algo bastante mejor que esta comunidad internacional tan incoherente que ha permitido al régimen consolidarse antes de permitir la invasión ilegal que lo derribara.

Lo que podemos afirmar sin temor a equivocarnos es que el 3 de enero ha significado la victoria de la fuerza bruta sobre la ley internacional. ¿Beneficiará al pueblo venezolano brevemente, librándolo de tirano? Está por ver. Porque cada vez que EE. UU. ha prometido liberar algún país con recursos, nada de eso ha sucedido, sino todo lo contrario. Lo que está claro es que esta operación tendrá costes enormes a mediano plazo para Venezuela, para América Latina y para el mundo entero.

Porque cuando la fuerza derrota a la ley, cuando potencias actúan unilateralmente sin consecuencias, no reina la justicia, ni la democracia, ni la libertad. Reina el caos, la arbitrariedad, la ley del más fuerte. Se hace caer a un tirano con decisiones de otro tirano, y esto no funciona como limpiar la mancha de mora con otra mora. Cuidado con lo que se celebra.