Cuando Ernest Urtasun no tocaba poder y representaba las ansias equidistantes de los Comuns en Europa, defendía tímidamente una España descentralizada. Pero, colorín, colorado, cuando Urtasun fue nombrado ministro de Cultura del Reino de España, sus políticas cabecearon hacia una equidistancia profundamente electoralista, con fuegos de artificio de cara a la parroquia, como el de suprimir el Premio Nacional de Tauromaquia, y políticas culturales marcadamente lampedusianas, en el sentido de que todo cambie para que no cambie nada. La primera, la de los toreros, podía cabrear a un target electoral más cercano a la derecha; las segundas podían contentar a un electorado más transversal, pero electoralmente menos sensible a la descentralización del Estado. Y la nueva política —como la vieja— sabe que con el poder no se juega cuando se trata de favorecer a Catalunya, porque, seas de izquierdas o de derechas, cuando se trata de congratular a los catalanes, las ideologías en España se fusionan en una sola.

Urtasun es uno de esos catalanes que tiene que hacerse perdonar por ser ministro, y todas sus acciones buscan evitar la sombra de la sospecha por culpa de sus orígenes. Urtasun, como muchos políticos catalanes con ansias de tocar poder en Madrid, sabe que, como máximo, podrá optar a un ministerio o a una secretaría de Estado o a una presidencia de una entidad como AENA, pero nunca a una presidencia de gobierno español. A esto se le llama apartheid político por el lugar de origen, y el Reino de España, ese que te recuerda, "por lo civil o por lo criminal”, el sitio al que perteneces, no se anda con hostias. O estás conmigo o contra mí, con la catalanofobia marcada en la hoja de ruta.

De Urtasun, no obstante, se esperaba un poco más de valentía. Pero, como la mayoría de los miembros de su partido, ha aprendido a ser el mejor discípulo del putarramonetismo convergente. El último ejemplo de la capacidad de Urtasun de practicar el equilibrismo ha sido el caso del traslado del "Guernica" al País Vasco. Y este artículo no pretende ser un canto de hermandad con los vascos, porque estos ya se las arreglan perfectamente para practicar el onanismo y vivir muy bien sin necesidad de ensuciarse fiscalmente las manos.

Urtasun es, digámoslo claro, otro catalán en el poder que tiene que hacerse perdonar por ser catalán

Curiosamente, Urtasun ha defendido la negativa de llevar temporalmente el "Guernica" al Guggenheim de Bilbao presentando un informe que lo desaconseja. Un informe preparado oportunamente por técnicos, en un momento en el que, electoralmente, se habría visto como una sumisión del gobierno de España hacia el gobierno vasco y, electoralmente, un suicidio ante los incendiarios mediáticos de la derecha ultra y la ultraderecha. Estos —como su pirómana principal, Isabel Díaz Ayuso— creen que sacar los tesoros que llenan impunemente los museos de la capital es de catetos. Y para demostrarlo, enseñan el mapa ferroviario de España y toda la línea de alta velocidad. Si quieres ver el "Guernica", viaja a Madrid, que te convertirá, inmediatamente, en un ciudadano universal.

En cambio, Urtasun se acojonó a la hora de presentar un informe que desaconsejara el traslado de las pinturas de Sijena de Barcelona a Aragón. ¿Cálculo electoral? Evidentemente. No hace falta ser muy espabilado para concebir qué habría pasado con un informe presentado por un ministerio dirigido por un catalán que recomendara el no traslado de los frescos a una región consumida por la catalanofobia. Díaz Ayuso habría cambiado la palabra cateto por la de claudicación, y Urtasun habría tenido que dar mil y una explicaciones con la sombra de Sánchez mordiéndole la nuca. ¿Esperaba más de Urtasun como ministro de Cultura? Bien mirado, no; siendo como es uno de los líderes de una formación que ha sido el submarino no oficial del antiprocesismo. Urtasun es, digámoslo claro, otro catalán en el poder que tiene que hacerse perdonar por ser catalán, y sin ningún tipo de remordimientos. Otra x en la lista. De su antecesor, Miquel Iceta, solo esperaba que mostrara sus capacidades innatas de trepa de la política.

Las dos cuestiones fundamentales son: ¿Aragón habría pedido las pinturas de Sijena si hubieran formado parte de los fondos de un museo de Madrid? Rotundamente, no. ¿El ministerio encabezado por Urtasun habría pedido un informe técnico si las pinturas de Sijena hubieran formado parte del fondo de un museo de la capital de España? Rotundamente, sí.

Si fuera por mí, ya habría abierto las puertas del MNAC para que los aragoneses se llevaran los frescos dentro de un saco de escombros. Es lo que se merecen, aunque me temo que nuestro virrey hará cierta aquella frase de "cornudo y apaleado", y pagaremos, con dinero de los catalanes, la extracción de los frescos, mientras Urtasun —el ministro de Cultura— silba. Esta servidumbre, mitad sensatez, mitad cobardía, es la que está matando a esta nación sin estado, cada día más escuálida de identidad.

P.D: Con una casta de políticos catalanes que ha perdido o no ha querido encontrar nunca el horizonte identitario, en esta nación no solo sufre de decrepitud el huertecito del populacho. Si miráis el documental que recuperó el 2Cat el domingo pasado dedicado a Òscar Tusquets, tendréis la evidencia del declive viscontiano que sufre la pijería ilustrada barcelonesa. Yo, un pobre mortal de orígenes menestrales, admiro las obras del arquitecto y diseñador Tusquets, pero el documental muestra el clasismo, la superficialidad, la soberbia, la decadencia y el anticatalanismo de una burguesía boccacciana que vive de la nostalgia de unos tiempos en los cuales eran los putos amos de Barcelona y se esforzaban en adoptar escritores de los arrabales sociales para mostrar su marxismo de caviar grouchiano. “Estos son mis valores; si no le gustan, tengo otros”. Y yo conozco muy bien sus entrañas desde que era un niño.

En conjunto, el documental me pareció una versión frívola y pija de El ángel exterminador de Luis Buñuel. Tampoco está nada mal.