Cuatro de cada cinco catalanes creen que la mejor fórmula para resolver la crisis entre Catalunya y España es celebrar un referéndum, según encuestas recientes, del Centro de Estudios de Opinión pública de la Generalitat y otras, publicadas enLa Vanguardia y El País. En cambio, cerca de la mitad de los votantes (43,47%) se decantaron el 21-D por formaciones contrarias a que podamos ejercer ese derecho. De las lecturas que pueden hacerse de esta aparente contradicción, habría una positiva para los intereses del soberanismo y otra perjudicial. La primera es que el 43,47% que sumaron las tres fuerzas unionistas sería más coyuntural que estructural –sobredimensionado por los errores de los últimos días de octubre– y, por lo tanto, se trataría de un territorio lo bastante líquido como para transformarse parcialmente. La segunda interpretación indicaría, sin embargo, que el independentismo tendría que preocuparse, porque no ha sido capaz, hasta ahora, de superar el 48% de los votos, teniendo en cuenta que todavía hay margen por ampliar sus fronteras.

De esta aparente contradicción nacen, precisamente, algunos de los errores –estratégicos, pero también conceptuales– que ha cometido el soberanismo en los últimos seis años, cuando ha protagonizado el mayor crecimiento y expansión nunca registrados. En este tiempo, la tarea de regar la planta ha dado frutos; se ha hecho más sólida y ha clavado raíces, pero probablemente no se han destinado esfuerzos ni imaginación suficientes para ampliar la plantación y hacerla más atractiva a los más distantes.

De hecho, buena parte del crecimiento independentista hasta ese meritorio 48% procede de los excesos, abusos y errores inmensos en la gestión del conflicto cometidos por la otra parte

El techo de cristal del 48% se mantiene, hasta ahora, insuperable porque el mensaje lanzado y las formas exhibidas no han tenido bastante en cuenta a la otra mitad. De hecho, buena parte del crecimiento hasta ese meritorio 48% está motivado por los excesos, abusos y errores inmensos en la gestión del conflicto cometidos por la otra parte. Un porcentaje sustancial de quienes han llegado a la conclusión de que la independencia es la única solución de Catalunya para garantizarse su futuro han sido empujados por el bloqueo permanente del Estado a cualquier propuesta catalana que implicara un cambio en las relaciones –aun sin romper el statu quo, como el Estatut de 2005– y la propia acción negativa y represiva del Estado.

La situación actual requiere un profundo análisis sobre las opciones y las fórmulas del independentismo para ampliar la plantación. El soberanismo sigue disfrutando de una salud de hierro gracias al apoyo explícito de 2,1 millones de catalanes. Pero ahora su reto no es tanto mantener esta solidez –de eso ya se encargan los del 155–, sino saber leer las entrañas del 43,4% que votó unionista el 21-D y que discrepa de los postulados de las tres fuerzas de este bloque, como por ejemplo la negativa a efectuar un referéndum de autodeterminación, la aplicación del 155, la represión y persecución del independentismo, o la falta de voluntad para abrir un diálogo efectivo. Es decir, la pregunta urgente que conviene plantear es ¿por qué hay catalanes que estarían dispuestos a aceptar el referéndum pero otorgan su confianza a los que no quieren ni oír hablar? ¿Por qué hay quienes, sin ser independentistas, desean una mejora clara de las condiciones del autogobierno y la preservación de la identidad catalana y acaban inclinándose por quienes no permitirán que se mueva ni una pieza en este ámbito? Si cuatro de cada cinco catalanes favorecen una consulta, no son pocos los votantes de dos formaciones extremistas, como Cs o PP, que deben considerar esta vía como la única salida posible al conflicto.

Esperar al cambio generacional que tanto temen ahora algunos pensadores españoles, que reclaman más mano dura, no se avista como una táctica efectiva, como se demostró en Quebec

Los estudios de trasvase de voto del 21-D aportan datos lo bastante ilustrativos, como que un 25% de los que optaron por Catalunya Sí Que Es Pot en 2015 y una tercera parte de las 100.000 papeletas que reunió Unió se decantaron por Arrimadas en los últimos comicios. Es decir, CSQP y UDC, las dos fuerzas de la tercera vía del 27S, sólo remitieron una minoría de votos a las opciones independentistas el 21-D: menos de un 5% de los votantes de Rabell fueron a ERC y un 30% de los que habían confiado en Espadaler fueron captados por Puigdemont.

Es decir, el independentismo tiene pista para correr y terreno por abrir, pero necesita reflexionar y replantearse su propuesta y mensaje para ampliar su base. Estamos hablando de estrategia, efectivamente, pero también de capacidad de seducción, de gobernanza e, incluso, de modelo de país. La independencia no será posible mañana ni probablemente tampoco pasado mañana (y menos todavía lo era ayer), pero hay una verdad irrefutable, y es que si el actual 48% crece en las dimensiones necesarias, la autodeterminación resultará evidente e inevitable. El 48% no es un argumento bastante sólido para la comunidad internacional –ni tampoco un posible 51% que podría valorarse como coyuntural, a propósito de la mala experiencia del Brexit–, y esperar al cambio generacional que tanto temen ahora algunos pensadores españoles que reclaman más mano dura no se avista como táctica bastante efectiva, como se demostró en Quebec.

Quizás es el momento de ampliar el angular –a la izquierda, pero también en el centro y a la derecha– para elaborar una propuesta suficientemente integradora y realista, sin que eso implique abandonar ningún objetivo. Todo eso, además de un recomendable cambio de rostros y liderazgos, implica sobre todo una reformulación del modelo y la estrategia.

Santi Terraza es director de la agencia de comunicación Hydra Medía y de la Revista Castillos. Preside el Eco de Sitges.

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